
COMUNIDAD
Mi viejo Lula ya no es lo que era
19 de Mayo de 2026
Por: Tiago Marín
El mismo Lula que enterró el ALCA en 2005 hoy promueve el tratado de libre comercio con Europa, vetó el ingreso de Venezuela a los BRICS y se sonríe con Trump en la Casa Blanca mientras el imperio interviene en la región. Hace todo esto mientras construye aviones, misiles, y sigue teniendo a China como principal socio comercial. ¿Qué está pasando en la locomotora del continente? ¿Qué se juega en las elecciones de octubre?
0. A confesión de parte…
“El proyecto neoliberal prometió prosperidad y trajo hambre, desigualdad e inseguridad. Ha provocado una crisis tras otra. Aun así, hemos sucumbido a la ortodoxia. Hemos sido los gestores de los males del neoliberalismo. Los gobiernos de izquierda ganan las elecciones con un discurso de izquierda y aplican medidas de austeridad. Renuncian a las políticas públicas en nombre de la gobernabilidad. Nos hemos convertido en el sistema. Por eso no sorprende ahora que el otro bando se presente como antisistema. El primer mandamiento para los progresistas debe ser la coherencia. No podemos presentarnos a las elecciones con un programa y luego implementar otro. No podemos traicionar la confianza del pueblo.”
Lula da Silva, Barcelona 18 de Abril de 2026.
1. Más sabe el diablo por viejo…
“Hay en América dos partidos: el partido europeo y el partido americano…” decía Sarmiento, parafraseando a los franceses, para entender lo que se disputaba en nuestro país y continente. Esta visión si bien dicotómica, nos ayuda a caracterizar la histórica política y económica de los últimos dos siglos respecto al enfrentamiento de fuerzas sociales que intentaron moldear a un continente. Si bien son categorías escritas hace 180 años, cuesta encontrar mejores palabras para repensar nuestro siglo XXI. Si para Sarmiento lo Americano significaba lo atrasado, para nosotros, significa lo endógeno. Es decir el desarrollo pensado en función de nuestros propios intereses. Por oposición, caracterizamos al “partido europeo” y “civilizatorio” como exógeno, desarrollado no en función de los intereses populares sino, amoldados a las necesidades de afuera. Que hoy no son solo europeas, pero sí, anglosajonas (Trump: América para los Norteamericanos). El tema es que dentro de esas fuerzas sociales que disputan el continente, siempre hay contradicciones, y quienes tiran para los dos lados. ¿Es Lula el último exponente del Partido Americano?
El 4 de octubre de 2026, Brasil vota. Exactamente un año antes de que lo hagamos nosotros. Si uno repasa el algoritmo malicioso de la historia, encuentra un patrón que nos acerca y nos aleja de Brasil permanentemente. Acercarnos un poco temporalmente, la primera década del milenio nos hermanó como nunca en la historia. Pero “pasaron cosas”. Macri ganó en 2015 y un año después, ocurrió el impeachment a Dilma, que colocó a Temer y la mayor reforma laboral del continente en la presidencia. Tres años después, Bolsonaro ganó en 2018; y acá al año siguiente, Alberto. Lula ganó en 2022; y un año después, Milei. Argentina anticipa el destino brasileño 3 años antes o Brasil marca el ritmo inverso al argentino 1 año después. Pero hace más de 10 años que no aparece una sincronía que pueda pensar una comunidad de destino compartido para nosotros.
Varias encuestas ya dan dos puntos atrás al viejo metalúrgico en un eventual Ballotage, contra Flavio Bolsonaro, el hijo del expresidente preso. Que, siguiendo con los números, tiene la mitad de la edad de Lula. Quien nació 10 días después del 17 de octubre de 1945.
Pero la política no es una regresión econométrica, ni la edad define las elecciones. En cinco meses puede pasar cualquier cosa. Lo que es claro es que esta no es una elección más.
Es, probablemente, la última gran definición de un ciclo histórico. Ese que arrancó en 1998 con la victoria de Hugo Chávez en Venezuela, que reabrió una grieta en el continente. Por primera vez desde las dictaduras, un proyecto popular con vocación de poder disputaba la hegemonía de Washington en el patio trasero. Por ende lo que está en juego en las elecciones de octubre es el núcleo geopolítico del continente: la mayor economía de Sudamérica, el socio principal del Mercosur, el país que articuló UNASUR y el Consejo de Defensa Suramericano, el que dijo no al ALCA y fundó los BRICS como contrapeso. Sin Brasil, no hay proyecto regional. Con Brasil alineado explícitamente con la estrategia de repliegue norteamericano sobre el patio trasero, cualquier intento de autonomía continental queda subsumido a la retórica.
A cinco meses de esa elección, Lula se reunió con Trump en la Casa Blanca. Claramente no era la primera vez que el viejo metalúrgico visitaba Washington. Lo habían recibido Bush, Obama y Biden. Pero era la primera vez que se sentaba a negociar con el líder que le había impuesto aranceles del cincuenta por ciento, sancionado a su juez de la corte suprema, y llamado caza de brujas a la condena de Jair Bolsonaro. Hablaron por más de 3 horas.
La sonrisa de ambos, iba de oreja a oreja, pero no fue una cumbre de iguales. Fue el encuentro de dos líderes con debilidades compartidas. Trump necesitaba legitimidad externa después del desgaste de la guerra de Irán y previa a la cumbre con Xi Jinping. Lula necesitaba, salir de las derrotas infligidas por el parlamento en las últimas semanas, que los aranceles no volvieran, y llevarse inversiones en tierras raras, por ende mostrarse como interlocutor confiable ante los mercados. Más adelante seguimos con los alcances de esta cumbre… Volvamos a la elección. Es fácil diferenciar a los proyectos que se enfrentan en las urnas por la retórica. Pero en lo económico y geopolítico. ¿Es sencillo identificar, cuál es “el americano, y cual el europeo”?
De un lado el exsindicalista que gobernó entre 2003 y 2010, sobrevivió quinientos ochenta días de prisión, regresó al poder en 2023, y busca ahora una cuarta presidencia. Que en estos tres años, sacó a Brasil del mapa del hambre, redujo la deforestación de la Amazonía a la mitad, y llevó el desempleo a su nivel más bajo de la historia, el 5,4%. Todo mientras mantenía la industria aeronáutica de defensa de Embraer, que fabrica aviones supersónicos y compite con los cazas norteamericanos en el mercado mundial, y ahora produce misiles de alcance continental . Un currículum que cualquier político latinoamericano firmaría.
Del otro, Flavio Bolsonaro. El hijo. Heredero de un movimiento que articuló a las fuerzas armadas, el agronegocio exportador y el evangelismo político en un bloque de poder que no tiene mucho respeto por las instituciones republicanas. BBB: Bala, Buey y Biblia. Jair, el padre, fue el presidente más alineado con Trump en la historia reciente de Brasil. Abrió oficinas de la embajada en Jerusalén, negó la pandemia, y dejó más de setecientos mil muertos. Cabe destacar que tuvo una prédica soberanista en la discusión sobre el Amazonas. Cuando Macron, aliado de Lula, quiso plantear que la selva, por producir el veinte por ciento del oxígeno del mundo, debía ser declarada «patrimonio de la humanidad», Bolsonaro respondió con furia nacionalista. La soberanía no se negocia, decía. Pero mientras levantaba esa bandera, la deforestación se disparaba a máximos históricos y su ministro de Medio Ambiente facilitaba la exportación ilegal de madera. Soberanía para talar, no para planificar. Ese fue el sello del bolsonarismo: discurso de dientes para afuera y motosierra para adentro. Su vicepresidente, Hamilton Mourão, fue la contracara pragmática: mientras Bolsonaro insultaba a China, Mourão viajaba a Beijing a garantizar que los negocios no se interrumpieran. Porque el agronegocio brasileño, el mismo que financió la campaña de Bolsonaro, no podía darse el lujo de pelearse con su principal comprador. Aun así, el movimiento resiste de manera formidable en la población, con más de 42% de intención de voto.
El objetivo de este texto no es cuestionar a Lula, eso lo tiene que hacer el pueblo brasilero. Queremos pensar quien va a encarnar esa vacante de empujar al partido americano a volver a tener un proyecto común que aglutine y empuje lo diverso del continente, no en función de las necesidades ajenas, sino de una adaptación inteligente que efectivamente traiga desarrollo verdadero a nuestros pueblos. Ya nadie defiende esas banderas. Y hoy cantan las sirenas confundiendo lo que quiere decir Americano.
Como reza el dicho, no se puede estar bien con dios y con el diablo. Y Lula ya le ganó varias pulseadas al maligno.
