Lágrimas de sauce

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Lágrimas de sauce

13 de Enero de 2026

Por: Facundo Cabral

La Patagonia, la Patria, Trump y los cerros tucumanos. Qué nos deja Venezuela y qué carajo es el derecho internacional público.


FM Calchaquí 

Me reporto desde los valles tucumanos. Estamos en los primeros días de enero y el mundo sigue igual que siempre. El bosque de los Alerces en Chubut se prende fuego, hay más de 2000 hectáreas quemadas y se teme por la vida del abuelo, un árbol de 2600 años que quizás sea el más antiguo del país. 

Todo lo escucho desde la radio del pueblo. La noticia se interrumpe para anunciar los números de la quiniela: sale el 55 a la cabeza. Ahora vamos con unos audios de los oyentes: un cachorro se encuentra perdido en la avenida Perón, la señora Ramona Mamaní se olvidó una bolsa de verduras en la pollería de don Julio, la familia Pastrana saluda a Cokito Mendez en su primera comunión.

El locutor se pone solemne y lee: Noticias internacionales, Venezuela: “El mundo aplaude la captura del dictador Nicolás Maduro”. Apago la radio, vuelvo al teclado mientras busco inspiración en el cerro del frente. Hago foco en un sauce llorón; el verdor de sus hojas colgantes contrasta con el cerro marrón que le hace de marco. Si estiro la mirada, puedo identificar los senderos que van rodeando la montaña hasta llegar a una cruz justo en la cima.

En estos valles también hubo intervenciones externas. Originariamente territorio diaguita, los calchaquíes resistieron por más de 100 años la conquista de los españoles e, incluso antes, se plantaron con tenacidad frente a la expansión del imperio incaico. Hay grandes historias sobre la resistencia local; para más información pueden googlear a Juan Chalimín.

Quiero volver a Venezuela. Prendo la radio, pero ya no hay noticias; en cambio, está sonando la canción El preso número 9 interpretada por Los Tres del Río. Mientras escucho el tema, busco en YouTube las noticias. El presidente norteamericano declara de pie; la conferencia se da en la cabina de prensa del Air Force One. Cada frase de Trump es un misil teledirigido; su lenguaje es llano y las amenazas son concretas. 

En apenas cinco minutos, Trump deja un tendal de notificaciones. Dice textualmente que: “EE.UU. necesita el acceso total al petróleo y a otras cosas de Venezuela y que de esa posibilidad dependerá la paz o no en el país bolivariano”.

Un periodista lo interrumpe y pregunta por Groenlandia. El gesto de sorpresa de Trump parece guionado, pero funciona. El presidente, cabellos de vitina, repregunta: “¿Groenlandia? ¿Cómo llegamos a Groenlandia? Pregúntenme por Venezuela, Rusia, Cuba, Ucrania…”. Cuando parece irse del tema, no deja morir la pregunta y vuelve lanzando munición gruesa: “En dos semanas nos ocuparemos de Groenlandia. Groenlandia está llena de barcos chinos y rusos… Dinamarca no va a poder controlarlos”.

Trump comenzó haciendo el acting de no querer hablar sobre Groenlandia, pero ahora no deja que el tema se le escape y, sobre la advertencia, lanza un chiste: “¿Saben qué es lo último que hizo Dinamarca para reforzar la seguridad?” y responde: “Compraron un perro”. Los periodistas se jijean. 

El hombre que este año cumplirá sus 80 se muestra exultante. Vuelve al tema Venezuela y dice que el juez encargado de juzgar a Maduro (Alvin K. Hellerstein, 92 años) es intachable y no tendrá piedad. 80 años el presidente, 92 años el juez. Parece que estamos en una época donde la edad de cierta gente tiende a estirarse.

Bellum justum

Todo indica que tendremos que acostumbrarnos a prestar atención cada vez que el presidente de EE.UU. abra su boca. En la radio del pueblo o en cualquier canal del mundo, la palabra de Trump trae consecuencias; la última vez que lo hizo en relación a nuestro país, el mensaje llegó y tuvo un impacto considerable en la elección de los argentinos. 

