MUJER Comunidad o cupo

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MUJER: Comunidad o cupo

8 de Marzo de 2026

Por: Ludmila Chalón

La descarga simbólica perfectamente diseñada para no alterar la arquitectura real de las desigualdades que llevan rostro de mujer.


Llegó otro 8 de marzo, con esa previsibilidad casi administrativa que ya conocemos. Las redes se tiñen de violeta, los perfiles institucionales desempolvan consignas prudentemente redactadas, las marcas activan las “promo mujer” y los dirigentes y espacios políticos publican sus saludos prolijamente redactados con un par de imágenes genéricas.

Durante las próximas veinticuatro horas la cuestión femenina ocupará el centro de la escena pública, pero durará lo que dura una story, apenas veinticuatro horas. Mañana el scrolleo sepultará los posteos en el feed, la agenda social y política volverá a su cauce habitual y tal vez, sólo tal vez, tengamos la suerte de seguir encontrando algunas promos “mujer” por todo el mes de marzo, por el bajísimo nivel de consumo que atraviesa el país por estos días.

Pero no se sientan mal compañeros, esto no es un olvido que ofenda, es casi ritual que hay que entender cómo de quién viene. El 8 de marzo es algo así como una descarga simbólica perfectamente diseñada para no alterar la arquitectura real de esas dificultades y desigualdades que llevan rostro de mujer.

El 8 de marzo es otra de esas lindas ideas de calendario que ha sido absorbida por la lógica de la superficie. Se permite una pequeña catarsis, alguna declaración o celebración de la consigna, que se piensa para no hackear a nada ni a nadie. Permite exhibir cierta sensibilidad sin modificar la lógica que produce exclusión y esa operación, lejos de ser accidental, es la expresión más sofisticada del neoliberalismo cooptando otra causa más.

Para aclarar, el “feminismo neoliberal” no es simplemente un conjunto de ideas: tiene (como todo producto) una estética, una gramática emocional, una marca. Tiene color, códigos, slogans y hasta una gestualidad ensayada.

El “feminismo neoliberal” ha comprendido, que en la era de la imagen, lo determinante no es transformar sino significar. Y así, la rebeldía se convierte en performance y la emancipación en narrativa individual. La desigualdad estructural se fragmenta en relatos de superación personal donde cada mujer debe “empoderarse” gestionando mejor su capital simbólico, su red, su cuerpo, su exposición. Y si no lo logra, bueno, tal vez el problema es su estrategia o algún engranaje del sistema que no estaba correctamente aceitado.

Este desplazamiento de foco desestima lo esencial: la dimensión colectiva y material que hace a la experiencia de ser mujer. Se busca, con el slogan de “la superación”, la solución individual de las desigualdades que se enfrentan siendo mujer y, cuando eso no da abasto, se busca con “la sororidad” salidas grupales autogestionadas que den algo de contención.

Mientras pasa todo este ruido de principios de marzo me detengo y pienso: ¿cuándo fue la última vez que vimos a una de esas “mesas de mujeres” integradas a instituciones públicas o privadas trabajar seriamente sobre las desigualdades estructurales del sistema?

El 8 de marzo recuerda a la mujer trabajadora. No recuerda a la mujer funcionaria, ni a la influencer, ni a las doctoras en género. Tampoco fue pensado para hacerle notas en Infobae a esas CEOs bien pitucas que nos invitan a celebrar su excepción estadística. El 8 de marzo recuerda a la obrera, a la que murió reclamando condiciones dignas, a la que comprendió que sin organización no hay libertad concreta para todas. En contrapartida, ese “feminismo” de posteos violetas y mesas de mujeres, parece haber adoptado hace mucho tiempo la lógica de la marca de mercado, y no la de representación.

Esto no comenzó con esta nueva oleada de derecha. Esto ya estaba impregnado, allí en 2018, cuando existia un cómodo lugar que permitía enfilar en una misma línea a las más distantes pensadoras, que usaban esta marca común para la foto, sin ningún ruido mental.

Esto no es un error de la matrix, es esencialmente lo constitutivo de un movimiento sin pies, creencias o cabeza. Por supuesto que las coincidencias puntuales entre pensadores antagónicos no son un imposible, lo que es incompatible es tomar una causa-foto que hable de la eliminación de la violencia, la integración o la igualdad, y luego volver a espacios políticos, bloques y gobiernos que, por ejemplo, desfinancien líneas de asistencia a víctimas de violencia doméstica, dificulten el acceso a la jubilación quitando las moratorias o voten una reforma laboral que acorta licencias y dificulta la compatibilidad de las tareas de cuidado y la crianza, con el empleo.