En este sentido queda claro que un sector mayoritario del agronegocio lo tiene a Bolsonaro en su conducción, que fantasea integrarse a la América para los (norte)Americanos. Lo que no termina de quedar claro, es si Lula quiere encarnar el interés contrario. El de entre otros, una clase obrera que no termina de levantar cabeza desde la reforma laboral de Temer.
Decíamos que este bloque histórico se inició con el experimento socialista que inauguró Chávez en el 98´, que tuvo sus fases internas. En todas, a mi entender, logrando constituir a Venezuela, como “la vanguardia antiimperialista” de la región. La primera, en su fase expropiatoria pero aun de dependencia de la renta petrolera. Luego, después de la guerra económica explícita de Estados Unidos, vino su fase de profundización y el «golpe de timón» efectuado en 2012 por Chávez, que derivó en el conocido «comuna o nada», en el que Maduro fue encomendado a defenderlo como si fuera su propia vida. Venezuela siempre fue una pata de la mesa que sostenía el proyecto Nuestroamericano del siglo 21. La épica era la confrontación abierta.
El secuestro de Maduro el 3 de enero de este año, además de un atentado directo a la soberanía continental y al partido americano, intentó ser una clara parálisis definitiva del proyecto continental. Brasil en ese proceso no cumplió ningún rol de «guardaespaldas», como si lo supo cumplir otrora. Más bien, el mensaje que ganó fue el de Trump: los próximos son ustedes. Petro, Díaz-Canel, Lula.
Cabe resaltar que el atentado no logró un cambio de régimen. Las comunas siguen produciendo. Los consejos obreros mantienen la soberanía alimentaria. Incluso bajo esta gestión de Delcy Rodríguez se recuperó Citgo, la principal empresa venezolana en el extranjero. Dependerá del paso de un poco más de tiempo , terminar de entender las implicancias del asunto. Pero “el faro” socialista sigue ahí. Lo que quedó claro es que el imperio podía llegar hasta el faro, secuestrar al presidente, y nadie iba a mover un pelo para impedirlo . Ni Lula. Ni la región. Eso es lo que dejó prácticamente sola a la “moderación brasileña”. La región fragmentada y cada país atendiendo su propia crisis. La amenaza es permanente. El imperio puede apagar los faros cuando quiera
En ese desconcierto, el experimentado Lula hace lo que puede y lo que sabe hacer muy bien : sobrevivir. Negocia con todos: China, Estados Unidos, UE, y Gran Bretaña. Cabe destacar que Brasil puede negociar con Inglaterra porque, a diferencia de Argentina, no tiene el 25% de su territorio ocupado por una potencia colonial. No tienen una usurpación en sus tierras y mares que limite su margen de negociación. . El punto no es si eso está bien o mal. El punto es que ya no hay un proyecto que aglutine. Y los faros que iluminaban apenas parpadean. Y el viejo, por más que sepa , si está solo se cansa.
2. Cuando el río suena…
Para entender a Lula no alcanza con mirar el patio de su casa. Hay que pararse en el mapa del poder global. Estamos parados sobre un cambio de época. No una crisis cíclica. Una mutación estructural. En todo caso, una crisis espiralada de un modo de concentración y centralización del capital.
El mundo no está en orden. Es un caos sistémico. El orden unipolar que quedó en pie después de la caída de la Unión Soviética se desmoronó. El ciclo de hegemonía anglo-estadounidense inaugurado en Bretton Woods (1945) llega a su fin. También, en una temporalidad más extensa, se asiste al fin del ciclo de primacía del Occidente geopolítico construido desde el siglo XVI. Como admitió el propio Josep Borrell en 2024: «la era del dominio global de Occidente ha llegado a su fin».
En ese vacío de poder, los BRICS, el bloque que Brasil ayudó a fundar, se convirtieron en el principal contrapeso institucional a la hegemonía occidental. No es un bloque homogéneo. Tiene contradicciones internas profundas: China e India se disputan la hegemonía en Asia, Brasil y Rusia tienen visiones distintas. Pero su existencia misma es un síntoma de que el mundo ya no es unipolar. Los BRICS son, en el siglo XXI, una expresión del triunfo del espíritu de la conferencia de Bandung del 55 que devino en el Movimiento de Países No Alineados: la búsqueda de una tercera posición, de una autonomía frente a los bloques dominantes.
Hoy, el Nuevo Banco de Desarrollo (NDB) de los BRICS es presidido por Dilma Rousseff, la misma presidenta que fue derrocada por un golpe institucional en 2016. Pero más allá de la anécdota, lo que importa es lo que eso representa: Brasil ocupa la cúpula de la principal institución financiera alternativa al FMI y al Banco Mundial. Eso no es un cargo honorífico. Es una posición estratégica desde la cual se definen los flujos de financiamiento del Sur Global. Lula, al poner a Dilma allí, no solo reivindicó a su antecesora. Le devolvió a Brasil un lugar en la mesa donde se disputa el orden financiero mundial.
Pero este no es el mundo bipolar de la Guerra Fría. Es un mundo multipolar, relativo y asimétrico. Una Guerra Mundial Híbrida y fragmentada, sin bloques separados, con una interdependencia estructural tan profunda que nadie puede tirar de un hilo sin desarmar todo el telar.
En ese escenario, América Latina enfrenta un trilema histórico, siguiendo los conceptos de Gabriel Merino. Sus recursos naturales se convirtieron en factores decisivos en las disputas entre potencias tradicionales y emergentes. Las tres opciones son o integrarse subordinadamente al imperio norteamericano (como pretende Milei, u otras visiones “ortodoxas”), atarse a la demanda china sin desarrollar valor agregado (como pretende parte del “progresismo”), o construir una tercera posición autónoma con integración regional y desarrollo endógeno. Las dos primeras son variantes de la dependencia. La tercera es la única que disputa el poder real, pero también la que requiere a un partido americano fuerte con una clase obrera organizada como cabeza.
El nacionalismo brasileño y el «partido americano»
Para entender a Brasil no alcanza con mirar el presente. Hay que mirar su historia. El nacionalismo brasileño, a diferencia del argentino, tuvo una continuidad institucional que atravesó gobiernos civiles y dictaduras militares. Fue una política de Estado, no de un partido.
Getulio Vargas, en su cuarto gobierno (1951-1954), fundó Petrobras en 1953 y sentó las bases de la industria siderúrgica nacional. Fue el primer gran impulso del «partido americano» brasileño: la idea de que Brasil debía industrializarse para romper la dependencia de los centros industriales extranjeros. Su proyecto chocó con la oposición oligárquica local y con las presiones de Estados Unidos, que veían con malos ojos el control estatal sobre los recursos energéticos. En 1954, acorralado, Vargas se suicidó en el Palacio de Catete. En su carta testamento, denunció a los «intereses creados» y a la «conspiración internacional» contra la soberanía nacional. Ese gesto selló el nacionalismo brasileño como una claudicación de la lucha emancipatoria.
Diez años después, João Goulart, su heredero político, fue derrocado por un golpe militar en 1964. Su gobierno había intentado profundizar las reformas de base y mantener una política exterior independiente, lo que tensó aún más la relación con Washington. A diferencia de Vargas, Goulart optó por el exilio, no armó a los sindicatos «para evitar una guerra civil». El golpe fue planeado y apoyado activamente por el gobierno de Lyndon Johnson, que envió una flota naval a la costa de Río de Janeiro para asegurar el éxito de la sublevación. Washington reconoció al nuevo gobierno militar un día después del golpe. La dictadura que se instaló duró veintiún años.
Los militares brasileños hicieron suyo el proyecto industrialista de Vargas. Expandieron la industria nuclear, construyeron Embraer en 1969 y mantuvieron el Estado como motor del desarrollo. El «Brasil potencia» fue un sueño militar, no popular, pero fue un sueño industrial. Fueron durísimos con los sindicatos y los movimientos populares, pero mantuvieron el desarrollo industrial como eje estratégico. No era solo garrote. Era también zanahoria. Sin embargo, no hubo autonomía política. La dictadura fue buena alumna de Washington: abrió la economía a los capitales norteamericanos, cumplió con la lucha antisubversiva, pero mantuvo la industria porque eso no molestaba a los planes globales de Estados Unidos. Se desarrolló dentro de los márgenes que el imperio le concedió.
