Atrapados en nuestra libertad

COMUNIDAD

Atrapados en nuestra libertad

25 de Junio de 2026

Por: Mariano Valdez

Presos en nuestra ciudad, los trabajadores casi ya no lloramos, atrapados en nuestra “libertad” de un mundo que hoy nos resulta extraño porque nosotros somos extraños para sus lógicas funcionales.


Mientras todos nos encontramos disfrutando del mundial, en simultáneo la realidad sigue su círculo normal. Un jefe de gabinete o una conductora de un programa de streaming son desplazados por falsear información (con sus diferencias, claro), mientras cientos de trabajadores piden una picada por delivery y, desde la comodidad de su hogar, con un solo botón en sus celulares llevan a que otro trabajador, tal vez más precarizado, se lo traiga a domicilio bajo la lluvia.

El delivery, como un algo en sí mismo, existe al menos desde que este chico del ´94 tiene uso de razón, pero no es lo mismo. Recuerdo, en mi infancia, que la pizza de los sábados se iba a buscar a la pizzería y se esperaba mientras se charlaba con el pizzero o los pibes que estaban en el local aguardando que surgiera algún pedido que les permitiese ganarse un mango o, cuando menos, se pedía por teléfono hablando con ese mismo pizzero o quien tomase los pedidos para coordinar el envío y se saludaba a aquel que te la traía, en la caja que tenía atada a su bicicleta playera, heredada de algún hermano o tío probablemente, hasta la puerta de tu casa. Todo en tanto y en cuanto, claro estaba, uno viviera a una distancia razonable del local en cuestión.

Hoy ya no. Hoy no solo uno puede pedir a una pizzería a kilómetros de distancia, sino que también puede hacerlo con un mínimo diálogo con otro ser humano gracias a la digitalidad. Sumado a esto, quienes trabajan de manera remota, o incluso cursan de manera virtual, pueden pasar días enteros tal vez sin hablar con nadie. Cuando mucho un saludo al pasar a algún vecino del edificio que se cruza de casualidad en el ascensor o en el camino de entrada-salida del edificio mismo.

Hasta acá, nada nuevo bajo el sol. Es más, estoy seguro debe haber varios recortes girando en las redes sociales que resumen esto mismo y que todos debemos haber visto en nuestro scrolleo infinito mientras pedimos lo que fuera que vayamos a comer. Sin embargo, creo que merece la pena todo este planteo como punto de partida de una discusión aún mayor: cómo se ha visto transformado y modificado el mundo del trabajo.

Hoy hablar de los trabajadores o hablarle a los trabajadores presenta una multidimensionalidad que hace 80 años atrás no existía. En aquel entonces, cuando Perón enunció que “existen dos tipos de hombres, los que trabajan y los que viven de los que trabajan”, expresó la única división posible sobre la sociedad del trabajo. Fue una excelente descripción de los dos sujetos sociales históricos de la época. Hoy eso se ha transformado dramáticamente.

Caracterizar el concepto y composición de los “trabajadores” hoy implica asumir y comprender la progresiva fragmentación social que el sistema económico social hegemónico ha globalizado en la mayor parte del universo occidental del que formamos parte.

Veamos en principio la estructura del mercado laboral en la época del primer peronismo y la actual

1945

  • 55 % asalariados privados.
  • 10 % empleados públicos.
  • 20 % trabajadores rurales.
  • 15 % cuentapropistas.

2025

  • 30 % asalariados privados registrados.
  • 15 % empleados públicos.
  • 20 % monotributistas/cuentapropistas formales.
  • 30 % o más informales.

En cuanto al porcentaje de desocupados, en 1945 se estimaba en un 4%, mientras que en 2025 la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) lo define en un 7%.

Por eso decimos que el fenómeno político del primer peronismo se apoyó en una clase trabajadora relativamente homogénea, concentrada en fábricas, ferrocarriles, puertos y grandes establecimientos. La Argentina actual tiene una estructura laboral mucho más fragmentada, con una proporción mucho mayor de trabajadores independientes, informales y de servicios.

La categoría de monotributistas (20% de la PEA) está constituida por una gran cantidad de segmentos que muestra solo una parte de la fragmentación. Pero en la variable funcional, las cuestiones psicoactitudinales e ideológicas que atraviesan estos cambios. Por ejemplo, cómo se autoperciben más allá de su situación objetiva. La clase alta, media, media baja o baja… ¿Se asumen conformes con su situación, aunque sea objetivamente precaria? ¿Aspiran a un trabajo en relación de dependencia y en blanco o valoran la libertad que les ofrecen otras alternativas? ¿Están en opciones corporativas u otras de la economía social y solidaria? ¿Se reconocen como “trabajadores” o cómo se reconocen? Y muchas más que deberemos seguir investigando.