Sobran pruebas de que el mercado no emancipa: mercantiliza. Por supuesto que no lo hace solo con las mujeres, lo hace con todos los cuerpos y todas las fuerzas de trabajo de las que puede alimentarse, cuando transitan sus días con necesidad.

Y así es como, en nombre de la libertad, se promocionan horizontes aspiracionales con formas renovadas de explotación, que te llenan de slogans convenientes como ticket para ingresar al más descarnado mercantilismo humano. Pasa con las apps de servicios que te venden la idea de “ser tu propio jefe y manejar tus horarios”, y pasa con la prostitución presentada como empoderamiento y autonomía del cuerpo.

Hoy, vemos cómo la venta de contenido erótico se presenta como emprendimiento, la venta de óvulos o el alquiler de vientres como una opción de rebusque más, la figura de la “sugar baby” se unge como el medio de las más vivas para conseguir la tan ansiada movilidad social y esos famosos viajes a Dubái llenos de lujos promocionados con esas fotos espectaculares. Toda esa publicidad, que nos aparecen en el feed a todas y que no distingue edades, es un recordatorio constante de que, si tu cuerpo ya es sexualizable, no podes olvidarte jamás de cuánto dinero estás perdiendo por no estar subastando una parte de nuestra intimidad, de nuestro cuerpo y de nuestra integridad física, mental y moral.

El más sofisticado aparato de propaganda al servicio del síntoma perpetuado de una cultura global e histórica que convierte el cuerpo femenino en moneda de cambio, con una lavadita de cara absolutamente servida por el sistema.

Por supuesto que todo esto encuadra en esos enunciados de “una elección libre de vida”. Se repite que es un medio de empoderamiento o autonomía. Pero cuando el principal capital disponible es el propio cuerpo, cuando la validación y la supervivencia dependen de la mirada, el placer y del dinero ajeno, la pregunta es inevitable: ¿qué libertad es esa que sólo puede ejercerse dentro de la lógica del mercado sobre nuestros cuerpos?

Cuando “la ola feminista” te embate, pero la desigualdad estructural jamás se discutió de base, la única libertad posible que nos queda entonces , es elegir, con estas “nuevas libertades”, cómo insertarse en ellas. Y eso compañeros, eso no es liberación: es apenas una adaptación rentable para la supervivencia.

Al mismo tiempo que la prostitución se colectiviza como las necesidades, se instala una contra respuesta cultural igual de vacía. Cuando la exaltación de la hiperdisponibilidad sexual lo invade todo: redes, música, niñas, jóvenes, moda, etc. y parece ser algo así como signo de modernidad; por el otro, vemos llegar el revival de grupos conservadores y misóginos, que claman con muchísima violencia discursiva por un concepto totalmente plástico de “esposa tradicional”.

Condenan activamente el desarrollo profesional, el disfrute sexual femenino y hasta la participación política de la mujer. Buscan instalar una estética aspiracional de hogar, que no solo es materialmente inviable para un simple asalariado, sino que está llena de rencor y desprecio para con las mujeres, de las que solo desean su obediencia o sometimiento.

Lo cierto es que este aparente antagonismo no es más que la cara de la misma moneda. Disputan por igual los cuerpos de las mujeres, uno lo prostituye en lo público y otro pide que lo hagan en lo privado. Ningún aboga por el desarrollo humano de la mujer, ni por su dignidad, sino que batallan por quién y cómo harán uso de su utilización para el objetivo que más les rinda a cada uno. Allí vemos cómo el sistema no necesita coherencia moral, solo genera espacios que garanticen la circulación de sus fusibles.

Todo esto, por supuesto, no queda ajeno a la política, pero esta está tan empobrecida e inmersa en la lógica de soluciones simplistas y marketineras, que el sistema público también encontró la forma de prostituir la causa de la igualdad. 

La paridad de género obligatoria en listas y el infame Ministerio de la Mujer son dos titulares bien pomposos que ningún efecto real han tenido. Hoy vemos que incluir, por cuestiones cuantitativas, es una experiencia forzada muy poco virtuosa. También vemos que ser mujer es una experiencia un poco más abarcativa que una nómina ministerial que puede volar de un plumazo, sin efectos mayores más que agrandar el número de desempleo.

Mientras estos intentos baratos ofrecen soluciones que hacen agua, la permanencia femenina en los espacios centrales sigue siendo frágil. En la mayoría de los casos, sigue dependiendo del capital simbólico, amatorio, del diámetro de busto o de las coyunturas favorables a la legitimidad mediática, porque esencialmente se han olvidado de interpelar la arquitectura colectiva que garantice conducción y solución sostenida en el tiempo.