Mientras tanto, en el Consejo de Seguridad de la ONU, el representante diplomático estadounidense Mike Waltz justifica las amenazas de Trump y advierte que: “Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro acceso a geografías claves en toda la región”.

A los dos días, Trump ordena la retirada de EE.UU. de 66 organizaciones internacionales, de las cuales 31 pertenecen a las Naciones Unidas, porque “ya no favorecen los intereses estadounidenses”.

El derecho internacional público es todo un tema. Bastante antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial, el jurista Hans Kelsen, en su obra consagratoria “La teoría pura del Derecho” (1934), se ocupa de la esencia del derecho internacional. Naturalmente, surge la pregunta de si este cuerpo de normas que regula la conducta recíproca de los Estados puede considerarse o no derecho en el mismo sentido que el derecho estatal.

Kelsen enseña que el denominado derecho internacional es derecho sólo si constituye un orden coactivo de la conducta humana; esto es, si a determinados hechos enlaza consecuencias jurídicas.

Al analizar la validez general del principio bellum justum, por el cual un estado puede sancionar a otro con represalias, Kelsen concluye que el derecho internacional es efectivamente derecho, pero de orden primitivo, ya que no establece órganos que produzcan y apliquen normas.

Recordemos que Kelsen escribió esto antes de la creación de la ONU y la Carta de Naciones: “el movimiento jurídico técnico desplegado a partir de mediados del siglo anterior fue borrando el límite que separa el derecho internacional del orden jurídico interestatal, de tal modo que la última meta de la evolución jurídica real, dirigida a una progresiva centralización, parece ser la unidad organizativa de una comunidad de derecho mundial universal, es decir, la formación de un estado mundial”.

Para el jurista austriaco, esta concepción tradicional que pretende ver al derecho internacional y al derecho de cada Estado como dos sistemas normativos distintos (concepción dualista), independientes uno del otro y aislados recíprocamente, es insostenible desde un punto de vista lógico, y por eso se inclina por el monismo, indicando que este puede establecerse de dos formas: según lo que prime sea el derecho soberano o bien, dando prevalencia al derecho internacional.

Bajo la premisa del derecho internacional como orden válido, el Estado no puede definirse de forma autónoma. Se convierte en un orden parcial subordinado, con límites territoriales y temporales fijados por la norma internacional. Esta supuesta superioridad jerárquica sugeriría que la soberanía estatal es limitada, haciendo viable una gobernanza mundial efectiva.

Hoy está claro que lo que prima es un monismo estatal que deviene en un solipsismo jurídico de las potencias: una visión donde el Estado fuerte es el centro y el derecho, solo un instrumento que usa el poder para ejercerse.

Ejemplos como las acciones de Israel, Rusia o de EE.UU. demuestran que el derecho internacional público ha pasado a ser una suerte de cuento noble que, frente al ejercicio crudo del poder, carece de poder coactivo.

No creo que estemos ante la presencia de un nuevo orden mundial. Es el mismo viejo orden desplegando sus alas; en ningún momento cambió la lógica de los de arriba gobernando e imponiendo sus condiciones a los de abajo. 

La exageración de Trump y la grandilocuencia de su acción política me parece que responden a la necesidad de mostrar cierta autoridad y presencia —monopolio de la fuerza— para rescatar al alicaído Estado-nación ante el nuevo poder imperial, compuesto por un puñado de corporaciones apátridas que solo responden a sus propios intereses, más allá de cualquier vinculación física, emotiva e histórica con alguna porción de tierra.

Antonio Negri y Michael Hardt, en su obra Imperio (2000), sostenían que la globalización había dado lugar a una nueva forma de soberanía global —imperio—, la cual venía a sustituir al antiguo modelo del imperialismo basado en estados-nación dominantes. China, Rusia y EE.UU. necesitan desplegar su poder de fuego para demostrar al imperio transnacional que todavía existen países soberanos que proyectan, desde la representación política, un imperialismo posible.

