
EDITORIAL
Dónde está la CGT
15 de Febrero de 2026
Por: Agustín Chenna
Un nuevo retroceso en los derechos laborales, conquistados por el peronismo, en manos de un gobierno neoliberal. Una nueva oleada de reclamos a la CGT por no ponerle un freno.
Deja vú
Un nuevo retroceso en los derechos laborales conquistados por el peronismo en manos de un gobierno neoliberal. Una nueva oleada de reclamos a la Confederación General del Trabajo por no ponerle un freno. Deja vu del macrismo, cuando los sectores progresistas dejaron de ocultar su gorilismo para criticar al movimiento obrero organizado, por no hacer todo aquello que correspondía a la política y para lo que ésta se había mostrado impotente. Siempre fue más fácil criticar a un gordo morocho del conurbano que a un Magister en Políticas Públicas que vive en un barrio bien de la Capital.
Durante toda esta semana, se achacó a la CGT “permitir” que el gobierno avance en la Reforma Laboral. Es más o menos lo mismo que culpar a las federaciones universitarias porque, más allá de las sucesivas marchas, el gobierno sigue avanzando en el recorte del presupuesto educativo. Una gran operatoria para evitar criticar a la política. A los que en nombre del peronismo votan a favor de un modelo de recorte o, igual de peor, a los que han expresado como única alternativa de rechazo posible votar en contra, indignarse y ponerse a llorar por lo malo que es el gobierno. A esta altura, no sé si me quedo con los garcas o con los boludos.
“Yo he visto malos que se han vuelto buenos, pero nunca he visto un bruto volverse inteligente”
La queja a la inacción de la CGT es, por supuesto, estúpida. Fue la CGT aquella que, movilizada por la reforma previsional de Macri, puso fin a la avanzada de Cambiemos (que, si se olvidaron, había arrasado en las legislativas y había puesto a todos a especular con la reelección de Macri). Cuando el pueblo lo pedía y el termómetro social estaba dispuesto, no cuando lo exigían los +50 de Resistiendo con Aguante.
Siempre fue más fácil criticar a un gordo morocho del conurbano que a un Magister en Políticas Públicas que vive en un barrio bien de la Capital.
Muchos de los políticos que votaron a favor de esa reforma, mientras nos reprimían afuera del Congreso, también son los mismos que están hoy. Algunos de los que votaron a favor, incluso, hoy son la medida del “buen peronismo”. Y muchos de los que votaron en contra son los traidores. Cosas de la política. Ojalá la memoria de los compañeros durará más de un periodo presidencial o fuera resistente a las bendiciones de la casta.
También muchos olvidan recordar que, luego de que fuera efectivamente el movimiento obrero organizado el que comenzara el retroceso del imbatible Mauricio Macri, el gobierno “peronista” que surgió de esa resistencia priorizó a las diversidades, a los científicos y a los operadores del PJ porteño. Se pide mucho que unos pongan el cuero para que otros la cobren. Vimos de todo en el gobierno de Alberto Fernández, menos trabajadores en las mesas de discusiones ni, mucho menos, en los lugares donde se decide la política real.
Insistimos desde estas líneas que la culpa de las derrotas políticas nunca puede ser del sindicalismo. Podemos criticarle, si, haber confiado demasiado en ciertos políticos profesionales, y no salir del lugar de defensor de un sector de los trabajadores para intentar discutir un modelo de país que contenga a todos. Su respuesta podría ser, supongo, que la última vez que el sindicalismo expresó su modelo de país terminó siendo expulsado de la alianza de gobierno por los mismos hipócritas que luego homenajean a Recalde. Es mentira que el peronismo no tuvo su propuesta de reforma laboral. La tuvo, y fue vetada para que no se pongan a llorar la Unión Industrial Argentina y los grandes empresarios de AEA. Los mismos que voltearon a Perón, los mismos que jugaron para Macri.
En definitiva, volvemos a ver plasmada la tensión histórica del peronismo: si el movimiento obrero debe ser sostén, columna vertebral o cabeza del movimiento. Nosotros creemos que, de mínima, deberíamos volver a respetar la vida interna de los sindicatos y la cuotaparte que le correspondía al movimiento obrero en el armado del peronismo. De máxima, una democracia donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo.
¿Un trabajador en la Casa de Gobierno?
Puede parecer contraintuitivo ponerse a historizar en momentos así, pero nos parece necesario para ser justos en la valoración del presente. Cuando en el año 2010 la conducción del peronismo rompe formalmente con una parte importante del movimiento obrero organizado, la discusión nunca fue si Moyano era bueno o malo. Lo que ganó en ese momento fue una línea política que, durante mucho tiempo, corrió a la clase y a la forma de reproducción de la vida como eje ordenador, para reemplazarla por la identidad, la edad, la raza y la orientación sexual.

No es casualidad que, con el alejamiento de la CGT del núcleo de poder gobernante, hayan tomado preponderancia los intelectuales que Néstor despreciaba. Los hijos del Mayo Francés, los herederos de Laclau, que proponían que el sujeto ya no era el trabajador sino la juventud militante. Fue una definición política de llevar el movimiento a un lugar más cercano a Sartre y más distante de los barones del conurbano. Un verdadero giro de 180°, que rompió el Frente Para la Victoria original (gobernadores, intendentes de la vieja escuela y sindicalismo) y empezó el camino que terminó en Unidad Ciudadana.
Quince años después le piden al pueblo (siempre desde afuera) que entiendan que son clase trabajadora. Y es tarde. El pueblo los abandonó. Tampoco compró la cuestión de los 72 géneros, la problemática de las negritudes y la soberanía de las cuerpas. Acostumbraron a una sociedad a no meterse, a pedirle que dejen la política a los políticos y que se dediquen a consumir, aunque para una parte importante de la sociedad había cada vez menos consumo.
Quince años después le piden al pueblo (siempre desde afuera) que entiendan que son clase trabajadora. Y es tarde. El pueblo los abandonó.
Ahora desean que el emprendedor sea peronista, que entienda que es igual de trabajador que un estatal que puede faltar la mitad del año a trabajar sin que lo echen, o que el operario que no fue a la fábrica durante la pandemia y seguía cobrando su sueldo vía ATP, mientras a él le tocaban 10 lucas cuando a Alberto y Guzmán se les ocurría. No pueden entender como a los emprendedores la reforma laboral les chupa tres huevos. Gritan, patalean, se indignan, comparten muchas historias en Instagram. Pero no cambian nada.

