Ideas para la vuelta: Generación de amigos o traidores a la patria

EDITORIAL

Ideas para la vuelta:
Generación de amigos
o traidores a la patria

12 de Abril de 2026

Por:  Agustín Chenna

«Los combates que más importan -me dijo Megafón- nunca salen a la luz del mundo, ya que permanecen en el subsuelo de la Historia.»


La idea inicial de esta nota era que cierre el ciclo de las crónicas A y B, escritas por Mariano Valdez y Ludmila Chalón. Una piña de sentimentalismo que logre llegar a los corazones y mostrar la verdadera profundidad del viaje a la Vigilia por Malvinas en Río Grande. De antemano voy a aclarar que fallé: no es mi estilo. A las emociones de felicidad y alegría que me generó este viaje, en términos personales y colectivos, le fue siguiendo, poco a poco, una mezcla de incomodidad, enojo y ganas de decir cosas incómodas. Como se pudo, ahí va: 

Tierra del Fuego, a donde volví luego de casi dos años, tiene la capacidad de hacerme conmover más profundamente que cualquier otro lugar en la Argentina (lo cual, digamos, ya es un hecho particular en sí). El comienzo del aterrizaje en Ushuaia, cuando los vientos empiezan a pegar fuerte en el avión y se empieza a observar la Cordillera, anticipa lo que es la vida en la isla. Conocer la ciudad de Río Grande confirmó mi pensamiento inicial: que exista población argentina en ese lugar tan inhóspito es una epopeya de Estado. Un verdadero orgullo de la Nación Argentina. 

Llegar a Río Grande me generó una de las primeras situaciones contradictorias. Mi intención inicial era caminar por la costa y sentir esa sobredosis de argentinidad que me llegó la primera vez que caminé por las orillas del Beagle. No ocurrió. Por supuesto, es impactante ver un mar y un horizonte por primera vez, pero este lugar es particular. Nunca estuve tan cerca de las Islas Malvinas y tampoco estuve tan cerca de la invasión británica en nuestro territorio. Quizás se vea mejor de la periferia al centro, pero nada se puede sentir tan fuerte como cuando se lo experimenta con el cuerpo y se lo ve en primera persona. 

Por un instinto que ya es casi natural, mis enojos ante las injusticias suelen transformarse en planteos políticos, y, por lo tanto, en pensamientos sobre cómo resolverlo. Es inevitable preguntarse por qué, a más de cuarenta años del conflicto en el Atlántico Sur y habiendo transcurrido gobiernos de tintes políticos tan diversos, la recuperación de nuestro territorio sigue pareciendo un hecho muy lejano. Es inevitable preguntarse qué hacer para recuperarlas y cómo. Es inevitable también, preguntarse quién carajo lo va a hacer. 

Mi escepticismo y mis experiencias personales me llevaron a una conclusión dura: los argentinos hemos sido traicionados. Y no fue Milei hablando de terminar con la casta. Fueron nuestros propios gobiernos, por acción u omisión, los que mientras vociferaban a los cuatro vientos sobre el proyecto nacional y popular, se convertían en privado en expertos del “no se puede”. Ese “no se puede” que, casualmente, siempre beneficia a los más poderosos, al mismo tiempo que a ellos mismos, perjudicando y hundiendo al conjunto del pueblo argentino en la más deplorable humillación. Y que, cuando “pudieron”, nunca fue para transformar de raíz la estructura colonial que nos legó la última dictadura cívico-militar. 

Malvinas duele, particularmente, porque el enemigo está ahí, visible, izando su bandera en nuestro territorio y recordándonos todo el tiempo que —efectivamente— pueden hacer lo que quieran con nosotros. Pero si lo pensamos un poco ¿la soberanía del pueblo argentino no se encuentra vulnerada en cada paso que damos? ¿No existen miles de Malvinas en cuanto lugar rasquemos un poco en profundidad? ¿Es posible volver a izar la bandera nacional en nuestras Islas Malvinas mientras grandes sectores del “movimiento nacional” operan en favor del extranjero? ¿Es viable pensar en la bandera flameando en Monte Agradable al mismo tiempo que somos el mayor deudor del Fondo Monetario Internacional o más de la mitad de los argentinos se encuentra sumido en la pobreza? 

Dio la gran casualidad (spoiler: estas cosas no son casualidad) de que, en el albergue donde dormíamos en Río Grande, me encontré con un compañero con el que me había cruzado en una sola ocasión y al que no veía hace poco más de dos años. No lo veía, exactamente, desde el 6 de febrero de 2023, cuando, después de una de las semanas más agitadas de mi vida, nos fuimos del Bolsón luego de asegurar la vida de los 60 militantes que se encontraban acampando en Lago Escondido y de los que habían sido heridos de gravedad en el acceso de Tacuifí. 

Por circunstancias de la situación, esa vez terminé dando notas en medios, ubicando jueces para que intervengan por un habeas corpus, discutiendo con un fiscal, pateando puertas en hospitales para que reciban heridos y hasta consiguiendo los micros con los que los compañeros finalmente salieron de las tierras que Joe Lewis ocupa ilegalmente hace más de tres décadas. En ese camino, habíamos puesto nuestra propia integridad en peligro. No es una metáfora: yo, en primera persona, recibí aprietes de policías, miembros de la Justicia y hasta civiles de dudoso oficio. Otros la pasaron peor, con fracturas en todo el cuerpo y/o riesgo de vida. 

