Periodismo nacional: un método en disputa

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Periodismo nacional:
un método en disputa

14 de Mayo de 2026

Por: Francisco Kovacic González

¿El periodismo es una suma de trayectorias individuales o puede ser, además, una herramienta al servicio de un proyecto nacional?


“El periodismo es libre o es una farsa” escribió Rodolfo Walsh hace más de 50 años y abrió las puertas a una tradición presente hasta hoy en las redacciones de medios argentinos. Sin embargo es una declaración amplia, abierta a libres interpretaciones, que termina por ser puerta a un libertinaje inescrupuloso en el que caben desde notables artículos periodísticos hasta funestas operaciones políticas, sin distinguir entre partidos del tablero político. Nadie es ajeno a esta cuestión, ambas partes del tablero político y comunicacional ignoran el poético remate con el que Walsh liquida su célebre frase.

“Creo que la información no puede ser neutral, que el periodista no es un espejo impasible de los acontecimientos, sino que frente a las injusticias debe tomar partido, comprometerse y dar testimonio”.

Cuando un periodista solo responde ante sí mismo, tarde o temprano termina respondiendo ante otro poder. En esa tensión se juega una discusión central de la Argentina contemporánea: si el periodismo es apenas una suma de trayectorias individuales o si puede ser, además, una herramienta al servicio de un proyecto nacional. No se trata de negar la importancia de la libertad personal, la firma propia ni la autonomía profesional. Se trata de advertir que una profesión organizada casi exclusivamente alrededor del prestigio individual, la competencia permanente y la lógica del mercado corre el riesgo de vaciarse de responsabilidad histórica.

El periodismo moderno nació ligado a ideales liberales. La figura del cronista independiente, del columnista que opina sin ataduras y del investigador que responde a su propia conciencia forman parte de una tradición valiosa. Pero en la práctica argentina, muchas veces esa matriz derivó en otra cosa: periodistas convertidos en marcas personales, comentaristas cuya principal lealtad es con su audiencia, figuras públicas que orbitan alrededor de intereses empresariales o políticos sin asumirlo abiertamente. La supuesta independencia absoluta suele esconder dependencias menos nobles.

Porque, y citando a Mark Felt, el ex subdirector del FBI que ofició de informante para los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein en la investigación por el escándalo del Watergate que se cargó al gobierno de Richard Nixon: “…sigan la ruta del dinero y verán a dónde conduce”

El ser colectivo y el ser individual: la disputa de sentido eterna de la profesión

El problema no es que un periodista tenga opinión, ideología o ambición. El problema aparece cuando la profesión se reduce a la administración de intereses privados. Allí la noticia deja de ser un bien público y pasa a ser un negocio. La investigación se convierte así en herramienta de presión; la editorialización reemplaza al análisis; y el debate nacional queda subordinado al minuto a minuto del escándalo rentable. En ese ecosistema, la idea de Nación desaparece. Lo común se fragmenta. El país se vuelve apenas un mercado de audiencias.

Frente a esa deriva la historia argentina, maestra eterna de la capacidad de hacer las cosas distinto, ofrece otra genealogía posible. No la del periodista neutral, figura muchas veces imaginaria, sino la del escritor, cronista o investigador que entendió su tarea como parte de una disputa colectiva. Y en eso no se puede no destacar a cuatro nombres como los de Roberto Arlt, Rodolfo Walsh, Raúl Scalabrini Ortiz y Haroldo Conti, quienes si bien no pertenecen a una misma escuela ni pensaron idéntico, comparten algo decisivo: comprendieron que escribir también es tomar partido sobre el destino de una comunidad.

Mirar y cuestionar desde la raíz

Arlt no fue un doctrinario ni un predicador. Fue algo más incómodo: un observador feroz de la ciudad moderna, de sus miserias, simulaciones y desigualdades. En sus Aguafuertes porteñas, la Buenos Aires que aparece no es una postal elegante, sino una máquina social llena de engranajes oxidados. Su célebre frase, “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”, no es solo una arenga individualista. También condensa una ética plebeya, una confianza en la capacidad transformadora de los sectores populares. Arlt escribió desde abajo, sin pedir permiso a las academias ni a las elites culturales. Hizo periodismo mostrando lo que otros no miraban. O peor aún, preferían no mirar.

