La trampa de la socialdemocracia

EDITORIAL

La trampa de la
socialdemocracia

30 de Agosto de 2026

Por:  Agustín Chenna

Sin disputar el control político, y manteniendo la situación de extranjerización y monopolización de casi todos los sectores estratégicos, difícilmente un proceso político que quiera ser soberano pueda sostenerse.


¿Cuál es la discusión interna?

Hace apenas unas semanas, nuestro amigo Pablo Garello dio una entrevista brillante en Gelatina junto a otro de nuestros amigos, Matías Mora. Allí dijo “El peronismo debe reconciliarse con tres sectores centrales: la Iglesia, las Fuerzas Armadas y el campo; y salir a convocar a sus fuerzas vivas desde una postura menos ideologizada, más patriótica y orientada al interés nacional”. La repercusión, aunque esperable, nos preocupó a muchos: las dos respuestas más relevantes a este tweet son una que lo comparan negativamente con Isabel Perón y otra que lo invitan a conectar dos neuronas. Ambas, de cuentas “peronistas”.

Lo mismo me ocurrió a mí, en una de mis declaraciones más relajadas, la semana pasada. Me preguntaron en un acto que necesitaba un proyecto político para ser soberano y dije algo así como: “Tres cosas: un modelo de desarrollo donde el Estado controle los recursos estratégicos; un modelo filosófico donde el centro sea el ser humano y su desarrollo, contrario a la visión de humanidad liberal e individualista; y un alineamiento internacional vinculado a la construcción del orden multipolar y no a la subordinación con EEUU, Israel e Inglaterra, quien ocupa ilegalmente el 25% de nuestro territorio”. Las respuestas fueron bastante más virulentas. Y no vinieron solo del liberalismo: progresismo, neodesarrollismo, neoliberales o, simplemente, gorilas. Todos unidos contra la idea de que el Estado piense la explotación de los recursos naturales desde una perspectiva soberana y de desarrollo nacional.

Quizás no muchos lo sepan, pero lo que dije no es ninguna novedad. La Constitución Nacional de 1949 decía, en su Capítulo IV (La función social de la propiedad, el capital y la actividad económica), cosas como:

Art. 38 – La propiedad privada tiene una función social y, en consecuencia, estará sometida a las obligaciones que establezca la ley con fines de bien común…

Art. 39 – El capital debe estar al servicio de la economía nacional y tener como principal objeto el bienestar social. Sus diversas formas de explotación no pueden contrariar los fines de beneficio común del pueblo argentino.

Art. 40 – La organización de la riqueza y su explotación tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social. El Estado, mediante una ley, podrá intervenir en la economía y monopolizar determinada actividad, en salvaguardia de los intereses generales […]

Los minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes naturales de energía, con excepción de los vegetales, son propiedad imprescriptible e inalienable de la Nación, con la correspondiente participación en su producto que se convendrá con las provincias.

Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado, y bajo ningún concepto podrán ser enajenados o concedidos para su explotación. Los que se hallaran en poder de particulares serán transferidos al Estado, mediante compra o expropiación con indemnización previa, cuando una ley nacional lo determine.

En el año 1994, fue reemplazada oficialmente por una constitución hecha a la medida de los tiempos que corrían. Pero eso no fue lo más grave. El artículo 1° de la Ley que la promulgó dice:

1) Ordénase la publicación del texto oficial de la Constitución Nacional (sancionada en 1853 con las reformas de los años 1860, 1866, 1898, 1957 y 1994).

De un plumazo, y en consonancia con los designios de Washington, todo el arco político de los 90’ aceptó la Constitución de 1957 -sancionada con el peronismo proscripto y con el principal líder político de la región en el exilio- pero desconoció la Constitución de 1949, que sí se había votado democráticamente. Todo el arco político. Incluso nuestros convencionales constituyentes.