Entre mate y mate, recordábamos: no fueron las apretadas de la gente de Joe Lewis las que más nos sorprendieron, y para las cuales, mal que mal, íbamos preparados. Lo más sorprendente de ese viaje fue cuando, debido a que la cosa se estaba empezando a complicar de más, intentamos buscar el apoyo de funcionarios nacionales. Naturalmente, ya en 2023, no confiábamos en el “albertismo”, pero tuvimos la suerte de poder comunicarnos con algunos de los “nuestros”. Con uno que, según él, se interesa mucho por los derechos humanos, tuve una álgida discusión porque me dijo: “Me metés en un quilombo. Están acampando en propiedad privada”. Otro estaba con mucha preocupación porque, en ese mismo momento, estaba preparando la foto del acuerdo con Mekorot en Río Negro, al mismo tiempo que había garantizado lugares en las listas del ahora ex traidor Weretilneck. Rara postura de los pibes para la liberación.

La denuncia sobre ese enclave de Joe Lewis en la frontera con Chile se combinaba, en la marcha, con la denuncia sobre el aeropuerto de Puerto Lobos, también de Lewis y ubicado en la zona de frontera sobre la Costa Atlántica. Sobre el paralelo 42, a dos horas de Malvinas, a 10 km de la salida de Punta Colorada del oleoducto sur de Vaca Muerta y con una sorprendente extensión de 2200 metros —lo que lo hace apto para aterrizaje de aviones de gran porte—, el aeropuerto fue vendido en 2025 a testaferros de capitales árabes. Al igual que como se construyó en 2008, con la total ¿ignorancia? del Estado nacional. 

Una, dos, muchas Malvinas. La historia nacional fue falseada. Nos enseñaron que el Pacto de Olivos había culminado con la sanción de la Constitución Nacional del 94, donde la falsa antinomia PJ-UCR explicitó sus acuerdos de fondo: la democracia representativa liberal, la dependencia económica del bloque angloestadounidense, el neoliberalismo cultural y la balcanización de la Nación en 24 republiquitas. Muchos cargos para las minorías y ampliación de la representación legislativa para que los perdedores mantengan varias cajas. El poder político para los ganadores, quirúrgicamente disruptivos (pero no tanto), teniendo como garante y gendarme siempre a los Estados Unidos de América. ¿Les suena? No se llamarán Ricardo Alfonsín ni Carlos Menem, pero las similitudes con la actualidad están a la vista. Y, dicho sea de paso, las simpatías personales de cada referente del bipartidismo de turno con Menem o Alfonsín coinciden bastante con sus estrategias.

Lo jodido de elegir la pastilla roja es que no hay vuelta atrás. Si se pactan con el invasor aeropuertos privados fuera del radar del Estado nacional o fronteras privadas con su propio ejército de seguridad en tierra nacional, ¿qué hace pensar que la situación de ocupación en las Islas Malvinas no cuenta también con la complicidad de gran parte del arco político, incluso de los que vociferan ser enemigos de este gobierno de ocupación? 

Como el camino al infierno está lleno de buenas intenciones, a los hechos me remito. Sean decisiones conscientes o errores políticos, sus consecuencias son las mismas: miseria económica, destrucción del tejido social, aumento de la marginalidad, dominio del narcotráfico, subordinación al FMI, el Atlántico Sur ocupado… La realidad nos está pasando por arriba y la inercia de esperar que emerja un salvador para rescatarnos ya roza la ridiculez. 

El peronismo, que nació como un nacionalismo popular y revolucionario, hace tiempo se limpió de dos de sus tres cualidades y se transformó apenas en un partido popular de buenas intenciones, que quiere que los pobres coman, pero no sabe muy bien cómo. A gran parte de su dirigencia se le esfumó la potencia transformadora. Y, ante la duda, le entrega la gestión de carteras estratégicas a burócratas de la academia o a fundaciones financiadas con plata de la Corona Británica. Lo importante, pensarán, es tener funcionarios cuyos papers se lean en UCEMA, en Di Tella o en San Andrés. Están desorientados y no saben cómo explicar la relación entre la ocupación británica de Malvinas y la miseria en el conurbano. Hacen política como si todo eso no pasara. 

Eso nos insta a actuar. Creo profundamente no solo en que, como generación, tenemos que ser quienes transformen las cosas; creo, también, que vamos tomando consciencia que no nos queda otra. Y no hay posibilidad de construir un movimiento revolucionario con los mismos valores que pregona el sistema que queremos destruir. 

Durante todo el viaje, desde principio a fin, quienes fueron me escucharon decir lo mismo. Lo mismo que digo desde que nació El Aluvión, allá hace dos años y medio. Mi única certeza es que tenemos que desprendernos de todo lo que nos enseñaron que era hacer política y hacer otra cosa. Desprendernos del individualismo, de la soberbia, de la avaricia, del corporativismo y reemplazarlo por el interés colectivo y la amistad, que es la gran fuerza cohesionadora de los procesos de cambio. La hermandad que da la noción de un destino común. 

Cuando me preguntan cómo veo a la juventud, mi respuesta es que observo una generación de pibes convencidos de verdad. Con la capacidad y la voluntad de trabajo que solo tienen aquellos que saben que van a vencer. Sobrevivientes, que siguen en política a pesar de las traiciones, las decepciones y la falta de capacidad de muchos que no han estado a la altura de convocar a los argentinos a la gesta que este pueblo se merece. 

Hay que iniciar procesos y dejar de estar preocupado por capitalizarlos en términos individuales. La transformación de la Patria es un camino arduo, pero como todo, empieza por el principio. En cada construcción es fundamental hacer bien la base y levantar bien los pilares. Si eso está mal, todo lo que sigue va a quedar desviado o va a ser endeble. Tenemos las personas, tenemos el proyecto, tenemos la causa y tenemos razón.  

Por eso, o construimos una generación de amigos o traicionamos a la patria. No hay punto medio.

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