En Argentina ocurrió algo similar, pero con un desenlace distinto. La «Revolución Argentina» (1966-1973), liderada por Onganía, también fue desarrollista. También fue buena alumna de Washington: abrió la economía a los capitales norteamericanos, combatió a la subversión y aplicó políticas industrialistas. No casualmente, era la facción «Azul» de las Fuerzas Armadas, que buscaba integrar controladamente al peronismo sin destruir la industria. Su proyecto chocó con dos frentes: la resistencia popular, que estalló en el Cordobazo de 1969, y la presión de la oligarquía agraria, que veía con malos ojos las retenciones al campo y la promoción de la industria por sobre el agro exportador.
En Argentina, el modelo industrialista de los Azules fue interrumpido. Cuando los militares volvieron al poder en 1976, no repitieron el camino desarrollista. Aplicaron el plan neoliberal de Martínez de Hoz: apertura indiscriminada, especulación financiera, disciplinamiento de la clase obrera mediante un genocidio. En el plan norteamericano para la región, Argentina «sobraba industria». Había que desarmar su aparato productivo para que no compitiera con los intereses del capital extranjero. Pero no fue una simple destrucción. Fue una transformación regresiva: las viejas empresas nacionales, las que sobrevivieron, pasaron a ser grandes grupos económicos. Techint, Clarín, son ejemplos. Expandieron su producción, se fusionaron con el capital financiero extranjero y se beneficiaron de la complicidad de la dictadura. Eso sí, con muchos menos trabajadores y mucha más precarización. La industria dejó de ser un motor de empleo masivo y soberanía popular para convertirse en un negocio concentrado.
Brasil, en cambio, nunca tuvo su Martínez de Hoz. Su dictadura mantuvo el rumbo industrialista, aunque con tutela extranjera. Por eso conservó un núcleo de alta tecnología que Argentina perdió. Y por eso su clase obrera fue siempre más fragmentada, con menor capacidad de movilización autónoma. La dictadura la reprimía, pero también la integraba a un proyecto industrial. Esa es una de las raíces de la debilidad del lulismo: la falta de una tradición de lucha obrera independiente del Estado. Por su puesto también hubo concentración y centralización del capital durante la dictadura, pero a diferencia de Argentina, no fue por destrucción de la industria. Los militares brasileños expandieron el aparato productivo estatal y beneficiaron a grandes grupos económicos (constructoras como Odebrecht, Camargo Corrêa, etc.) a través de megaproyectos de infraestructura. El neoliberalismo llegó recién en los años 90, cuando esos grupos ya eran lo suficientemente grandes para sobrevivir (y beneficiarse) de la apertura comercial.
Perón vio claro el problema en 1967, en su texto «América Latina ahora o nunca». Señaló un obstáculo endógeno para la unidad sudamericana, tan vigente hoy como entonces: el peso de las burocracias estatales con proyectos hegemónicos propios. Al referirse a Brasil, Perón no habló de un enemigo, sino de una dificultad estructural: Itamaraty. La cancillería brasileña, escribió, era una «institución supergubernamental» que, desde la época del Imperio, construyó una política exterior de largo plazo. Esa política, según Perón, había llevado a Brasil a trazar «un arco entre Chile y el Brasil», un proyecto geopolítico autónomo que no necesariamente coincidía con la unidad sudamericana que él imaginaba. Para Perón, esa «excrecencia imperial» era el principal obstáculo para una unión verdadera entre Argentina y Brasil. Y lo más grave: Itamaraty, aunque parecía defender intereses nacionales, siempre estuvo controlada por intereses exógenos, atenta a los designios de las potencias anglosajonas.
La lección para la actualidad es clara. Los límites de la integración regional no son sólo económicos o ideológicos. Son, fundamentalmente, político-burocráticos. Cada país, y en particular las potencias medias como Brasil, posee un establishment diplomático con su propia memoria, sus propios intereses de proyección y su desconfianza estructural hacia el vecino. El sueño de Bolívar sigue postergado, como decía Perón, por las cancillerías que viven de la desunión.
A diferencia de Argentina, Brasil nunca desmanteló por completo su sector público empresarial. Hacia 2024, el Estado mantenía el control directo sobre 44 compañías, cuyas operaciones generaron ingresos por 1,3 billones de reales (el 5,4% del PBI). Petrobras, el BNDES, el Banco do Brasil, Caixa, Embrapa. No son empresas ineficientes. Son activos estratégicos que compiten globalmente.
Esa tradición de industrialización no fue de izquierda ni de derecha. Lula no inventó eso. Lo heredó. El problema es que ese proyecto se fue diluyendo. El Consenso de Washington, el neoliberalismo de los 90, la crisis de la deuda, todo eso contribuyó a que la industria de media y baja complejidad se desmoronara.
Brasil tiene dos datos estructurales que funcionan como su talón de Aquiles.
El primero es que hoy el agro brasileño importa el 92% de los fertilizantes que necesita. Esto no es una falla de planificación. Es una decisión estructural del modelo agroexportador. Fernando Collor, a principios de los 90, inició la apertura comercial y la desregulación. Su sucesor, Itamar Franco, estabilizó la economía pero mantuvo los lineamientos. Fue Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), en el marco del Consenso de Washington, quien consolidó el modelo: reducción de aranceles, apertura indiscriminada, abandono de la industria de insumos. Lula, cuando llegó en 2003, no revirtió esa decisión. La mantuvo. El resultado es una dependencia brutal: la agricultura más competitiva del mundo depende de barcos que vienen de Medio Oriente, del Estrecho de Ormuz. Más del 40% de la urea que usa Brasil proviene de esa región. Si el bloqueo se extiende, el agro se para. Si el agro se para, se para Brasil.
El segundo dato es la otra cara de la moneda. La industria manufacturera brasileña, que entre 1930 y 1980 creció al 8% anual, hoy representa apenas el 13,7% del PBI. El agronegocio, en cambio, trepa al 24,4% si se considera toda la cadena. Brasil se primariza relativamente . No por decisión, por inercia de las necesidades del mundo.
Pero ojo. Decir que Brasil se desindustrializa no es lo mismo que decir que no tiene industria de punta. Embraer sigue siendo la tercera aeronáutica del mundo. WEG produce motores eléctricos para más de cien países. Lo que se desmoronó es la industria de media y baja complejidad, la que generaba empleo masivo. El resultado es una economía dual: un sector de alta productividad integrado a las cadenas globales de valor, y otro de baja productividad que depende de políticas asistenciales para no explotar.
La cabeza piensa donde los pies pisan. Y los pies de Brasil pisan sobre una estructura contradictoria: tiene industria de punta, pero dependencia brutal de insumos externos; tiene un agronegocio competitivo, pero que no desarrolla el resto de la economía; tiene un Estado fuerte, pero capturado por lógicas de mercado.
La «alianza improbable» por las tierras raras
En ese marco, el repliegue agresivo de Estados Unidos sobre su histórico patio trasero redefine las reglas del juego.
La doctrina Monroe vuelve con un Corolario Trump que redefine el hemisferio occidental como zona de exclusión. «Debemos negar a nuestros competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas o capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicos en nuestro hemisferio.»
Por eso la reunión entre Trump y Lula en mayo de 2026 no fue una cumbre de iguales. Fue una negociación donde Brasil llevaba sobre la mesa la minera Serra Verde, la principal productora de tierras raras fuera de Asia. Su venta a una empresa vinculada al Pentágono por 2.800 millones de dólares, con un contrato que destina el 100% de la producción a un solo comprador estadounidense por 15 años, no había sido orquestada por Lula, la impulsó un gobernador opositor, pero él no movió un dedo para impedirla. Al contrario, la usó como moneda de cambio.
La prensa financiera internacional, como Bloomberg, lo presenta como una «alianza improbable» y un «acercamiento bienvenido». Pero también señala los límites: Brasil lleva décadas persiguiendo el sueño de las tierras raras sin éxito. Los obstáculos regulatorios, las demoras en licencias ambientales siguen frenando el sector. La burocracia puede tardar entre cinco y diez años en aprobar un proyecto. La tensión entre proteger a comunidades y ecosistemas y promover una industria estratégica sigue sin resolverse.
Lula, mientras tanto, necesita mostrarse como interlocutor confiable ante los mercados. Trump necesita la foto. Pero la realidad es tozuda: el sueño de desafiar a China en tierras raras lleva décadas y sigue siendo, en gran medida, un intento de construir un proxy latinoamericano por parte de EEUU.
