
COMUNIDAD
¿Quién se come tu dolor?
31 de Julio de 2026
Por: Indiana Litwinchuk
Hace tiempo que siento que algunas palabras, que hace diez años pertenecían exclusivamente a los consultorios, hoy forman parte de cualquier conversación. Ansiedad. Ataque de pánico. Depresión. Medicación psiquiátrica. Suicidio. Las escuchamos en las escuelas, en los clubes, en los grupos de WhatsApp, en las familias y entre compañeros de trabajo. Hay algo del sufrimiento psíquico que dejó de ser excepcional para convertirse en una experiencia cotidiana.
Hay un dato que hace semanas resuena en medios de comunicación y en redes sociales: la escalofriante cifra de suicidios del último año, que reveló un aumento del 22% en relación al año anterior (según el Sistema Nacional de Información Criminal del Ministerio de Seguridad, 2026). La mitad de los argentinos afirma estar atravesando alguna crisis (Observatorio de Psicología Social Aplicada, 2025). Las palabras que históricamente pertenecían al lenguaje de los consultorios finalmente penetraron en nuestros espacios comunes. La crisis de salud mental, catalogada por numerosos profesionales como la “epidemia silenciosa”, tiene un ruido cada vez más insoportable.
Somos espectadores de un fenómeno que trasciende la práctica clínica. Los equipos de orientación escolar están desbordados. Las guardias de salud mental trabajan al límite. Los servicios locales de niñez reciben demandas cada vez más complejas. Conseguir un turno para salud mental en el sistema público puede implicar meses de espera, mientras que el acceso al sector privado se vuelve cada vez más inaccesible para las mayorías.
“Está todo explotado”, te dicen. Las instituciones lo suscriben: lo que va a explotar es tu cabeza. Y las instituciones, que son las que deberían alojar el sufrimiento, están desbordadas. Pero el desborde proviene de otro lado. El derrame económico, como sabemos, no llega nunca, porque lo que se derrama es el malestar sistemático. Y allí, la impotencia y la frustración se vuelven la sensación predilecta para acompañar la práctica de los profesionales.
En el país de la cultura del encuentro, el aislamiento se convierte en una forma de vivir. Nunca estuvimos tan conectados tecnológicamente y, sin embargo, cuesta cada vez más construir vínculos donde poder recostarse cuando la vida se desordena. El cambio en la forma de vincularnos se profundizó con la masificación de las redes sociales, que digitalizan buena parte de nuestras relaciones humanas y generan una sensación de hiperconectividad que muchas veces convive con el aislamiento y la ansiedad social.

En la Argentina, el país de los psicólogos, donde aproximadamente hay uno cada mil personas, la crisis de salud mental es un hecho. Quienes pueden pagan profesionales que cobran entre los 25 y los 60 mil pesos por sesión. Quienes no pueden hacerlo acuden al sistema público, donde los programas de salud mental son víctima de los desguaces presupuestarios cada vez más profundos, esperan meses en busca de un turno o de un lugar en una lista de espera.
En este sentido, no cabe duda de que un mayor presupuesto y una mayor eficiencia en el sistema de salud mejorarían la situación actual, al permitir que quienes atraviesan padecimientos psíquicos puedan acceder a una atención adecuada y efectiva. Sin embargo, si pensamos esta problemática desde una perspectiva más amplia, social y política, podríamos trasladar la pregunta hacia el principio y no “empezar por el final”: ¿no será que estamos buscando las respuestas únicamente allí donde el sufrimiento termina de manifestarse, en lugar de preguntarnos por las condiciones que hacen posible que ese sufrimiento aparezca?
Analizar desde arriba
La falta de acceso a la atención de la salud, el aumento del desempleo y la trama social y comunitaria cada vez más disuelta conforman un cóctel explosivo que da como resultado estadísticas como las mencionadas anteriormente.
No se trata de negar la importancia de la atención profesional. Como psicóloga, sé que la terapia salva vidas y que el acceso a dispositivos de salud mental es indispensable. Pero también sé que ninguna política sanitaria, por sí sola, alcanzará para responder a una crisis de esta magnitud si no nos preguntamos qué está ocurriendo con las condiciones sociales que producen tanto sufrimiento.
El conflicto psíquico es inherente a la vida humana. Las contradicciones, las pérdidas, las frustraciones y la angustia existieron siempre y seguirán existiendo mientras exista la vida humana. Lo que pasó fue que la sociedad se fue complejizando: cambiaron las formas de producir, de vincularnos y de habitar el mundo, pero el dolor no nació en el siglo XXI. La crisis hoy también se encuentra, quizás, en la falta de posibilidad de elaboración de esos conflictos, produciendo una prolongación del padecimiento.
El dolor no desaparece por negarlo, por medicalizarlo, por convertirlo exclusivamente en un problema individual. El dolor necesita ser elaborado, y toda elaboración supone una trama de vínculos capaz de sostener, escuchar, confrontar y poner palabras allí donde solamente aparece el padecimiento.
