
COMUNIDAD
25 de Mayo de 1810, Buenos Aires.
¿Y las provincias?
25 de Mayo de 2026
Por: Juan Pedro Battaglino
216 años de debates constantes sin zanjar de un país desigual. Discusiones para una Argentina grande como San Martín soñó.
El 25 de Mayo tiene magia. La educación en la Argentina se ha ocupado mucho de eso. ¿De qué actuaste vos? ¿De mazamorrera, de sereno, de French, de Berutti? Los personajes de ese Río de la Plata, que constituía la colonia más olvidada de España en el Nuevo Mundo.
A mí ya de chico me llamaba la atención la previa. Ese devenir de fechas que nos hicieron memorizar en la primaria una y otra vez. El Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810. Es que daría la impresión de que, 216 años después, los debates que allí se dieron, no están zanjados. Si el Rey no está, el poder… ¿vuelve al pueblo?, ¿quién es ese pueblo que quiere saber de qué se trata?, ¿es Buenos Aires la “hermana mayor” de las provincias argentinas? ¿tenemos que ser un país unitario o un país federal?, ¿tenemos que ser una Nación o una colonia europea?, ¿de qué vamos a vivir, vamos a exportar granos y cueros o vamos a tener industria?, ¿qué rol cumplen los pueblos originarios?, ¿vamos a ser una “patria grande” o aceptar que no solo nos conformemos con las peleas internas, sino que nos dividan desde afuera?
Muchos de esos interrogantes siguen ahí. Flotando. Como ecos eternos. Como si aquella sesión nunca se hubiese levantado. Esa Nación concebida en Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas y nacida en San Miguel de Tucumán en 1816 atravesó años de luchas intestinas entre modelos de país para finalmente terminar organizándose sobre finales del siglo XIX. Esas disputas aún modelan nuestro país y son, muchas veces, un escollo para el crecimiento de la Nación.
Para la historiografía oficial, Córdoba fue el centro contrarrevolucionario en 1810. Y esto es parcialmente cierto. El corazón del país tenía una importante población para la época y era no solo el nodo logístico -por las mulas- sino que también contaba con la única universidad del actual territorio argentino. Desde Córdoba, el otrora Virrey Liniers y un grupo que pasaría a la historia como “CLAMOR” por las iniciales de sus protagonistas, inició una contrarrevolución que finalizó con el fusilamiento de todos ellos a manos de Domingo French y Juan José Castelli, con la excepción del Obispo Orellana que se salvó por su condición de clérigo.
Pero ese no fue el único planteo que se hizo desde Córdoba. Tenemos por otro lado al Deán Gregorio Funes, que planteaba “revolución sí, pero con las provincias”. Funes fue de los principales promotores de aquello que luego sería la Junta Grande, siempre denostada en los manuales escolares escritos desde el puerto. De hecho, la figura de Funes quedó olvidada por la historiografía oficial pero no solo fue el primer cordobés en enterarse y en adherir a la Revolución, sino que también buscó que no se fusile a los cordobeses de CLAMOR. Y, fallecido Mariano Moreno, fue quien lo sucedió en la dirección de La Gazeta. Pasados esos hechos, y tal como señala el historiador Esteban Dómina, Córdoba se pliega a los movimientos independentistas aportando militares, armas y víveres.

¿Por qué ese planteo inicial tenía sentido? Veamos. El Virreinato del Río de la Plata, escisión del Virreinato del Perú, tenía una estructura económica incipiente. Las tradicionales primeras ciudades del territorio (Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán, Salta, Córdoba, Mendoza) estaban integradas a una lógica económica que hacía poco tiempo había mutado de mirar a Lima a mirar hacia Buenos Aires. De hecho, la Revolución terminó de asfixiar a las provincias. Como señala Edgardo Catterberg: “El mercado consumidor de Buenos Aires fue el único que creció como resultado de la expansión de las exportaciones. Pero esta demanda interna fue satisfecha fundamentalmente con productos importados del exterior. El interior del país pudo haber recibido indirectamente los beneficios del aumento de las exportaciones, a través del aumento de sus ventas, para satisfacer la demanda del mercado de Buenos Aires. La política de libre comercio seguida por Buenos Aires impidió esta posibilidad, y con ello se perdió la oportunidad de asociar al interior a la expansión de la provincia de Buenos Aires. Esta situación trajo un marco de estancamiento en la evolución económica de las provincias del interior del país.” De hecho, un relato de un viajero inglés a Córdoba de 1821 cuenta cómo Ambrosio Funes -el hermano de Gregorio- lo recibe explicándole lo compleja que estaba la realidad económica cordobesa en virtud de la caída del tráfico de mulas.
Los manuales escolares nos dejaron clara la interna entre Saavedra y Moreno y, en general -aunque con matices-, el Movimiento Nacional siempre vio más en Moreno al prócer fundador. Por su carácter revolucionario y por su manual de operaciones. Uno podrá tener su visión sobre Mariano Moreno y su modo jacobino -de hecho, es él quien lo manda a Castelli a fusilar a Liniers diciéndole que, de no fusilarlo, se iba a ocupar él mismo de hacerlo- o sobre su visión económica proteccionista y centrada en el Estado. Ahora bien, de lo que no tenemos dudas es que Moreno pensó una Revolución desde sí mismo y desde su Buenos Aires natal. No tuvo en cuenta al pueblo, planteó una Revolución sin bases.
No tuvo en cuenta a las provincias para nada. De hecho, y como describe José Pablo Feinmann, terminó incurriendo en el “torpe fusilamiento” de Liniers, que era un personaje muy popular y querido habida cuenta de su proceder y del rol que desempeñó en las Invasiones Inglesas. Por otro lado, Cornelio Saavedra sí tenía un conocimiento más profundo del interior virreinal habida cuenta de haber nacido en el Alto Perú. Y como señala Esteban Dómina, es injusto restarle relevancia toda vez que sin él -sin los fierros- no habría existido la revolución. Saavedra tenía apoyo popular, pero carecía de un plan o de una ideología clara.