El veto a Venezuela y la sumisión a Washington
En ese tablero, el veto de Brasil a Venezuela en los BRICS (octubre de 2024) fue un suceso con consecuencias graves . Lula necesitaba mostrar a Washington que no era un aliado automático de los rivales del imperio. «Se rompió la confianza», dijo Celso Amorim. Una frase elegante para certificar que el frente común del Sur Global había entrado en terapia intensiva.
No era la primera vez que Brasil ejercía su poder de veto en el BRICS. En 2014, durante la cumbre de Fortaleza, Dilma Rousseff, en sintonía con la tradicional política de Itamaraty, descartó la incorporación de Argentina al bloque. El argumento fue técnico: Argentina no cumplía con los requisitos de «seguridad jurídica» y «democracia plena». Pero la decisión, tomada por Brasil como anfitrión, reflejó la misma lógica de reserva de poder que años después se aplicaría a Venezuela. El bloque no era un espacio de integración solidaria, sino una herramienta de proyección brasileña. Imaginemos que hubiera pasado si Argentina se incorporaba a los BRICS en 2014, o si Venezuela lo hacía en 2024. ¿hubiera sido el mismo desenlace de los acontecimientos? Sinceramente creo que no , pero en vez de contrafácticos sigamos analizando los hechos.
Un mes después, Trump ganaba las elecciones. Cuando Lula viaja a Washington en mayo de 2026, lleva también la promesa de no meterse en la guerra de Irán, de no protestar por la captura de Maduro en Venezuela. Lleva, sobre todo, la voluntad de no ser un problema para la Casa Blanca. Sería injusto si no dijéramos que lo primero que dijo al salir fue que Estados Unidos no va a conquistar Cuba. Pero observemos el nivel de la discusión. El punto ya no es defender la soberanía de la isla. El punto es que el líder del país más grande de Sudamérica tiene que salir a decir que el imperio no invadirá un país soberano de su continente.. Eso no es una victoria diplomática. Es la constatación de lo baja que está la vara.
A cambio, Trump le ofrece la foto, el apretón de manos, la frase amable. Y la posibilidad de que, tal vez, si Lula se porta bien, Washington no declare al Primer Comando Capital ni al Comando Vermelho como organizaciones terroristas extranjeras. Una designación que abriría la puerta a la intervención militar estadounidense en territorio brasileño. Lula lo sabe. Por eso negocia. Por eso sonríe. Por eso dice que no va a pelearse con Trump por sus opiniones sobre la guerra de Irán.
Este largo recorrido histórico no es un desvío. Es la constatación de una diferencia estructural entre Argentina y Brasil que pesa hasta hoy. Brasil tuvo una dictadura desarrollista, que integró parcialmente a la clase obrera a un proyecto industrial dentro de los márgenes que el imperio le concedió. Argentina tuvo entre sus dictaduras: una desarrollista (Onganía) que fue interrumpida por la resistencia popular, y otra genocida y neoliberal (Videla) que desmanteló la industria y convirtió a las empresas nacionales en grandes grupos económicos concentrados. Por eso Brasil conservó un núcleo de alta tecnología y Argentina lo perdió. Por eso la clase obrera brasileña fue siempre más fragmentada, con menor capacidad de movilización autónoma. Esa es una de las raíces de la debilidad del lulismo: la falta de una tradición de lucha obrera independiente del Estado.
Y sobre esa estructura, Lula intenta sobrevivir. Negocia con todos porque no tiene otra herramienta. Su conciliación, que en 2003 fue una virtud, hoy se parece a la claudicación. Pero el problema no es Lula. El problema es que el partido americano , el que alguna vez soñó con una industrialización autónoma, con una integración regional soberana, con una clase obrera como cabeza, hoy no tiene quién lo defienda. Los CEO de las grandes empresas brasileñas responden a accionistas de Nueva York, Londres o Shanghái. Su patria es el balance trimestral. Y la clase obrera, fragmentada y sin central única, no puede disputar ese rumbo.
El río del mundo hace ruido. Suena la guerra en Medio Oriente, los aranceles de Trump, los misiles en el Estrecho de Ormuz, la venta de las tierras raras, la vulnerabilidad del agro brasileño. Las piedras ya están golpeando. Cuando el río suena, piedras trae. Y el río, hace rato, no para de sonar. Pero la pregunta que deja este capítulo es si el sonido del río nos va a encontrar con un proyecto propio o simplemente esperando a que las piedras nos golpeen.
3. Agua que no has de beber…
Entre principios de los 2000 y mediados de la década del 2010, América Latina vivió algo que algunos parieron como «marea rosa». Fue una expansión de proyectos nacional-populares que agarró el viento de cola del superciclo de las commodities y el retroceso momentáneo de la hegemonía yanqui en la región. Por primera vez desde las dictaduras, se ensayó una integración no subordinada a Washington. La UNASUR (2008), el Consejo de Defensa Suramericano, el Banco del Sur, la CELAC (2011) fueron intentos de construir algo propio sin que la embajada norteamericana diera el visto bueno.
Ese proceso tuvo dos motores: Brasil el productivo y Venezuela el ideológico. No eran iguales ni tenían la misma estrategia, pero su complementariedad era funcional. Brasil ponía la economía grande, la diplomacia de traje y corbata, la capacidad de sentarse con los mercados sin romper del todo con Washington. Venezuela ponía la radicalidad, el grito, la confrontación abierta con el imperio, la propuesta de un socialismo del siglo XXI con comunas y consejos obreros. Entre los dos, contenían al resto: Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Paraguay (antes del golpe del 2012), Nicaragua.
Esa dualidad era la fortaleza del sistema. Sin la moderación brasileña, el radicalismo venezolano quedaba aislado y fácil de demonizar. Sin el radicalismo venezolano, la moderación brasileña se quedaba sin piso. Yo creo, para decirlo claro, que era el impulso venezolano el que sostenía a Brasil, y no al revés. Sin ese impulso antiimperialista , Lula quedaba como un reformista sin horizonte.
El Mercosur fue, en ese esquema, la herramienta concreta de esa dualidad. No era solo un acuerdo comercial. Era el espacio donde Brasil y Argentina, con el respaldo tácito de Venezuela, podían construir una agenda autónoma frente a Washington. El comercio intrarregional crecía, los bancos de desarrollo financiaban infraestructura compartida, y los líderes se reunían sin que la OEA tuviera que mediar. Había, además, una alianza entre burguesías nacionales que veían en el mercado ampliado una oportunidad de crecimiento. Pero esas burguesías, como vimos, tenían las patas cortas. Respondían a cadenas globales de valor, no a un proyecto de desarrollo endógeno. Cuando la fiesta se terminó, reestructuraron su negocio hacia lo rentisitico financiero.
Hoy, el Mercosur es una herramienta desaprovechada. Se mueve por inercia, a los tumbos, porque el proyecto político que lo sostenía se vació. Javier Milei puede amenazar con romperlo sin que eso genere una crisis diplomática regional. La región está profundamente fragmentada, con crisis domésticas muy similares. El sueño de la integración se quedó en una fantasía de principio de siglo.
El 1 de mayo de 2026, después de veinte años de negociaciones, entró en vigor el acuerdo de asociación birregional entre el Mercosur y la Unión Europea. El ALCA que vuelve por la puerta de atrás. El mismo Lula que en 2005 celebró el entierro del tratado con Estados Unidos hoy defiende este acuerdo con Europa. La investigadora Mariana Vázquez lo dijo sin vueltas: «Este acuerdo tiene el mismo perfil de desconsideración de las asimetrías que tenía el ALCA». Trece días después, el 13 de mayo de 2026, Brasil fue excluido de las exportaciones de carne a Europa por no garantizar el control de antibióticos en la ganadería. Argentina, en cambio, fue autorizada. No es un detalle menor. ¿Es un guiño al entreguismo mileista o una muestra de la vulnerabilidad del agro brasileño? Probablemente ambas.
Mariana Vázquez, una de las analistas que más ha seguido el proceso de integración, insiste en que el Mercosur no es un cadáver. Es una herramienta desaprovechada. Para ella, el bloque sigue siendo un activo estratégico para ampliar márgenes de maniobra frente a las potencias. El problema no es el Mercosur en sí, sino el regionalismo abierto que lo vació de contenido político. Un nuevo pacto, con desarrollo productivo, energético y de defensa, es posible. La pregunta es si hay voluntad política para construirlo.
Rara avis: Sheinbaum y Petro