Hacia un modelo de desarrollo

Hace tiempo que nos falta ponerle palabras claras a las diferencias políticas o ideológicas que tenemos con personas que habitan con nosotros el campo nacional y popular. Yendo por más, nos cuesta ponerle un límite a lo que conocemos como “peronismo” o “nacionalismo” que exceda la liturgia o el marketing identitario, y pueda plasmar en un proyecto político nuestros matices con aquellos que criticamos.

A esa tarea nos largamos el 20 de junio, cuando realizamos un plenario junto a Movimiento Austral de Córdoba y Aurora de Santa Fe en la ciudad de Rosario, y publicamos un primer documento llamado “Puntos para pensar la reconstrucción”. Apenas unas semanas después, propusimos seguir trabajándolo en un plenario que realizamos junto a la JP tucumana en San Miguel de Tucumán, con la presencia de compañeros y compañeras de Jujuy, Salta, Chaco, Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires y, por supuesto, de todo Tucumán. Discusión, modificaciones, nueva publicación… Y ya estamos pensando en el próximo.

No es una tarea fácil discutir el federalismo cuando hay compañeros de una decena de provincias presentes o de la provincialización de los recursos naturales con compañeros de regiones tan diversas. Pero es necesario. En cuanto a la negativa, nuestra visión es clara: bajo ningún punto de vista representa un modelo verdaderamente Nacional y Popular el neodesarrollismo, que ya tuvo una experiencia de gobierno durante la gestión de Alberto Fernández y, por qué no decirlo, en algunos sectores durante el kirchnerismo. Ese modelo, basado en disputar porciones de la renta para sostener un entramado industrial y de servicios que pueda generar empleo formal y activar el consumo, sin planificación estratégica y centralizada, tiene un límite claro: al no insertar el excedente económico en sectores productivos que generen autonomía y reduzcan progresivamente la situación de dependencia de nuestra patria, estamos todo el tiempo a tiro de los intereses extranjeros.

No podemos negar que hoy el futuro de la economía argentina depende en gran parte de la producción de hidrocarburos en Vaca Muerta, que solo fue posible gracias a la reestatización de YPF y la decisión del gobierno de Cristina Fernández de liderar la exploración no convencional. Pero si es preciso decir -aun reivindicando abiertamente al proyecto político que nos incorporó a la política-, que hoy sería de una ceguedad preocupante negar los límites que tuvimos. Sin disputar el control político, y manteniendo la situación de extranjerización y monopolización de casi todos los sectores estratégicos como las telecomunicaciones, la logística, las finanzas, la minería, la industria pesada, el agro y otras tantas ramas fundamentales para el desarrollo nacional, difícilmente un proceso político que quiera ser soberano pueda sostenerse a base de batalla cultural, “menos derecha y más derechos” y aumento del consumo.

Por supuesto, también es preciso decir que hemos militado y apoyado gobiernos de esas características porque somos conscientes de lo que hay del otro lado. En vez de retrasar el proceso de extranjerización y monopolio, lo aceleran. En vez de distribuir esa parte de la renta en empleo formal o políticas sociales, lo fugaron a sus paraísos fiscales. En vez de intentar construir mayores grados de autonomía, profundizan el endeudamiento con los grupos económicos transnacionales y el Fondo Monetario Internacional. Es, básicamente, lo que vemos hoy. El abandono del Estado Nacional en muchas cosas en las que la sociedad argentina construyó un consenso básico (educación y salud) para transferirlo directamente a los bolsillos de los grupos económicos transnacionales y sus empleados locales.

¿Tienen que ser uno o el otro? ¿No existe una salida? Esa es la trampa perversa en la que nos encierran: el sistema construye su tesis y su antítesis. Demócratas o republicanos; laboristas o conservadores; neoliberales o socialdemócratas. Todos, absolutamente todos, aun teniendo buenas intenciones, abonan a un sistema global que genera que el 1% más rico tenga más que el 50% más pobre. Un sistema que solo se sostiene en el saqueo de grandes masas del pueblo trabajador. Explotados, desplazados por las guerras, muertos por hambrunas, pandemias, suicidios o sobredosis de drogas, nos muestran día a día la otra cara de la moneda de las vidas de opulencia que nos vende la revista Forbes.

