
COMUNIDAD
El sindicalismo
y la fragmentación algorítmica
1° de Mayo de 2026
Por: Constanza Lacambra
¿Reconocemos la dignidad cuando la vemos?
Este Día del Trabajador nos encuentra ante el paradigma de la bifurcación: defendemos derechos para «unos pocos registrados» o dilapidamos la base de derechos esenciales para la condición digna de los trabajadores, en un espasmo populista de «igualar» la injusticia. Porque en este punto es importante la claridad, la precisión y la certeza: trabajar solo para sobrevivir es injusto.
Los jóvenes de este tiempo, claro, nos hacemos preguntas sobre nuestra propia realidad como trabajadores formales, aportantes, sindicalizados, maliciosamente señalados como «privilegiados». También somos parte activa de la economía de plataformas, no solo como consumidores, sino que una abrumadora mayoría tiene más de dos empleos para subsistir.
La fragmentación que propone la actualidad global nos tiende una trampa. A la hora de analizar el mundo del trabajo, conceptos como empleo formal, empleo informal, pluriempleo, economía de plataformas, se presentan por separado como si fuesen fenómenos sociales repentinos que corresponden de una capa a la vez, y por trabajador, dependiendo de su modalidad de contratación y la forma en la que percibe su salario o gana su dinero.
El desafío de este tiempo es volver a pensar en un todo, no solo en una dimensión analítica; volver a percibirnos parte de un todo, con todos. Pensar estas problemáticas que nos atraviesan y desafiar la tentación de separar en categorías: volver a poner al sujeto trabajador en el centro. Imaginarlo atravesado por estas realidades, salirnos del eje de radiografiar la problemática sin completar la fotografía del trabajador.
La desocupación subió al 7,5%, registro desde fines de 2023 a 2025, no hay recuperación de esta cifra en lo que va del 2026. Se perdieron más de 300.000 puestos de trabajo formal y cerraron más de 22.000 pymes y empleadores que bajaron la persiana. La inflación es ascendente desde hace diez meses y no se equipara ni recupera con el salario real. Estos datos duros, sin embargo, no alcanzan a reflejar la trampa invisible: las plataformas digitales crean un «efecto amortiguador del desempleo».
Los trabajadores no se registran como desocupados porque «se la rebuscan» en una app, pero viven en la precariedad. Trabajar para sobrevivir. Sin lugar a enfermarse, el tiempo de ocio pasa a ser tiempo improductivo, envejecer es un desafío, hay que pensar en un fondo de retiro mientras se paga el alquiler, la educación, la prepaga, los servicios, el vehículo con el que generan los ingresos o la tecnología con la que trabajan desde casa. Estos factores son condicionantes y complejizan la «vida freelance» cognitivamente vinculada a la informalidad. La sociedad no «elige» la informalidad, es empujada a ella por un sistema que disfraza la subordinación algorítmica de «libertad». Un sistema que se esfuerza por construir un guiño cómplice con la juventud, mientras la desocupación juvenil registra uno de los números más altos históricos y alcanza el 17% en mujeres jóvenes.

Aquí es donde nos detendremos. La experiencia sindical argentina es única en el mundo. Lo siguiente es asumir su relación indivisible con el peronismo y entrar en una retórica ya conocida, vapuleada y desgastada. Porque el desafío al que somos invitados los jóvenes es la reinvención, no por desconocimiento, ni por negación, mucho menos por proscripción, sino por la maravillosa capacidad de ser creativos. Y los sindicatos, en este sentido, son la herramienta para organizar lo que anda desorganizado en el mundo del trabajo.
La construcción, por derecha y por izquierda, de un sindicalismo que es obstáculo tiene la única finalidad de debilitar la capacidad ordenadora de estas organizaciones libres del pueblo. Las reformas «modernas» laborales jamás han generado empleo; sin embargo, restringen el derecho a huelga, reducen las contribuciones patronales y descentralizan la negociación colectiva. Ni siquiera se ven beneficiados grandes sectores del empresariado argentino, pero aportan a la gran búsqueda de la época: la fragmentación de la vida.
En la economía de plataformas, esa fragmentación se lleva al extremo. Ya no se trata solo de tener dos trabajos; se trata de que el trabajo mismo desaparece como espacio físico y humano para convertirse en una notificación en el celular. El «socio-conductor» o el «repartidor» vive el pluriempleo en tiempo real, saltando de una tarea a otra, sin un «nosotros» a quien recurrir.

Organizar lo desorganizado significa militar que los sindicatos no son un club exclusivo para los que tienen recibo de sueldo, sino la casa común de todo el que vive de su esfuerzo. Si la sociedad cambia, nuestras organizaciones deben tener la plasticidad para representar esas nuevas formas de vida sin perder la esencia: la solidaridad y la seguridad social. El sindicato es el puente que une la necesidad individual con el destino colectivo.
Para terminar, una noción compartida con exactitud espiritual por el Papa Francisco:
«El trabajo no es solo un medio de vida, sino un camino de ‘realización’ y colaboración en un proyecto común. Sin trabajo digno, se hiere la dignidad humana».

La justa mejora de la sociedad no vendrá de la mano de un «emprendedurismo» de supervivencia que nos agota los cuerpos. Vendrá cuando logremos que ese trabajador de plataforma y ese trabajador registrado con tres empleos se miren a la cara y se reconozcan en la misma lucha: la de recuperar un proyecto de país donde el trabajo vuelva a ser el gran ordenador social, y no una carrera desesperada contra el reloj.
La salida no es el neocolonialismo de plataforma. La salida es Argentina, la conocemos, se escribe sindicato, se pronuncia Justicia Social.
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