Existen otros dos titanes en el hemisferio con gobiernos que se autodefinen como progresistas. Claudia Sheinbaum en México. Gustavo Petro en Colombia. Su articulación es más ideológica y discursiva que pragmática. Se reconocen en un espectro compartido, el «progresismo», pero no construyen un polo de poder antiimperialista programático ni una integración económica concreta. México está atado al T-MEC y a la dinámica migratoria con Estados Unidos. Colombia enfrenta una crisis de gobernabilidad que no para de crecer, con un Congreso hostil y una relación tensa con las fuerzas armadas. Petro ha logrado avances reales: el salario mínimo tuvo el aumento más alto en 25 años, se alivió la carga de los servicios públicos, y la distribución del ingreso mejoró. No logran despegar del modelo extractivista que diseñaron los Estados Unidos. No porque no quiera, sino porque la estructura económica y la correlación de fuerzas se lo impiden. Los límites no son sólo políticos: son estructurales.
No es casualidad. La unidad de aquellos años tenía una base material. El comercio intrarregional crecía. Los bancos de desarrollo financiaban infraestructura compartida. Sectores del empresariado nacional veían en el mercado ampliado una oportunidad de negocios. No por convicción soberanista, sino porque les convenía. El problema es que ese empresariado, cuando el superciclo se terminó y el Estado ya no pudo financiar sus negocios con crédito barato, se replegó. Unos se volcaron al agronegocio, otros a las finanzas, la mayoría a la sumisión a Washington. La base material de aquella integración se desmoronó. Y con ella, la fuerza del Mercosur como proyecto político.
Los malos ejemplos: Boric, Alberto, Arce, y el correísmo desfondado
La lista de proyectos nacional-populares que no lograron consolidarse es larga. No se trata de ajusticiar líderes, sino de encontrar un patrón. Empecemos con el más cercano en nuestro tiempo y espacio. Alberto Fernández, quien llegó a la presidencia argentina en 2019 con la promesa de derogar la reforma laboral de Macri. Nunca lo intentó. El caso Vicentín es la encarnación de esa carencia de proyecto político. Pura ineficiencia propia. Que la justicia va a estar en contra debería ser un presupuesto de toda la política popular. Deberíamos estar preparados para saber qué hacer cuando eso pase. Alberto no lo estuvo. Su estrategia fue la conciliación defensiva: apelar al diálogo con sectores del poder económico para evitar crisis mayores. La crisis llegó igual. Su gobierno terminó desgastado, los dólares se los llevaron los de siempre, y el peronismo no supo construir un relato de futuro. Sólo administrar muy mal el presente. La victoria de Milei en 2023 fue la constatación de ese fracaso.
En Bolivia la cosa es más compleja. El golpe de 2019 que llevó a Jeanine Áñez se apoyo en la fragilidad de una sucesión no resuelta. Evo Morales representaba al indigenismo, a los movimientos sociales y a un proyecto de industrialización del gas que, cuando los precios subían, financiaba la expansión del Estado. Luis Arce fue su ministro de Economía, un técnico formado en Inglaterra que quedó por obturación de otros candidatos y la “confianza de los mercados”. Pero cuando el MAS volvió al gobierno en 2020, el partido ya no era un movimiento cohesionado: se partió en dos facciones, los «evistas» y los «arcistas». El fracaso no fue sólo político: fue estructural. El modelo de Evo se basaba en una bonanza que ya no existe. El gas se agotó, las divisas escasean, el litio sigue sin industrializarse. Arce no pudo hacer un ajuste porque su base social no se lo permitía, y no pudo profundizar transformaciones porque la economía estaba en recesión. Quedó atrapado en la grieta que él mismo ayudó a abrir: ni rompe con Evo ni logra gobernar sin él. Sobre esa parálisis, la derecha volvió al poder en 2025.
Chile es otro caso. Gabriel Boric llegó como la figura del estallido social de 2019. Prometió enterrar la Constitución de Pinochet. El primer plebiscito constitucional, en 2022, fue un fracaso: rechazo del 62%. El segundo intento, en 2023, tampoco prosperó. La ola se retiró antes de que pudiera surfearla. En las elecciones de 2025, la derecha se unificó detrás de José Antonio Kast, que arrasó con el 58% de los votos. Boric vivió acorralado entre una derecha que controlaba el Congreso y una izquierda que le exigía más de lo que podía dar. Tuvo logros concretos: la reforma de pensiones, la reducción de jornada, el salario mínimo más alto de la historia, pero no logró construir poder territorial propio, ni proyecto de país soberano. El Frente Amplio fue un relámpago: llegó sin planificación, sin estructura, sin cuadros. Cuando la tormenta pasó, no quedó nada que sostuviera el proyecto. Llegó con una ola, y la ola se retiró.
Y después está Ecuador, que es quizás el caso más triste. El correísmo no se recuperó de la traición de Lenín Moreno. Correa, después de tres períodos, designó a su propio verdugo. Su ministro, su delfín, lo desterró del país por más de diez años. Correa se fue a dar clases a Bélgica, cómodo, mientras su movimiento se desangraba. Lasso y ahora Daniel Noboa sirvieron de trampolín para que los carteles migraran parcialmente de Colombia a Ecuador. Correa hoy está inhabilitado, su partido dividido, y el movimiento ciudadano que alguna vez fue hegemónico perdió la capacidad de movilización callejera. La reforma constitucional de 2008, uno de los procesos más profundos de la región, no logró institucionalizarse más allá del liderazgo de Correa. Y cuando él se fue, no quedó nada.
El patrón es claro. Todos estos proyectos tuvieron éxito electoral en su momento, pero no lograron construir poder propio más allá de las urnas. Dependieron de líderes carismáticos, de coaliciones frágiles con burguesías internas que terminaron retirándose, y de un contexto externo favorable que se agotó. Cuando el contexto cambió, no tenían un sujeto social organizado que pudiera sostenerlos. La clase obrera fue convocada, votó, aguantó. Pero nunca fue cabeza ni se la tuvo en cuenta en la toma de decisiones . Siempre fue columna. Y una columna sin cabeza termina siempre en el mismo lugar: sosteniendo un techo que se derrumba. El agua que no supimos beber, se la llevó el río, cuando la tarea era construir surcos para que los pueblos avancen.
4. El que se quema con leche…
Para entender al Lula de 2026 hay que mirar al Lula de 2003. No por nostalgia. Porque ahí, en ese origen, están las claves de su éxito y también las semillas de su crisis actual.
Gabriel Merino lo definió con una fórmula precisa: el lulismo fue una articulación nacional-popular neodesarrollista. Detrás de esas palabras hay una realidad concreta. Lula armó un pacto entre tres sectores que hasta entonces se miraban con desconfianza. La clase trabajadora organizada en la CUT, que recibió aumento del salario mínimo, formalización laboral y la promesa de movilidad social. La burguesía industrial paulista, que obtuvo crédito subsidiado a mansalva vía el BNDES, obras del PAC y protección arancelaria. Y el capital financiero, que mantuvo tasas de interés altas y ganancias récord. El propio Lula lo reconocía sin vueltas: «Nunca antes en la historia de este país los banqueros ganaron tanto dinero».
El combustible de este pacto fue el superciclo de las commodities. Los precios de la soja, el hierro y el petróleo se dispararon por la demanda china. Brasil tenía una «frazada larga», como dice Merino: alcanzaba para cubrir a casi todos. La burguesía industrial crecía, los trabajadores consumían, el Estado recaudaba. Era un juego de suma positiva. Nadie quería romper la mesa porque todos ganaban.
En política exterior, ese Brasil era imparable. La «Diplomacia Altiva y Activa» del canciller Celso Amorim transformó al país en un Jugador Global . El «No al ALCA» en Mar del Plata fue el acta de nacimiento de un liderazgo regional que se profundizó con la UNASUR, el Consejo de Defensa Suramericano y los BRICS. Brasil dejó de ser un «gigante tímido» para convertirse en un interlocutor que disputaba la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU y la creación de instituciones financieras alternativas.
Pero la fiesta no podía durar para siempre. El fin del superciclo de las commodities, entre 2012 y 2014, fue el principio del fin. El precio de los productos básicos cayó. La «frazada larga» se achicó. Y la burguesía industrial, que había sido socia de Lula, empezó a mirar para otro lado.
El golpe de gracia vino con la Operación Lava Jato. No fue solo un caso de corrupción aunque la hubo, siempre esa enfermedad inherente al capitalismo nos rodea. Fue una desarticulación geopolítica de los campeones nacionales. Petrobras, Odebrecht, JBS, Camargo Corrêa: todas las empresas que habían sido el eje material del lulismo fueron investigadas, sus directivos presos, sus contratos anulados. El mensaje a la burguesía industrial fue claro: si te alineas con el PT, el Estado judicial te destruye. El audio de Romero Jucá, entonces senador del PMDB, fue revelador: «Hay que poner un gobierno de salvación nacional para frenar la sangría de la Lava Jato». Dilma Rousseff fue derribada porque primero no quiso, y luego no pudo frenar esa investigación.
En 2016 asumió Michel Temer, el vicepresidente que había hecho campaña contra el PT. Su agenda fue explícitamente neoliberal. En 2017 aprobó una reforma laboral que flexibilizó la contratación, debilitó a los sindicatos (el fin del impuesto sindical obligatorio) y precarizó el trabajo. La negociación individual pasó a tener prioridad sobre la negociación colectiva. El trabajo intermitente fue legalizado. Esa reforma es el caballo de Troya del neoliberalismo en Brasil. Y hasta hoy, sigue vigente.Cuando Lula regresó al poder en 2023, prometió derogarla. No lo hizo.