¿A dónde está la CGT?
Promovieron y acompañaron la construcción de una economía de servicios, de una sociedad de consumidores y emprendedores. Ahora se indignan con que Juan de Barrio Argentino, que tiene dos laburos y mete Uber en los francos para poder vivir, no se conmueva por la historia de lucha del movimiento obrero ni los derechos adquiridos en el peronismo. Es irresistible decir la obviedad de que la mayoría del pueblo ya no tiene casi ningún derecho, y por más que quiera no puede identificarse con Raimundo Ongaro, con Agustín Tosco o con José Ignacio Rucci.
Le piden a la CGT que haga un paro general, sin tener en cuenta que ya ocurrieron tres durante el gobierno de Milei y casi nadie se enteró. La Argentina cambió y el peso relativo del movimiento obrero organizado también. La capacidad de trabajo en nuestro país es de, aproximadamente, entre 20 y 25 millones de personas. De esos, solo hay 13 millones de asalariados, de los cuales están en blanco 7 millones. De los 7 millones en blanco, un tercio cobra debajo de la línea de pobreza, y menos de la mitad cobran más de la Canasta Básica Familiar. Es imposible de saber, pero probablemente muchos de esos tengan trabajos complementarios, y el trabajo formal no sea su único ingreso.

Por lo tanto, el trabajo, como lo sigue concibiendo el peronismo a ochenta años de su hito fundacional, sólo representa a poco más del 10% de la población. Si queremos inflar, y ampliarlo a los núcleos familiares, podríamos arañar un 25%. Un cuarto de la población. Lo que quiere decir que las grandes mayorías ordenan su vida en función de una realidad completamente distinta de como la entienden la mayoría de los políticos profesionales ¿Ahora entienden un poco mejor porque la reforma laboral interpela a tan poca gente? ¿De quién es la culpa, entonces? ¿De la sociedad o de los políticos? El movimiento político no le encuentra la vuelta a cómo cambiar el chip del mundo del 45’ y le pedimos a una confederación de sindicatos que cumpla nuestra tarea.
¿Qué le están pidiendo a la CGT? ¿Qué capacidad tiene de pelear en solitario con un gobierno que ganó 16 de los 24 distritos electorales y puede, además, comprar a muchos de las provincias a donde fue vencido? No es el sindicalismo la respuesta. Es la política. Ahí me pregunto yo, ¿Dónde carajos está la CGT? Hace rato que, si está, es absolutamente minoritaria en los Consejos de Partido, en las bancas del Congreso y en los cargos del Poder Ejecutivo. Y son honrosas las excepciones donde esos lugares son, efectivamente, para la Confederación General del Trabajo (que, como su nombre lo dice, es una Confederación y no una orga política) y no solo para sindicalistas que encajan con el partido político.
Se habla de los viejos burócratas, cuando la realidad efectiva es que cada sindicalista es votado cada dos años como delegado por sus compañeros de trabajo y cada cuatro por la totalidad de los afiliados. Se habla de los enquistados en el poder, cuando conozco muchas más internas sindicales que PASO representativas en los distritos ni, mucho menos, internas partidarias (de hecho, no conocí ninguna en mis 30 años).
La sociedad, efectivamente, está pidiendo nuevas caras. Pero si hablamos de cambiar las caras, puedo decir que conocí muchos más recambios en la CGT que en el peronismo. Que muchos de los compañeros del sindicalismo están pensando cómo cambiar el sindicalismo, me consta. Que son pocos los que piensan desde el peronismo como cambiar la política, también.
Hace unos años, Cristina sentenciaba en uno de sus tweets “Es la política, estúpidos” (en oposición a un famoso asesor de Clinton que dijo una vez “Es la economía, estúpido”). Estoy de acuerdo. Es la política desacertada, y no las lapiceras de los economistas, la que nos viene llevando a la derrota hace una década y es necesario cambiarla. Eso no se puede hacer sin sacrificar vacas sagradas ni dogmas doctrinarios que no nos permiten entender la realidad. Ni, mucho menos, cometiendo el pecado más gorila posible, que es el de pelearse con los trabajadores organizados.
Si hablamos de cambiar las caras, puedo decir que conocí muchos más recambios en la CGT que en el peronismo.
La disputa política es lo único que puede terminar con el carácter colonial de la Argentina y con sus consecuencias nefastas para el pueblo. En ese sentido, es necesario que el sindicalismo, fundamental como primera instancia de organización para defender los derechos laborales, pueda dar el salto a su consolidación como un bloque de poder que plantee un proyecto de país. Un país que pueda desarrollarse soberanamente y que ponga el centro en la producción y el trabajo, como único medio posible para alcanzar la independencia económica y, por lo tanto, la soberanía política y la justicia social.
No existe nacionalismo popular revolucionario sin los trabajadores. Es tiempo de que cada uno vaya poniendo de lo suyo, desde donde le toque, para que esta premisa se pueda hacer realidad.
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