Esto muestra otro plano de la complejidad que significa encarar la tarea de entender y de darle una definición al sujeto político histórico en las actuales características del mercado de trabajo. Incluso asumir que algunas personas que se reconocen como trabajadores no reconocen al otro que tienen enfrente. Algunos porque el de enfrente no aporta, entonces no tiene los mismos derechos que él para jubilarse. Otros porque el de enfrente no está sindicalizado y trabaja fuera de convenio. El otro porque el del Rappi es simplemente “el del Rappi”. Y así podría seguir: los emprendedores, los creadores de contenido, los que solo están definidos por el oficio como si eso no formara parte del mismo mundo del trabajo (vaya ironía).

Principalmente cabe destacar, dato no menor, que hay una característica común que influye en esta lógica de diferenciarse del de al lado: el rencor generado por habitar un sistema de frustrantes promesas incumplidas.

Poco y nada se habla, de hecho, de cómo este cambio en las lógicas del mundo han hecho que al menos una o dos generaciones hayan sido criadas en un tablero de juego que hoy ya no existe. Y que el cambio fue tan paulatino que, de repente, hay nuevas reglas y lógicas que nada tienen que ver con aquellas con las que nos criaron. Sin ir más lejos, muchos provenimos de un hogar donde efectivamente la casa de la familia fue comprada con el esfuerzo de los viejos en un contexto donde un solo sueldo alcanzaba para sostener un hogar, comprar, pagar el crédito y refaccionar, hasta tal vez en simultáneo. Los mismos que nos enseñaron que si estudiamos no solo íbamos a tener esa base, sino que íbamos a ir más allá. El auto, la casa, la familia, todo partía de la base de un esfuerzo que en algún momento fue efectivamente gratamente recompensado: un trabajo industrial por un sueldo razonable, junto con alguna tasa de crédito coherente, que te permitía el acceso a la vivienda propia, hoy un sueño cuasi imposible para quienes rondamos los 30.

Resulta lógico entonces que ese cambio en las reglas del juego, junto con discursos instalados a medida de emprendedurismo e individualidad, de denigrar a los sindicatos y demás etcéteras, generen el caldo de cultivo perfecto para que ese resentimiento con el sistema crezca en un formato orientado a diferenciarse del otro para ver, si en una de esas y por casualidad, puedo finalmente alcanzar mi sueño del logro habitacional, del puesto de trabajo ideal o comprarme un auto.

Y de esto sí que se habla poco. Se habla poco de las bases sociales establecidas hace mucho tiempo atrás en paralelo de lo que se fue destruyendo el empleo industrial en las diferentes etapas de nuestro mundo, en las que el imperialismo fue atacando ese gran fuerte de unión social, a la par de lo poco o nada que se trabajó en los momentos más prósperos de toda América Latina por replantearse todo esto. Pero es un doble clic que no voy a hacer, porque le corresponde a otro documento explayarse en esto.

Resulta crucial detenerse un minuto a pensar, como tarea militante, si cuando queremos hablarles a los trabajadores efectivamente estamos acertando en esa generalidad o sí, en cambio, estamos anclados en una lógica obsoleta (porque el mundo ha cambiado y la autopercepción de los individuos con él) para tratar de llamar a la unión y al trabajo conjunto a nuestra clase. Nuestra propia clase. Porque antes de ser algo, somos el sujeto polìtico incluso de un proceso, que es de donde venimos y adonde pertenecemos. Si no podemos ver que esa pertenencia también nos fue arrebatada cuando nos definimos como militantes o dirigentes antes que trabajadores, déjenme decirles: estamos fritos, compañeros.

De hecho, pensarse ajeno a cualquier fenómeno social de los mencionados en estas palabras, hasta ahora es un error garrafal y una victoria para quienes se benefician de esta división entre nosotros mismos. ¿O acaso nadie usa alguna plataforma de pedidos, o compras, que terceriza sus servicios en una empresa que terceriza a su vez a los repartidores? ¿O no hay uno de quienes hayan llegado hasta acá que haya estado defendiendo los derechos de los trabajadores siendo él mismo monotributista? ¡Ojo acá! Nadie está exento de que estas injusticias, cuando menos, lo rocen.