El Lula que asumió el 1 de enero de 2023 no era el mismo que había salido por la puerta grande en 2010. No porque hubiera envejecido o perdido coraje. Porque el escenario era otro. El bolsonarismo no había sido derrotado electoralmente: la diferencia fue de apenas 2 millones de votos. El Congreso era hostil: la Cámara de Diputados tenía mayoría de derecha y centro-derecha. Los gobiernos estaduales, en su mayoría, estaban en manos de aliados o exaliados de Bolsonaro. La economía estaba quebrada, con déficit fiscal, deuda pública altísima, y un Banco Central autónomo presidido por un designado de Bolsonaro.
Frente a ese escenario, Lula no tenía margen para un programa transformador. Su estrategia fue, necesariamente, defensiva.
El «presidencialismo de coalición» que había funcionado durante los gobiernos de FHC y Lula 2003-2010 hoy ya no funciona más. Los partidos del Centrão (MDB, PSD, União Brasil) ocupan ministerios, reciben enmiendas presupuestarias, pero no votan con el gobierno. Lula distribuyó cargos a cambio de nada. Porque el poder dentro de los partidos se había fragmentado: los diputados individuales, empoderados por el acceso directo a las enmiendas, ya no obedecían a sus líderes.
Como dice el Lic. Lucas Paranhos Quintella, un amigo que conoce la política brasileña desde adentro, Lula fue, es y seguirá siendo conciliador. No hay con qué darle. No es un juicio. Es una descripción de su naturaleza política. El problema es que la conciliación, en un escenario de correlación de fuerzas adversa, se parece mucho a la claudicación.
Dado que el Congreso era hostil, Lula desplazó el centro de gravedad del poder hacia el Supremo Tribunal Federal. Bajo el liderazgo del juez Alexandre de Moraes, el STF actuó como un escudo institucional: encarceló a Jair Bolsonaro por su intento de golpe de Estado, procesó a las milicias digitales, y mantuvo bajo amenaza jurídica a los militares politizados. Lo que Lula no podía disciplinar políticamente, el STF lo disciplinaba penalmente.
Pero esa judicialización de la política era frágil. El escándalo Banco Master, que salpicó al propio juez Alexandre de Moraes, mostró que el escudo también se puede oxidar. La investigación alcanzó a decenas de políticos y jueces, y la derecha instaló la narrativa de que «todos son iguales». El STF, que era la última trinchera, apareció manchado.
El enfrentamiento con Elon Musk fue otra muestra de esa ambigüedad. El magnate tecnológico, dueño de la plataforma X, desafió las órdenes del STF de bloquear cuentas vinculadas a las milicias digitales golpistas. Lula politizó el conflicto, lo elevó a cuestión de Estado, pero el resultado fue ambiguo: la plataforma no cedió del todo, y el gobierno mostró sus límites para regular el poder de las corporaciones tecnológicas.
La ofensiva del Congreso no se hizo esperar. El Senado le rechazó a Lula el candidato que había propuesto para la corte suprema. La única vez que eso había pasado en la historia de Brasil fue en 1894. Al día siguiente, el Congreso anuló el veto presidencial a una ley que reduce las penas de los condenados por el intento de golpe de Estado. Los golpistas que habían sido encarcelados, incluido el propio Bolsonaro, vieron cómo el Parlamento les abría la puerta de la cárcel. La democracia brasileña, que había logrado condenar a los responsables del 8 de enero, los veía salir por la ventana lateral.
El dato más revelador de la mutación defensiva del lulismo es que la reforma laboral de Temer sigue vigente. Lula la prometió derogar en campaña. No lo hizo. La razón es estructural. El «Frente Amplio» que armó para ganar la elección incluyó a Geraldo Alckmin como vicepresidente. Alckmin fue fundador del PSDB, gobernador de São Paulo durante el apogeo del antipetismo, rival directo de Lula en el balotaje de 2006. Su presencia en la fórmula fue un mensaje a los mercados y a la burguesía paulista: «este gobierno no va a hacer ninguna locura». La condición implícita de esa alianza era no tocar la reforma laboral. Lula aceptó. Y de hecho lo volvió a encomendar para que sea nuevamente su compañero de fórmula.
No se puede negar que los indicadores macroeconómicos de Brasil en 2024-2026 son positivos. Crecimiento del PIB del 2,9% en 2024, proyectado 2,5% en 2025. Desempleo del 5,4%, la tasa más baja de la historia. Masa salarial récord. Inflación controlada. Salida del mapa del hambre, con la reinstalación de los programas sociales. El ministro Fernando Haddad hizo una reforma tributaria progresiva y cobró impuestos a los ricos como ningún gobierno había hecho antes.
Los números macro, sin embargo, no cuentan toda la historia. Hay otra derrota que los indicadores no reflejan. La Clase C, esos treinta millones de brasileños que salieron de la pobreza durante Lula I y II, hoy vota contra el lulismo. No por desagradecimiento. Porque cuando mejoraron sus ingresos, empezaron a exigir servicios públicos de calidad, educación, salud, seguridad, y el Estado no supo responder. El lulismo creó una nueva clase media que ya no necesita de las políticas asistenciales, pero que tampoco encuentra en el Estado las prestaciones que merece. Esa clase media, frustrada, se volcó al bolsonarismo. La paradoja es cruel: el éxito social del lulismo generó su propio contrapeso político.
Y más abajo, en las favelas, la historia es aún más cruda. El Bolsa Familia llegó, sí. La comida llegó, sí. Pero el hacinamiento, la falta de saneamiento, el agua que no llega, el narcotráfico que gobierna donde el Estado no pisa, todo eso sigue igual. Brasil sigue siendo un país de una desigualdad monstruosa. Lula y el PT lo saben. Por eso crearon el Bolsa Familia. Pero el Bolsa Familia es una transferencia de ingresos, no una transformación estructural. Es un parche, no una cirugía.No construyó vivienda pública masiva. No integró las favelas a la ciudad formal. No pudo romper el ciclo de marginalidad que alimenta el crimen organizado. Por eso, cuando la economía desaceleró, la violencia no bajó. Y cuando la violencia no baja, el voto se va con el que promete mano dura. El bolsonarismo creció en las periferias porque el lulismo les dio de comer pero no les dio futuro de desarrollo.
Estos buenos datos conviven con una derrota estratégica de fondo. El marco fiscal que Haddad propuso, el «Arcabouço Fiscal», limita el crecimiento del gasto público al 70% del aumento de los ingresos. Eso impide mantener dos políticas fundamentales del PT: los aumentos del salario mínimo proporcionales al crecimiento del PBI, y la indexación de salud y educación al 100% de la recaudación. El gobierno de Lula se autoimpuso un corset fiscal. Puede redistribuir, pero no transformar. Puede administrar la pobreza, pero no superarla.
El que se quema con leche, ve una vaca y llora. Lula se quemó con el impeachment de Dilma, con la Lava Jato, con la prisión. Por eso hoy, cada vez que tiene la oportunidad de transformar, prefiere mirar para otro lado. El problema es que la leche ya se derramó hace rato. Y la vaca, también, se está yendo.
Pero el sistema no perdona a nadie. Apenas unos días después de que Lula volviera de Washington con la foto y la promesa de portarse bien, se filtraron los audios donde Flavio Bolsonaro le pide 25 millones de dólares a Daniel Vorcaro, dueño del quebrado Banco Master. La derecha unida se fragmentó. El STF, escudo de Lula, apareció manchado. La candidatura de Flavio pierde algo de peso relativo . ¿Casualidad?
La pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿quién va a reconstruir el partido americano? Por ahora, todos juegan al mismo juego. Lula negocia, la derecha se pelea, el STF se mancha, el imperio espera.
5. Lo real se dispone en medio de la travesía
Hubo un escritor Brasilero, João Guimarães Rosa, que es su obra Grande Sertão: Veredas decía :
«El correr de la vida lo embrolla todo, la vida es así: calienta y enfría, aprieta y de ahí afloja, sosiega y después desinquieta. Lo que ella quiere de nosotros es coraje. Lo que el mundo muestra es demasiado. […] Lo real no está en la salida ni en la llegada: se dispone para nosotros en medio de la travesía.»
El líder del partido de los trabajadores, el hombre que salió del ABC paulista para gobernar el país más grande de Sudamérica, el sobreviviente de 580 días de prisión, reconoció frente a una audiencia europea que su gobierno había terminado siendo parte de lo mismo que combatió. Más que una confesión, un epitafio. El epitafio de un ciclo histórico donde la política latinoamericana creyó que podía transformar el capitalismo desde adentro, sin disputar el poder real, sin construir una clase obrera organizada como cabeza, sin integración regional soberana.