El resultado: una élite femenina visible, desconectadísima de la base social real. Chicas de sociales devenidas en dirigentas, que juran y perjuran que el “lenguaje inclusivo” iba a pegar en barrios populares, mientras ellas se garantizaban ascensos individuales en listas y ministerios que no ayudaron a mejorar las condiciones materiales de ninguna mayoría.

De ese modo, el día a día y el trabajo real, que escriben nuestras experiencias y producen los bienes y roles que organizan la comunidad y sostienen la vida, pierden centralidad en un discurso público completamente esmerilado que “celebra a la mujer”, pero relega y silencia a la única que debería ser nuestro foco: la mujer trabajadora.

Pienso, como justicialista, que hablar de la mujer implica, sobre todo, hablar de organización laboral, de economía del hogar y de política. E implica, sobre todo, reconocer que la dignidad, tanto de la mujer como del hombre, no proviene de lo que pueda adquirir con el consumo, sino de la expansión en su condición de ser humano proveniente de su rol y de su trabajo, entendido, sobre todo, como parte de una comunidad organizada.

En esta, nuestra visión, cuando hablamos de trabajo no hablamos sólo del empleo formal remunerado, hablamos también del trabajo social, del trabajo doméstico, del trabajo de la gestación, de la crianza y del trabajo de cuidado. Hablamos de toda esa arquitectura invisible que sostiene la reproducción material y afectiva de toda la sociedad. 

Porque si el sistema descansa sobre esas tareas, pero no las reconoce ni busca su integración en la estructura económica, la igualdad y la virtud de nuestra sociedad ni siquiera será discursiva.

La integración real no consiste en exigirle a la mujer que soporte una organización laboral diseñada sin contemplar la vida familiar, ni en empujarla a elegir entre maternidad o desarrollo profesional, como si fueran dimensiones excluyentes. Tampoco puede romantizar la precariedad laboral y moral del trabajo sexual como el único camino a la independencia económica. La verdadera integración exige reorganizar el trabajo para que producción y cuidado no sean esferas enemigas. 

Aquí es donde la cuestión se vuelve civilizatoria. Porque una sociedad que desvaloriza el cuidado y fragmenta a la familia no libera individuos: produce sujetos aislados, anómicos, funcionales a un mercado que prefiere consumidores solitarios y consumidos.

Pienso este punto, en aquellas palabras del Papa Francisco que han sido tan claras al advertir sobre la cultura del descarte, que rige nuestro sistema bajo está lógica que convierte a las personas en objetos reemplazables. El Papa advierte la necesidad de devolverle a la economía un rostro humano y aunque su planteo no esté circunscripto a la cuestión de género, está describiendo exactamente el mismo mecanismo que aquí denunciamos: hay un sistema que mide el valor del ser, en términos de utilidad y rentabilidad. Y  ese mismo modelo, es el que deteriora todo el entramado humano en su conjunto. 

Frente a este modelo de desintegración moral, ideológica y social, el movimiento nacional ofrece una experiencia histórica orgánica y concreta, a la que no le hace falta trabajar con la nostalgia para que el antecedente político se vuelva fuerte y real.

Cuando Eva Perón irrumpió en la escena pública, no lo hizo para convertir la feminidad en marca ni para adaptar a las mujeres a un sistema injusto o masculinizado. Lo hizo para incorporar a las mujeres orgánicamente a un proyecto colectivo de justicia social.

A través de las acciones de la Fundación Eva Perón, del impulso decisivo al voto femenino y de la creación del Partido Peronista Femenino, se construyó una estructura de participación que entendía a la mujer como un sujeto político pleno y sustancial dentro de una comunidad organizada.

No era la mujer un individuo aislado invitado a competir de un día para otro en el mercado laboral o político; era la mujer trabajadora, militante y solidaria, integrada a un proyecto de nación que requería de su enorme fuerza de trabajo, dentro y fuera del hogar, para proyectar a nuestra patria hacia su emancipación y su grandeza.

Lo revolucionario y diferencial de la integración de la mujer que propuso y ejecutó el Partido Peronista fue haber adaptado el sistema a la dimensión propia de la mujer. Jamás negó ni puso en contradicción su participación en el hogar, la maternidad o su calidad sensible y afectiva. 

El peronismo reconoció la experiencia femenina, con su distintiva sensibilidad social y su capacidad de organización, como herramientas de conducción pública. No negó el trabajo de cuidado: lo dignificó. No planteó una guerra entre sexos; integró a mujeres y hombres en un horizonte común de elevación social.