Juan Bautista Alberdi diría años después, analizando los sucesos, que “la Revolución de Mayo fue un movimiento que se hizo para suplantar la autoridad de España e implantar la de Buenos Aires por sobre las provincias”. Así, el más grande pensador liberal argentino describe que el país nace dividido en dos, con una Buenos Aires que es el “Estado Metrópolis” y las provincias son el “País Vasallo”. No es que en las provincias no hubiera esa sensación que Leopoldo Marechal describía como “la tiranía del olvido” … El Soberano estaba preso por una potencia extranjera, era claro, algo había que hacer. Pero esos hechos de mayo sembraron en la actual Argentina una sensación de “colonialismo interno”. Lo que se intenta poner de relieve es que al “cortarse solos” los porteños sembraron un germen de división. Ahí es que se engrandece la figura del Deán Funes, que intentó desde el primer momento darles una participación a todos los actores, aún cuando esta no fuese, necesariamente, de lo que luego podríamos denominar “carácter federal”.

Para entender esto es fundamental despojarse de la mirada del hoy y pensar cómo era ese Virreinato del Río de la Plata. Córdoba no tenía mucha menos población que Buenos Aires y, como decíamos, ya contaba con una universidad bicentenaria. De hecho, y como sintetiza el historiador cordobés César Tcach, era una Córdoba que se percibía como “la Roma de América del Sur”. Jujuy y Salta, por su parte, eran provincias prósperas por tratarse de importantísimos nodos logísticos y comerciales en los que se intercambiaban productos entre el Perú y el Río de la Plata. Capítulo aparte merecería referirse a la situación del Litoral y la tensión que significó el problema de la libre navegación de los ríos.
A lo que se pretende arribar es a que, en 1810, no había una “hermana mayor”. De hecho, la estructura jurídica constitucional que luego se eligió para copiar en varios puntos, la de los Estados Unidos, tiene otro federalismo y otra estructuración. A punto tal que, frente a la disputa por la capitalidad entre Nueva York y Filadelfia, se decidió desde muy temprano fundar una capital desde cero. En ese sentido, es importante entender que el federalismo no implica en modo alguno la eliminación del Estado Nacional o de un Estado Central. No plantea una fragmentación. Al contrario, lo que plantea es establecer bases para un desarrollo equitativo en el territorio.
Es paradójico pensar que llevamos atravesados ya dos siglos por esa discusión irresuelta. Por esa incomprensión. Los tiempos que hoy atraviesa nuestra Argentina tienen que llevarnos también a volver a dar esos debates en clave de desarrollo igualitario. La incomprensión entre Buenos Aires y las provincias no pertenece al pasado, sigue vigente. Veamos la foto del hoy: el enojo de la sociedad contra una “casta” que durante años no estuvo a la altura de las circunstancias nos terminó dando un gobierno que es exitoso a la hora de denunciar esas prácticas pero que termina llevándolas al extremo. Y nos coloca en riesgo de fragmentación.
El actual presidente salió tercero en las Primarias de 2023 tanto en la Capital Federal como en la Provincia de Buenos Aires. Su empuje estuvo dado por las provincias. Esas provincias hoy sufren los efectos del desgobierno. El Estado Nacional sigue recaudando cada vez que un argentino compra un paquete de yerba, pero no manda un peso a las provincias para el cumplimiento de sus fines. Se multiplican las escenas de desesperación por la falta de atención médica, de provisión de medicamentos, de tratamientos a las personas con discapacidad, de desfinanciamiento a la educación pública. Las rutas no dan más. Los yuyos crecen altos y se descascaran los edificios de la Nación en cada rincón de la Argentina. Los salarios de los agentes del Estado Nacional no alcanzan para nada. Se nos vuelven a ir los cerebros. La sobrecarga sobre los gobiernos locales es total, mientras la recaudación cae. Ya no queda por dónde pasar la motosierra.
Por eso, considero que tiene que haber una reflexión profunda sobre cómo llegamos hasta acá. A esa foto del hoy. Y una vocación por buscarle la vuelta a los problemas que hoy nos aquejan. Reflexionar sobre aquellos días de mayo es también advertir que la Patria no puede construirse desde una sola mirada sino desde su diversidad y complejidad.
Y volver a nuestra épica. Las Invasiones Inglesas, Mayo, los hombres y mujeres que se la jugaron por lo que creían, la sangre derramada. Hay una épica desde la cual se construye nuestro mito fundacional. Un mito que compartimos y nos hace compatriotas y hermanos. Estamos llamados a superar las contradicciones y a resolver esos interrogantes que nos quedaron irresueltos. Y podemos hacerlo, porque los argentinos supimos y pudimos hacer muchas cosas. Nuestro maravilloso himno nacional, escrito en 1813, ya hablaba de laureles eternos. Muchos pudimos conseguir después.
Es posible que a los ilustrados de la Revolución de Mayo les haya faltado cimentar su modelo de país en un pueblo, en ese pueblo que agolpado bajo la lluvia en la Plaza de la Victoria quería saber de qué se trataba y también en ese pueblo del territorio extenso. No debe perderse de vista ese pueblo se extiende a lo largo y a lo ancho de un territorio enorme, con un fuerte arraigo y una vocación de “estar y ser juntos”. La Historia nos enseña que los días más felices en la Argentina fueron días de comunión entre el sentir del pueblo y sus gobernantes. En definitiva, la verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo.
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