La comunidad actúa como un espacio posible de elaboración, otorgándole sentido a los hechos, a la importancia de superar los obstáculos que la vida nos propone y a la existencia misma. Formar parte de algo, tener un rol, ser reconocido por otros en ese rol, que te banquen, te reten, te ubiquen y te abracen, saber que si faltás alguien va a preguntar por vos, que tu presencia modifica la vida de otros y que tu ausencia también deja una marca, forma parte de ser y existir con otros en comunidad. Todo eso también produce la, hoy famosa, salud mental.

El fracaso del individuo como proyecto
Durante buena parte de nuestra historia existió una trama comunitaria que alojaba esos padecimientos. La familia extensa, el club de barrio, la parroquia, el sindicato, la cooperativa, la sociedad de fomento, el centro cultural, la organización política. Ninguna de esas instituciones eliminó el dolor. No evitaban las pérdidas, las frustraciones, los conflictos o las angustias propias de la vida humana. Pero permitían compartirlos, ponerles palabras, encontrar reconocimiento y construir sentido. Permitían, en definitiva, que una persona no tuviera que atravesar completamente sola aquello que la vida le presentaba.
La comunidad no es simplemente un conjunto de individuos reunidos en un mismo espacio. La comunidad supone algo más profundo: una trama de vínculos donde cada persona ocupa un lugar, donde existe un reconocimiento mutuo y donde la vida individual puede inscribirse dentro de un horizonte compartido. Quizás una de las grandes dificultades de nuestro tiempo sea justamente la pérdida de esos espacios capaces de recordarnos que no somos únicamente consumidores, productores o perfiles digitales, sino seres humanos llamados a vivir con otros.
En La Comunidad Organizada, el general Juan Perón advertía sobre el riesgo de una sociedad donde el desarrollo material y técnico avanzara sin una correlativa construcción espiritual y comunitaria. Allí aparece el concepto de la «insectificación del hombre», no como una pérdida de individualidad en el sentido de dejar de ser únicos, sino como el proceso por el cual el ser humano comienza a sentirse pequeño, insignificante y desvalorizado frente a estructuras que lo superan y frente a un mundo que ya no puede comprender ni transformar.
Ya pasaron más de 70 años desde la presentación de aquellas ideas en el Primer Congreso Nacional de Filosofía y, sin embargo, muchas de sus preguntas conservan una enorme actualidad. Perón observaba una sociedad atravesada por el gigantismo de las grandes estructuras industriales y tecnológicas. Hoy ese gigantismo adquiere nuevas formas: la velocidad de las plataformas digitales, la lógica de los algoritmos, la exposición permanente, la exigencia de rendimiento y la sensación de estar siempre quedando atrás frente a una realidad que avanza más rápido que nuestra capacidad de procesarla.
La revolución tecnológica transformó profundamente nuestras formas de vincularnos, trabajar y construir identidad. Sin embargo, el problema no está en la tecnología en sí misma, sino en una pregunta más profunda: qué lugar ocupa el ser humano dentro de ese desarrollo. Una sociedad puede producir enormes avances técnicos y, al mismo tiempo, generar sujetos cada vez más solos, más desorientados y con mayores dificultades para encontrar un sentido que trascienda su propia individualidad.
Asistimos así al desarrollo de una cultura donde muchas veces la identidad parece construirse a partir del consumo. Del ser pasamos al tener. Y del tener, al mostrar. La pregunta por quién soy comienza a ser reemplazada por la pregunta por qué tengo, qué muestro y qué imagen he de lograr proyectar hacia los demás. En esa lógica, el individuo queda encerrado sobre sí mismo, obligado a construir permanentemente una versión exitosa de su propia existencia, aun cuando por dentro atraviesa un profundo sufrimiento.
Reflexiones
La imagen bíblica de Babel resulta particularmente significativa para pensar nuestro tiempo. Los hombres de Babel tenían una enorme capacidad de construcción, una ambición desmedida y una confianza absoluta en sus propias capacidades. Sin embargo, aquella construcción no logró unirlos; por el contrario, terminó expresando la dificultad de una humanidad que podía levantar una torre hacia el cielo, pero no encontraba un lenguaje común para encontrarse con otros.
Quizás una de las grandes paradojas de nuestra época sea que nunca tuvimos tantas herramientas para comunicarnos y nunca fue tan difícil encontrarnos verdaderamente. Podemos hablar con alguien al otro lado del mundo en segundos, pero muchas personas sienten que no tienen a quién acudir cuando la vida se vuelve insoportable. Podemos acumular información como nunca antes, pero seguimos buscando respuestas sobre las preguntas más esenciales: quiénes somos, para qué vivimos, qué lugar ocupamos y qué sentido tiene nuestra existencia.
La pregunta no es entonces si debemos seguir construyendo. La humanidad siempre construyó y seguirá haciéndolo. La pregunta es sobre qué es lo que construimos. Porque no toda construcción produce humanidad. También es posible construir estructuras enormes que terminen por dejar al hombre más solo, más pequeño y más desconectado de sí mismo y de los demás.