Rescatando y potenciando esas mismas cualidades que, por ejemplo, el Papa Francisco destacó al referirse a la integración femenina, afirmando que la mujer aporta una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que enriquecen la comprensión de la realidad.

Mientras las feministas clásicas, por esos años, hablaban despectivamente de cultivar el hogar y hacían uso unilateral de sus privilegios para estudiar o ejercer profesionalmente, la propuesta de integración política de la mujer impulsada por el Partido Peronista dotaba de espacios propios y adaptables, derechos y participación a todas las mujeres de la patria.

Ochenta años después podemos ver que el peronismo tomó una postura verdaderamente de avanzada. Jamás buscó la masculinización de las mujeres para validar su autoridad como sujetos de derechos y como sujetos políticos, y allí reside la diferencia más significativa con otros modelos de integración femenina, tanto nacionales como importados.

Incluso hoy vemos cómo muchas de las mujeres del poder se masculinizan, actitudinal y físicamente, para poder habitar esos espacios hostiles de la política en distintas partes del mundo.

Por el contrario, nuestro movimiento históricamente ha aceptado y sostenido a las mujeres sin exigirles que dejen de serlo. No es casual que de esa tradición hayan emergido liderazgos femeninos reales como Eva, Cristina o Isabel, quien fue nada más ni nada menos que la primera mujer presidenta del mundo.

Ellas no fueron anomalías toleradas por un sistema masculino; fueron expresiones de una doctrina que nunca concibió la conducción como patrimonio exclusivo de un género ni aceptó las desigualdades como parte estructural de la sociedad.

Así como este proceso se dio en las cabezas, también se replicó en las bases. Desde el primer momento, y hasta hoy, esta organización social que contempla y da lugar a las mujeres ha sostenido silenciosamente la arquitectura cotidiana de la comunidad: las cooperadoras escolares, los comedores, los clubes de barrio, las sociedades de fomento, los centros culturales. Todos espacios naturales de una lógica que entiende que el cuidado, la crianza y la construcción de pertenencia son, en definitiva, una extensión del hogar y otra forma de hacer política.

Esos lugares no son meros dispositivos asistenciales: son espacios de contención y de formación de valores, donde se aprende la convivencia, la democracia y el ejercicio concreto del nosotros. Allí se forma ciudadanía mucho antes de que la palabra estuviera de moda. Y en la mayoría de los casos, ese trabajo fue sostenido por la voluntad, el compromiso y una conciencia comunitaria profundamente femenina.

De este modo vemos que la crisis económica y el deterioro de las condiciones laborales no impactan solamente en indicadores macroeconómicos: impactan en la base misma de esa organización social. La necesidad vacía esos espacios, que pierden continuidad, ahogados por un sistema que no integra ni reconoce ese trabajo social como parte del entramado productivo y virtuoso de la Nación. Así, en la búsqueda de la supervivencia, el individualismo reinante debilita el tejido comunitario que, además de contener, históricamente formó en esas bases a los grandes liderazgos femeninos.

Por eso el 8 de marzo no puede quedar reducido a una estética violeta ni a promociones temporales. Si de verdad se trata de honrar a la mujer, debemos recuperar la centralidad del trabajo como ordenador de la dignidad humana y reconstruir una comunidad donde la producción, el cuidado y el desarrollo humano formen parte de un mismo proyecto histórico que nos ayude no solo a dar el salto como país, sino también como personas.

La comunidad organizada, como concepto doctrinario, no fragmenta sujetos: los integra en un proyecto común donde cada sector asume responsabilidad en la construcción colectiva. En ese esquema, la mujer no es una agenda paralela; es parte constitutiva del proyecto nacional.

Para el feminismo liberal, la libertad consiste en ampliar el margen de elección dentro del mercado. Para una perspectiva nacional y social, la libertad consiste en modificar las condiciones materiales que determinan esas elecciones.

Por lo tanto, nuestra contrapropuesta como hombres y mujeres justicialistas no tiene nada por inventar. El movimiento nacional comprendió desde el principio que las desigualdades no son individuales ni meramente dialécticas: son estructurales, sociales y económicas. Y la desigualdad de género, como todas las desigualdades, envenena a la sociedad.

De aquí en más nos tocará abandonar esas infértiles mesas de mujeres que segregan internamente, de discusiones que son de todos, a los compañeros, y pasar de una vez por todas del esquema marketinero de la visibilización a la acción. Para concretar, sin distinción de género, la unidad de los argentinos a través de la justicia social, que reconozca el trabajo, los derechos y todo aquello que constituye la dignidad de mujeres y hombres, a través de la transformación material.

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