De Perón aprendimos que el año 2000 nos iba a encontrar unidos o así como estamos ahora. En su visión estratégica, el general entendió que las naciones-estado aisladas ya no serían viables en el futuro y debían evolucionar hacia bloques continentales para preservar su soberanía. Cabe recordar que Perón impulsó la continentalización de América Latina como un paso previo a la universalización que consideraba inevitable.

Vino con Sprite

Pero el problema no es algo que venga de afuera; la amenaza no es solo un factor externo. La erosión progresiva del sentimiento de comunidad va diluyendo el sentido de pertenencia al Estado-nación.

Sinceramente, creo que cada vez menos argentinos se sienten parte de un proyecto nacional que justifique un compromiso en la defensa de esto que llamamos patria. El vino cada vez tiene más Sprite; hoy somos más una selección de fútbol que un Estado soberano.

Voy a plantear un escenario de ficción para dejar claro mi punto. Imaginemos que Javier Milei, aprovechando una mayoría legislativa con la que parece contar, envía al Congreso un proyecto de consulta popular vinculante para reformar la Constitución y anexar el país a los Estados Unidos. El Presidente argentino dice contar con el visto bueno de Trump para convertirnos en el Estado número 51 de los EE.UU.

Milei, que prometió destrozar el Estado desde adentro, dolarizar y hacer a Argentina grande de nuevo, justificaría la medida argumentando que el cambio de forma es solo hacer explícito lo que de hecho ya sucede, que sería una buena oportunidad para recuperar las Malvinas y que los argentinos no perderíamos nuestras costumbres ni nuestra selección.

Es increíble que al escribirlo no suene tan absurdo. No sé qué piensan ustedes, pero yo sospecho que ese hipotético plebiscito podría resultar favorable para quienes nunca abandonaron el deseo ardiente de ser colonia. La consigna de “la patria es el otro” admite muchas lecturas posibles; qué sé yo.

Hernández Arregui se preguntaba por el ser nacional y respondía que el ser nacional no es una esencia inmutable o metafísica, sino un proceso histórico y social vinculado a la conciencia histórica de los pueblos iberoamericanos.

Me lo pregunto yo y se los pregunto a ustedes: ¿En qué punto se encuentra nuestra conciencia histórica y nuestro proceso social? ¿Qué mierda es la patria? ¿Es acaso ese monstruo bello y eufórico que salió a las calles cuando todos fuimos Montiel? ¿Son esos bomberos voluntarios de Chubut arriesgando su vida para salvar nuestros bosques nativos? ¿Es como comerse un locro el 25 de mayo? ¿Mirar al norte el 9 de julio? ¿Silbar un tango en el exilio? ¿Emocionarnos con los científicos del Conicet explorando la fosa marina? Seguramente, la patria es todo eso y mucho más.

Mi pequeña verdad, desde este páramo: amo esta patria porque el sauce llorón que tengo en frente y esa inmensa montaña que veo cada vez que levanto la vista me conmueven de forma inexplicable. Me entristece más de lo que quisiera ver arder nuestros bosques nativos y más aún cuando esos incendios parecen provocados por la mano invisible del mercado. Me gusta ser argentino y defiendo a mi patria porque, en un mundo que camina hacia una nueva guerra mundial, Argentina sigue siendo una tierra de paz.

En nuestro país, en su mejor tradición, siempre habrá lugar para todos los hombres y mujeres libres que quieran venir, trabajar y ser felices. Esa es mi patria y la defiendo: una casa común, donde nadie sobra.

Les deseo de todo corazón que tengan un muy feliz 2026, gracias por leer y compartir, visiten los valles, duerman la siesta bajo la sombra de un sauce, sueñen con la posibilidad tangencial, la oportunidad de construir algo un poquito más que grande que uno.

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