En ese sentido, la introducción de la última encíclica del sucesor de Francisco, Magnifica Humanitas, recupera una preocupación central de nuestro tiempo: el desafío de que el progreso humano no quede reducido al desarrollo técnico, científico o económico, sino que permanezca orientado por una concepción integral de la persona. La pregunta por el futuro no puede ser solamente qué somos capaces de hacer, sino para qué queremos hacerlo y al servicio de quién ponemos nuestras capacidades. Porque una sociedad puede alcanzar enormes niveles de desarrollo y, al mismo tiempo, fracasar en aquello que debería ser su propósito fundamental: garantizar condiciones de vida más humanas.
Y vuelvo al mismo dato del principio: somos uno de los países con mayor cantidad de psicólogos por habitante del mundo y, sin embargo, no logramos resolver una crisis de salud mental que continúa profundizándose. El problema entonces no parece estar únicamente en la ausencia de herramientas, sino en la dificultad de preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo con ellas.
Aunque este artículo parte de una realidad argentina, este fenómeno no se limita a nuestro país. La ansiedad, la depresión y la crisis del sentido atraviesan hoy a buena parte del mundo. Precisamente por eso, la concepción peronista de la comunidad organizada puede ofrecer un aporte a una discusión que excede nuestras fronteras: recordar que ninguna política de salud mental será suficiente si no reconstruye también los lazos comunitarios sobre los que se sostiene la vida humana.
El desafío no es abandonar la técnica ni negar los avances que la humanidad ha alcanzado, sino volver a colocar al ser humano en el centro. No se trata de descartar de golpe las herramientas que hemos construido, sino de preguntarnos algo más simple: si esas herramientas están al servicio de una vida más plena o, por el contrario, corremos el riesgo de convertirnos en instrumentos de nuestras propias creaciones.
Soluciones
Refiriéndonos a lo anterior, nuestro Papa Francisco insistió durante años en una preocupación similar desde otra tradición: la cultura del descarte. Una sociedad que descarta no solamente objetos, sino también personas, vínculos, tiempos y experiencias que no responden a la lógica de la utilidad inmediata.
El descarte aparece cuando alguien deja de ser reconocido por su valor propio y comienza a ser medido únicamente por aquello que produce, consume o representa. En una cultura donde todo parece reemplazable, también las personas pueden comenzar a sentirse reemplazables.
Por eso la crisis de salud mental no puede pensarse únicamente como una suma de padecimientos individuales. También expresa algo de la época que estamos construyendo. La soledad, la pérdida de referencias comunes y el debilitamiento de las organizaciones comunitarias no son fenómenos separados del aumento del sufrimiento psíquico. Son parte del mismo problema.
Francisco propone frente a esto la cultura del encuentro y la fraternidad. La idea de que nadie puede realizarse plenamente aislado, porque la vida humana siempre se construye en relación con otros. Necesitamos una sociedad donde cada persona pueda sentirse reconocida, donde pueda encontrar un lugar y donde su existencia no dependa únicamente de su capacidad individual para sostenerse.
Lejos de victimizar a quienes padecen y ponerlos en el lugar de víctimas de una sociedad corrompida moral y espiritualmente, el camino hacia la reconstrucción de un proyecto de vida deberá incluir el reconocimiento de cada persona como sujeto capaz de construir sentido y transformar su realidad. Quizás allí deba aparecer la dimensión de la trascendencia.
Hoy muchas veces el único horizonte que se ofrece es el éxito personal, el rendimiento y el consumo. Pero una vida humana difícilmente pueda sostenerse únicamente sobre aquello que posee. Necesita también aquello que entrega, aquello que construye junto a otros y aquello que la conecta con algo más grande que sí misma.
Por eso hablar de salud mental es también hablar de comunidad, de sentido y de esperanza. No para negar la importancia de los tratamientos, los profesionales y las políticas públicas, sino para recordar que ninguna sociedad puede delegar completamente el cuidado de sus miembros en consultorios e instituciones sanitarias.
La salud mental también se construye cuando una persona siente que ocupa un lugar en el mundo. Cuando alguien la espera. Cuando su ausencia importa. Cuando forma parte de un proyecto que trasciende. Cuando descubre que su vida no termina en sí misma, sino que forma parte de una historia compartida.
Por todo esto, retomo la idea del principio: quizás el mayor desafío de nuestro tiempo sea volver a edificar comunidades capaces de sostener esa experiencia de la trascendencia. Porque la pregunta por la salud mental es, en el fondo, una pregunta por el tipo de humanidad que queremos construir.
“Esta comunidad que persigue fines espirituales y materiales, que tiende a superarse, que anhela mejorar y ser más justa, más buena y más feliz, en la que el individuo puede realizarse y realizarla simultáneamente, dará el hombre futuro la bienvenida desde su alta torre con la noble convicción de Spinoza: ‘Sentimos, experimentamos, que somos eternos.’”
Fotografías: Sergio Pisani
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