En Raúl Scalabrini Ortiz el vínculo entre prensa y proyecto nacional es todavía más explícito. Su trabajo desmontó los mecanismos de dependencia económica que condicionaban -y condicionan todavía- la soberanía argentina. Cuando afirmó que “Los ferrocarriles no son una simple empresa comercial: son un instrumento de dominación”, estaba haciendo mucho más que una observación técnica. Estaba señalando que detrás de la infraestructura, de los balances y de las inversiones, existe una disputa por el poder real. Y que la prestación de un servicio de un país a otro no siempre -yo me animo a decir casi nunca- es un acto de solidaridad hospitalario, sino un acto de dominación.

Scalabrini entendió que el periodismo no puede limitarse a narrar hechos aislados: debe explicar estructuras. Sin esa dimensión, la información se vuelve decorativa.

También escribió que “El pueblo argentino es una voluntad colectiva que no ha sido realizada todavía”. Allí hay una definición profunda de Nación: no como esencia cerrada ni mito vacío, sino como tarea inconclusa. El periodismo que se piensa nacional no adora símbolos; tiene que ayudar a construir conciencia sobre aquello que todavía falta realizar y darle sentido de trascendencia.

Haroldo Conti, muchas veces más citado que leído, por su parte encarnó una sensibilidad distinta y complementaria. Menos asociada a la denuncia directa, más ligada a la experiencia humana concreta. Sus crónicas y textos periodísticos prestaron atención a quienes rara vez ocupan el centro del relato: trabajadores, isleños, habitantes periféricos, vidas sin micrófono. La frase “Yo escribo para la gente que no tiene voz” resume una ética de representación que hoy escasea. Pero lo importante de entender es que no se trata de hablar por otros, sino de correr el foco hacia quienes suelen ser borrados por la agenda dominante.

Walsh, integrador común de todas las miradas

Si Scalabrini investigó las tramas económicas del poder, Rodolfo Walsh llevó el oficio a una zona límite. Con Operación Masacre demostró que la investigación periodística podía enfrentarse al aparato estatal y revelar historias silenciadas. El arranque del libro sigue siendo una de las frases más contundentes de la literatura política argentina: “Hay un fusilado que vive.” En esas cinco palabras hay método, audacia y sentido público. No se escribe para brillar; se escribe porque alguien quiso enterrar una verdad.

Dos décadas después, en la Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar, Walsh avanzó todavía más. Allí denunció no sólo la represión clandestina, sino el programa económico que la sostenía. Escribió: “La censura de prensa, la persecución a intelectuales… son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina.” La frase revela una concepción integral del periodismo: la libertad de expresión no es un privilegio corporativo, sino una condición para que la sociedad conozca cómo se organiza su propia opresión. Walsh no separó nunca la verdad factual de la verdad política. Sabía que el dato sin contexto puede ser otra forma de mentira.

En tiempos donde la conversación pública se ordena por métricas, tendencias y algoritmos, estas tradiciones resultan incómodas. Mientras el periodista estrella administra visibilidad, el periodista nacional asume riesgos. El primero cuida su posicionamiento. El segundo se pregunta qué país está ayudando a construir. Igualmente no idealicemos el pasado porque también hubo operaciones, vanidades y mercenarismo. Pero existió, con fuerza, una conciencia de que la prensa formaba parte de la batalla por el sentido nacional.

La profesión liberal tiende naturalmente al yo. La firma, el estilo, la carrera, la competencia, el prestigio. Nada de eso es ilegítimo. Lo ilegítimo es convertir esa lógica en único horizonte. Porque cuando cada periodista se piensa como empresa personal, la sociedad queda sin mediadores comprometidos con algo más grande que sí mismos. Y cuando el periodismo abandona toda noción de destino común, otros ocupan ese vacío: monopolios, aparatos de propaganda, intereses extranjeros o facciones locales con capacidad de imponer agenda.

Argentina no necesita periodistas obedientes a un gobierno de turno. Tampoco necesita sacerdotes de una objetividad inexistente. Necesita periodistas conscientes de que informar nunca es un acto inocente, de que toda selección jerarquiza valores, y de que la neutralidad frente a ciertas estructuras de poder equivale muchas veces a complicidad.

Arlt, Walsh, Scalabrini y Conti fueron profesionales que entendieron algo elemental: escribir sobre un país obliga a decidir de qué lado de ese país se escribe. El resto -la pose independiente, la equidistancia rentable, el narcisismo de estudio de TV- suele ser apenas una coartada elegante para servir intereses ajenos.

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