En tal caso, lo que sí hay que recuperar es el fenómeno organizativo que plantea las bases del proyecto nacional en el cual se organiza, a su vez, todo el fenómeno social de lucha popular para la reconquista de derechos. Y aunque tampoco ese desarrollo pertenece a este texto, sin embargo, me permito un adelanto de lo que se viene: hay que pensar el fenómeno del peronismo como la catálisis final de un proceso de organización popular que ya venía ocurriendo y que encontró su cauce en un proyecto que verdaderamente disputaba el status quo global en lo general, y el status quo local en lo particular.

Esta pérdida de identidad colectiva es la disolución de lo que Ortega ha llamado el “hombre-masa”: aquel individuo que se reconocía individuo, pero compartiendo una pertenencia en el colectivo de símiles que son todos aquellos que son en un punto iguales a él. Lejos del pesar de esta cuestión, esas similitudes son la base fundacional de la convivencia en sociedad cuando hay un eje ordenador de la vida cotidiana. Hoy, sin embargo, estas similitudes pueden hasta generar el efecto contrario y separarnos aún más. De hecho, es muy probable que no importe el corte que se quiera hacer en la sociedad, de seguro el grupo seleccionado va a estar atravesado por algo que los diferencia y que el sistema ha trabajado para que sea tan tajante que, al no tener un eje de discusiones ordenadoras, resultan en diferencias insondables (aunque muchas veces no lo son).

Si es verdad que este momento requiere volver a un proceso planteado por Scalabrini Ortiz en aquella misma época. No estamos muy lejos de la búsqueda que ilustró en “el hombre que está solo y espera”. De hecho, estamos en el momento oportuno para pensar y actuar en consecuencia qué es lo que requiere esta nueva era para recuperar ese ser argentino que se licuó producto de la importación de ideologías foráneas, metodologías técnicas para medir el desempleo que abonaron a la fragmentación y políticas que podrían haber sido unificadoras y tuvieron el efecto opuesto.

La pérdida de la fe y la esperanza en la realización, en la trascendencia, nos tiende a alejar de la idea de que se pueda comprender una vez más que “nadie se realiza en una sociedad que no se realiza”. Allí es donde recuperar el proyecto nacional en esta era ya no es solo una cuestión ideológica o de mero capricho, tampoco tiene que ver con una cuestión fundamentalmente material. De hecho el principal pie debe estar asentado sobre la soberanía, y es dentro de la soberanía que hay que dar la discusión de la soberanía sobre nuestra propia identidad nacional.

Allí afuera, dispersados y mareados, esperando a ser convocados, hay miles de “hombres solos” esperando nuevamente reconocerse en un ser nacional que haga mella en la base espiritual del sujeto político, del trabajador, para construir a partir de allí el empoderamiento de las masas en cuanto a los derechos arrebatados que hoy los mantienen más presos que nunca en esta dinámica de que nada alcanza, no importa los esfuerzos, para que la realidad sea transformada, que los mantiene presos de un sistema que se alimenta a base de su tiempo libre, hoy nulo, imposibilitando así cualquier vestigio de organización latente, aislando, fragmentando, y separando, en micromundos que calan cada vez más hondo en las divisiones sociales.

Familiares que no se hablan, padres y madres agotados por tener dos o tres trabajos, pibes que dejan escuela y amistades por salir a ganarse el mango para aportar en la casa, etcétera.

Es real que hace tiempo que esta situación es recurrente y sostenida en el tiempo, con sus mejores momentos y peores, claramente. Y como respuesta a esto me permito retomar algo escrito más arriba: cualquier lucha que se quiera dar en términos de identidad, debe estar atada a un proceso político donde el sujeto se pueda reconocer, donde no solo se inyecte recursos sino que se concrete la transformación de la realidad en términos estructurales.

En tanto y en cuanto nos corresponde tomar la decisión de encarnar ese proceso, compañeros, asumir la responsabilidad que conlleva a su vez, tomarlo con la seriedad correspondiente, hacer los esfuerzos formativos y organizativos necesarios, porque la lucha por transformar la realidad del pueblo Argentino es la lucha del pueblo Argentino.

Si te gusta lo que hacemos y/o simplemente querés darnos una mano para seguir construyendo este espacio, podés apoyarnos con una suscripción mensual o aporte único.

Comunidad

Última editorial

Informes

Si te gusta lo que hacemos y/o simplemente querés darnos una mano para seguir construyendo este espacio, podés apoyarnos con una suscripción mensual o aporte único.

Comunidad

Última editorial

Informes

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *