Por la mañana mate, por la tarde oferta alita de pollo

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Por la mañana mate, por la
tarde oferta alita de pollo

Por: Ludmila Chalón ft. Juan Francisco López Salgado

La representatividad, la identidad y la orfandad política. X como arena de discusión y otro análisis sesudo del show de Bad Bunny.


El sábado 8 de febrero de 2026, Bad Bunny protagonizó el show de medio tiempo del Super Bowl, ese evento global pero profundamente yanqui donde más de 120 millones de personas miran, desde otros países, un deporte que no siguen nunca, pero ese día se predisponen a ver cómo unos monos grandotes juegan a algo tipo rugby, con otras reglas raras.

Lo que pasó después en Twitter Argentina merece análisis aparte: mientras algunos celebraban la presencia de un latino, encima cantando en español en el escenario más visto del planeta, que puso a tuitear a Trump, otros hicieron fila para aclarar que no, nuestra Argentina blanca no es Latinoamérica, nuestra identidad rioplatense tiene poco que ver con banderas caribeñas, cocos, calor y un par de chicas pulposas moviendo las cachas.

Como suele pasar cuando el tema es LA IDENTIDAD, algunos buscan llenar con mainstream los vacíos de representatividad que otros actores dejaron huérfanos. El espectáculo fue una graciosa declaración política de pertenencia regional, en línea directa con lo que Bad Bunny quiso transmitir con su último disco, invitando a celebrar algo de sus raíces y su cultura, y en todo ese zarandeo tropical del show del medio tiempo fue mencionando a casi todos los países de las Américas, incluida nuestra querida Argentina.

En su disco DtMF, el muchacho Benito hace una proclama light a la soberanía boricua. Desde denuncias a la gentrificación de la isla y el desplazamiento de los puertorriqueños de su lugar de origen por la situación social de Puerto Rico, hasta homenajear a la diáspora que ha echado raíces en Estados Unidos.

Para esto ha trabajado con el historiador Jorell Melendez-Badillo, quien fue el encargado de armar las filminas que acompañan a cada tema en YouTube, mostrando el recorrido histórico de la colonia a través de distintas historias.

Por esto, hay quienes, en su orfandad, vieron en esa perfo ese gesto como si el Che Guevara se hubiera vuelto a calzar la boina castrense y salir con su motocicleta a recorrer la América Latina. Y así pillamos de Lali capitana al comandante Benito.

Otros militantes caucásicos vieron esa palabra salir de su boca y ser coreada por otros compatriotas como una traición a nuestra diferencial cultura gaucha y melancólica.

Pero hoy, hoy jugamos al FIFA con Corea del Centro.

Bienvenidos: SÍ, SOMOS LATINOAMERICANOS. Compartimos una lengua, una historia de conquista, también una historia de independencia y de dominación, dependencia, violencias impuestas, ciclos interminables de endeudamiento y un montón de tragedias y formas de vivir, con diferencias, que atraviesan al continente entero, de México a Argentina. El Plan Cóndor lo sufrimos todos y el FMI, también.

Negarlo es más un capricho cultural y un gesto aspiracional que refuerza el norte-centrismo que una verdad. Sin embargo, no podemos desconocer, aunque es difícil cuando se escribe con este día húmedo de verano agobiante, que la experiencia rioplatense es particular y a veces se siente lejana.

Desde el clima, los paisajes que nutren nuestros poemas constitutivos, la música o los nombres menos extravagantes, hasta la expansión territorial, la proyección geopolítica, un pasado industrialista e inmigración europea masiva, cambiaron en nuestra tierra las formas de sociabilidad, de percibirnos y de integrarnos racialmente.

Todo esto nos dio una identidad propia que no encaja del todo en esa idea globalizada de “lo latino” que se promueve desde afuera y triunfa como producto marketinero, tan útil como para llenar el entretiempo de un Super Bowl.

Tal vez todo eso a algunos los hace sentir mejores, distintos, ese pasado de esplendor que vemos caminando por avenida Libertador, recordando la creación y el crecimiento de la clase media, viendo un modelo exitoso de sustitución de importaciones mientras se desarrollaba la industria nacional. O tal vez muchos de los únicos y diferentes nunca hayan llegado a esas conclusiones y solo se sientan avalados por unos tonos menos de piel y algún pasaporte tano heredado que los hace sentir que somos como más del primer mundo.