No es casual elegir su gobierno para aprender. Seguir de pie es una fortaleza formidable. Si es para aprender hay que elegir al mejor de nuestra fuerza social en pié, al que más lejos llegó para superar las conclusiones sacadas por su ejemplo y su lucha.
La fuerza social que quiera conducir los destinos de la argentina que deja Milei debería leer esa frase que pronunció Lula todos los días. E intentar no convertirse en el sistema. Este artículo no es un ajuste de cuentas con Lula, al que personalmente admiro también, queremos que gane la elección, él o su candidato en caso de que elija dar un paso al costado. Es un intento de extraer lecciones para nosotros. Para los argentinos que tenemos enfrente a un gobierno que se entrega al imperio sin vergüenza. Para los que todavía creemos que la Patria Grande no es un verso.
Lección uno: La épica sola, no alcanza.
Lula tiene una biografía que parece sacada de una novela. El nordestino que se fue a la ciudad. El tornero metalúrgico que paró las fábricas del ABC. El preso que resucitó.
Pero la épica, por más potente que sea, no alcanza. La resurrección de Lula fue real. Sus 580 días de prisión fueron una infamia. Su vuelta al poder, una gesta. Pero la gesta no le alcanzó para derogar la reforma laboral de Temer. No le alcanzó para construir un poder territorial propio. No le alcanzó para formar los cuadros que su proyecto necesitaba. Cuando el superciclo se terminó, cuando la burguesía se fue con Trump, cuando el contexto se volvió adverso, Lula quedó desnudo. Sólo con su historia. Y la historia, por más linda que sea, no frena un impeachment ni para una reforma laboral.
La lección no es vivir del pasado. La lección es reconstruir el nacionalismo popular con espíritu y olor de trabajadores del futuro . No desde la nostalgia, sino desde la fábrica, el taller, el campo, el barrio. Partir de la experiencia histórica de nuestra clase. En la Argentina, esa experiencia se llama peronismo. No es un nombre. Es una estrategia. La estrategia de la clase obrera en su devenir histórico en convergencia con una elite nacionalista . Ni más ni menos.
Esa estrategia tiene que conducir. No puede ser acompañante. No puede ser sostén. Tiene que ser cabeza. Eso significa que los trabajadores no pueden ser convocados sólo a votar o a parar cuando les tocan el bolsillo. Tienen que estar en la mesa donde se define el rumbo. Tienen que tener representación en la planificación estatal. Tienen que tener capacidad de veto sobre las políticas que los afectan. Y para eso no alcanza con la épica. Hay que formar cuadros. Hay que territorializarse. Hay que pensar el futuro.
Y en ese futuro, tienen lugar los científicos, los trabajadores, los empresarios nacionales. No los CEO de las transnacionales que responden a accionistas de la City londinense. Esos tienen que ganar, sí, pero lo suficiente como para que el resto no estemos afectados y podamos desarrollar industria propia. Ganar-ganar. Los verdaderos empresarios nacionales, los que arriesgan su capital en este territorio, los que viven y producen acá. Todos tienen que estar en la misma mesa. Pero la mesa tiene que tener una cabecera. Y esa cabecera no puede ser ocupada por los mismos de siempre. Tiene que ocuparla el interés de un proyecto nacional y popular, con la clase trabajadora. No por caridad. Por necesidad histórica. Porque sin ella, cualquier proyecto termina siendo rehén de los mismos que lo traicionan cuando la fiesta se termina. Porque el mundo ya no compite con brazos baratos. Compite con algoritmos, con datos, con inteligencia artificial. Y eso no se compra afuera. Se construye acá, con ciencia, con universidades, con ingenieros que no se tengan que ir del país. Soberanía nacional completa.
Lección dos: Los pies mandan.
Los pies argentinos pisan un mundo que es un caos sistémico. Estados Unidos se repliega sobre su patio trasero. Los bloques se reconfiguran. La guerra híbrida fragmenta el tablero global. Esa es la coyuntura. No se puede ignorar. Pero la coyuntura no es un destino. Se ordena, se trabaja, se transforma.
Argentina tiene potencialidades enormes: Vaca Muerta, la Pampa Húmeda, el litio, la ciencia, la industria del conocimiento, el Polo Petroquímico Bahía Blanca. Pero esas potencialidades están desperdigadas, sin un plan, sin una conducción. La lección es que no se puede construir un proyecto nacional sin ordenar las propias fuerzas. La cabeza piensa donde los pies pisan. Los pies argentinos pisan sobre recursos estratégicos. Sólo falta una cabeza que los ordene al servicio del interés nacional. No se trata de lo que le falta a otros. Se trata de lo que tenemos nosotros, y cómo lo ponemos a andar.
Pero tener recursos no sirve de nada si no se tiene un plan. Y el plan de Milei es el que escribe Estados Unidos. El acuerdo firmado con EEUU en febrero de 2026 no es un tratado comercial más: es un programa de reforma del Estado argentino. Nos obliga a perseguir empresas chinas, a eliminar los controles de calidad sobre los alimentos y los medicamentos, a licuar la industria nacional y a concesionar nuestra infraestructura. No hay soberanía posible cuando las reglas las escribe otro.
Lección tres: Solos, no llegamos.
La UNASUR murió. El Consejo de Defensa Suramericano murió. El Mercosur no tiene conducción estrategica nacionalista. Y mientras la región se fragmenta, el imperio avanza. No es casualidad. La fragmentación es la base material de la dependencia.
Lula lo entendió en 2003. Por eso juntó a Sudamérica. El Consejo de Defensa Suramericano fue un paso concreto: coordinar fuerzas armadas, compartir inteligencia, construir confianza entre países que antes se miraban con desconfianza. En 2026, todo eso se perdió. Hoy Brasil es un actor solitario. Y un actor solitario, en un mundo de bloques, es un actor débil.
La defensa es el terreno donde más se nota la fragmentación. Argentina tuvo el proyecto del Condor II, un misil de crucero que daba temor a Washington. Lo destruyeron todo, nos hicieron fabricar autopartes en lugar de misiles. No renegamos de las autopartes, sostenemos parte de nuestra industria en eso. Pero el mensaje fue claro: nada de tecnología militar autónoma. Hoy Embraer fabrica aviones supersónicos y misiles de alcance continental. Argentina ni siquiera puede reparar sus propios aviones.
Sin integración regional en defensa, no hay recuperación de Malvinas. La vía diplomática está agotada. Reino Unido no negocia. Estados Unidos apoya a su aliado. La única posibilidad es construir una capacidad de disuasión regional, con Brasil como socio estratégico. Pero para eso hace falta una relación de confianza que hoy no existe. Y para que exista, hace falta una política exterior seria, continentalista, que el peronismo no tiene seriamente desde hace años.
La lección es que ningún país latinoamericano puede liberarse de manera aislada. La necesidad de integración regional es cada día más grande. No una integración comercial, de las que abren las puertas a las transnacionales. Una integración estratégica: productiva, energética, industrial, militar, y profundamente soberana . Sin eso, el imperio nos come uno por uno, Y Malvinas, seguirá usurpada.
Lección cuatro: La institucionalidad burguesa la armaron ellos.
La institucionalidad burguesa no es neutral. La armaron ellos para sus intereses. Las leyes, los jueces, los tribunales, las reglas electorales. Todo responde a la lógica del capital. Eso no significa que haya que ignorarla. Significa que hay que conocerla para usarla.
Lula usó el STF como escudo. Encarceló a Bolsonaro, frenó a las milicias digitales, mantuvo a raya a los militares golpistas. Eso fue necesario y correcto. El error no fue usar los jueces. El error fue confiar sólo en los jueces. Cuando el escándalo Banco Master salpicó al tribunal, Lula quedó desnudo. No tenía movilización propia. No tenía calle. No tenía poder territorial. La judicialización de la política es útil, pero frágil. Porque los jueces no ganan elecciones. No movilizan. No paran la economía.
La lección es ser muy inteligentes para encontrar los huecos de la institucionalidad burguesa y usarlos a nuestro favor. Pero sin delegar en ellos la suerte del proyecto. La política se construye en la calle, en los sindicatos, en los barrios. Los jueces son una herramienta, no una trinchera. Y mucho menos la única trinchera.
«Nos hemos convertido en el sistema», dijo Lula. La pregunta para nosotros es ¿Qué fuerza social tenemos que construir para no convertirnos en el sistema ? Porque la travesía, como dijo Guimarães Rosa, sigue en el medio del camino.

Si te gusta lo que hacemos y/o simplemente querés darnos una mano para seguir construyendo este espacio, podés apoyarnos con una suscripción mensual o aporte único.
Comunidad

Mi viejo Lula ya no es lo que era
Por Tiago Marín | La travesía del último líder del…

Su lujo es precariedad
Por Ludmila Chalón | El lujo es vulgaridad, escribieron los…

Periodismo nacional: un método en disputa
Por Francisco Kovacic Gonzalez | ¿El periodismo es una suma…

JULIO ARGENTINO ROCA: Apuntes sobre la consolidación nacional
Por Pablo Garello | Cuando el país se disuelve, volver…
Última editorial

Ideas para la vuelta: Generación de amigos o traidores a la patria
Por Agustín Chenna | «Los combates que más importan -me…
Informes

Cambio climático: ¿quiénes deciden?
Por Francisco Sarrio | Múltiples tratados se han firmado en…

Refutando leyendas III: Argentina, país de los alimentos
Por Mariano Valdez | Recuperar una conciencia nacional es el…

Refutando leyendas II: Alimentos para 400 millones
Por Mariano Valdez | Se dice que Argentina produce alimentos…

ANTÁRTIDA, TURISMO Y SOBERANÍA
Por David Pizarro Romero | El abandono argentino y la…

Si te gusta lo que hacemos y/o simplemente querés darnos una mano para seguir construyendo este espacio, podés apoyarnos con una suscripción mensual o aporte único.
Comunidad

Mi viejo Lula ya no es lo que era
Por Tiago Marín | La travesía del último líder del NO al ALCA

Su lujo es precariedad
Por Ludmila Chalón | El lujo es vulgaridad, escribieron los redondos en 1991. Hoy el lujo es el otro lado…

Periodismo nacional: un método en disputa
Por Francisco Kovacic Gonzalez | ¿El periodismo es una suma de trayectorias individuales o puede ser, además, una herramienta al…
Última editorial

Ideas para la vuelta: Generación de amigos o traidores a la patria
Por Agustín Chenna | «Los combates que más importan -me dijo Megafón- nunca salen a la luz del mundo, ya…
Informes

Cambio climático: ¿quiénes deciden?
Por Francisco Sarrio | Múltiples tratados se han firmado en torno a la agenda global del cambio climático. Las naciones…

Refutando leyendas III: Argentina, país de los alimentos
Por Mariano Valdez | Recuperar una conciencia nacional es el objetivo primordial para poder atender, los temas que se nos…