Lo cierto es que mientras un montón de argentinos discutimos sobre el show de un hermano puertorriqueño en el Super Bowl yankee, todo lo que era “representativo” y diferencial de nuestra identidad rioplatense se va esfumando. La industria se hunde, la clase media desaparece, la salud pública se deteriora y un asesor ganadero nos quiere convencer de que comer carne es una rareza en el mundo y que no deberíamos asustarnos por la caída del consumo nacional.

Llama la atención ver cómo muchos de los que se embanderaron como supremacistas de la argentinidad maman todos los días de la teta de este gobierno que parece esforzarse intensamente en volvernos cada vez más parecidos a esa América Latina precarizada y dependiente del imperio, que come arroz con frijoles, que a esa Argentina de turgente clase media que sirve proteína todos los días arriba de la mesa, manda a sus hijos a la universidad y sostiene su propio negocio.

Les indigna que nos metan en la misma bolsa con el pobrísimo Caribe, pero no les suena grave que todos los días se socaven los pilares que nos diferenciaban de ellos. Así de raro es analizar identidades culturales mientras se desguaza la base material de esas mismas identidades. No nos quieren latinos, pero sí bananeros, más Estado Libre Asociado que Nación.

Por eso la discusión identitaria, si quiere ser algo más que un intercambio de opiniones o un show jocoso de lo que es nacer en esta porción del Cono Sur, tiene que volver a anclarse en lo material. Una idea que Perón trabajó con mucha lucidez en sus textos en el exilio y que, en estos momentos, vuelve a tener una actualidad incómoda: la comunión latinoamericana no es un guiño vagamente histórico o cultural, es una necesidad política.

No se trata de parecernos, ni de que Bad Bunny nos nombre en el show, ni de cuánto o cómo movemos las cachas. Se trata de entender que los países de nuestra región están fragmentados, débiles y desindustrializados, y así seguimos condenados a cumplir siempre el mismo rol: producir barato, consumir caro, hipotecar nuestra soberanía, endeudarnos, migrar y hacerle de juglares a los yankees de vez en cuando con algún artista. Todo esto nos lleva a aceptar como un destino natural lo que en realidad es una derrota colectiva.

A pesar de todos los sistemáticos embates por tenernos subyugados y desunidos, hay identidad latinoamericana. Tal vez no tenga tanto que ver con la música o las frutas que consumimos, pero sí tiene que ver con una historia de resistencia y de valores humanos que el anglicanismo y el luteranismo guardaron bajo siete llaves para que la ética protestante les quepa justo en la forma de producir y conducirse para con el mundo y consigo mismos.

La amistad, la familia, el respeto por las tradiciones, la vida por sobre el consumo, son palabras por donde empezar a hablar, incluso más fuerte que el idioma en sí mismo que compartimos.

Como pueblo podemos, además, demostrar una amalgama real de la mixtura cultural y racial. Más allá del racismo real que existe en nuestro país, somos un ejemplo vivo de la creación de comunidad en la multiculturalidad. Aunque desde el norte nos señalen o nos endilguen que en la selección de fútbol no hay gente de color, como les gusta decir a ellos, somos el mestizaje real y la convivencia pacífica entre distintos.

En el país del norte que suele jactarse de su nutrido crisol de razas, pero viven separados entre sí, en barrios bien delimitados para las distintas nacionalidades: latinos con latinos, morochos con morochos y gringos con gringos.

Lo cierto es que sin justicia social, sin defensa de nuestra soberanía, sin trabajo dignificante, sin industria, sin comida en la mesa, el norte seguirá chupando nuestros recursos y a nuestra gente. Si pudiéramos armar, con esa identidad integrada a los intereses comunes regionales, un malecón contra el tsunami colonial y la estereotipación que nos arremete desde el norte, no molestaría prestarles el talento de nuestros artistas, la sensación de portar algo de sangre en las venas, un poco de sabor, el calor del abrazo de un amigo para llenar la desabrida vida norteamericana.

La verdadera defensa de lo que somos, como argentinos y como parte de América Latina, no se juega en el show, sino en las decisiones políticas que definen si seguimos siendo un pueblo con espíritu y proyecto propio o apenas una performance para venderle a un Super Bowl, o nuestra versión local, un show de tango para japoneses que se alojan en un hotel boutique de San Telmo.

Lo cierto es que la latinoamericanización que muchos temen y de la que buscan diferenciarse avanza más por los rieles de la peor versión de la región, esa de mesas flacas, dietas llenas de hidratos y precarización, que si algún rioplatense disfruta de bailar con Bad Bunny en su show del Super Bowl.

  

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