Algunos lo profundizan. Otros, simplemente, no lo combaten y lo maquillan un poco. El resultado es el mismo. En nuestro caso, un país profundamente empobrecido y atado de pies y manos. Y si todavía no se ha resignado a SER, es por la historia de lucha que lleva en sus raíces y por una conciencia política que todavía nos diferencia ¿Cuánto más aguanta el pueblo el discurso de “si sos pobre es tu culpa”? No lo sé. Es destructivo para cualquier psiquis que, sistemáticamente, unos te digan “reinventate o morite” y los otros te digan “pobrecito, acá tenés esta plata todos los meses”.

Es importante y urgente que nuestra generación política se ponga a discutir, de una vez y con criterio de realidad, cómo construir un país que gane progresivamente niveles de autonomía hasta llegar a lo que conocemos como “soberanía” o “independencia económica”. Cómo vamos a desarrollar la logística; cómo vamos a federalizar el país; cómo vamos a construir una educación al servicio del interés nacional; qué modelo de ciencia y tecnología necesitamos para dejar de estar tan fuera de la carrera tecnológico-productiva; cómo vamos a efectivamente recuperar la soberanía sobre el Atlántico Sur y sobre todo nuestro territorio nacional…

No es solo nuestra consideración la que plantea que, sin un control político efectivo de aquellos recursos que pueden permitir a la Argentina generar los ingresos para promover una revolución de su matriz económica y productiva, es imposible hacer todo esto. “La verdadera política es la internacional” decía alguien que sabía del asunto. Y el mundo nos está mostrando que eso que llaman “el auge de los nacionalismos” no es nada más ni nada menos que el triunfo, en la realidad, de los modelos económicos que han tirado a la basura el manual de buenas costumbres de la OMC y de la democracia liberal occidental y se decidieron a seguir este camino.

Mirar el mundo para pensar la Argentina

Los ejemplos para justificar nuestra posición (algo que difícilmente puedan hacer nuestros detractores) se basan en la realidad. Aunque con las particularidades nacionales de cada situación, el control estatal de los recursos estratégicos es el “hilo rojo” compartido entre todos los procesos políticos que han podido sostenerse en el tiempo y elevar sus niveles de autonomía.

Nota del autor: control no quiere decir estatización absoluta ni la expulsión del capital privado. Quiere decir control. O sea, control significa control. Lo aclaro porque muchos (que probablemente tampoco lean esto) no lo entendieron.

El modelo más obvio para traer a colación es la República Popular China: partiendo de un piso económico y social mucho más drástico al de Argentina en 1949, rápidamente comenzó a mostrar un crecimiento económico sostenido hasta convertirse en la potencia mundial que conocemos hoy ¿El Estado hace todo? Bajo ningún punto de vista. Contrariamente a lo que se cree, la actividad privada representa el 70% de la actividad económica total y el 50% de los activos industriales son privados. Pero el Estado sí controla aquellas ramas sensibles y/o que considera que no pueden guiarse bajo la lógica de la ganancia privada: vivienda, infraestructura, energía, logística, finanzas…

Lejos del Partido Comunista Chino, más del 70% del petróleo crudo de la India y una parte sustancial de su gas natural se producen a través de la “Oil and Natural Gas Corporation”, que funciona a cargo del Ministerio de Petróleo y Gas Natural. A su vez, el Ministerio de Ferrocarriles controla la cuarta red ferroviaria más grande del mundo a través de la “Indian Railways” y, actualmente, se encuentra reduciendo su dependencia en materia de defensa a través del programa “Make in India”, que destina tres cuartos del presupuesto de defensa a la producción nacional.

Algo similar hizo Turquía en materia de defensa. Al mismo tiempo, hace unos años recuperó el control estatal mayoritario de su empresa de telecomunicaciones. Y maneja la producción, distribución, exportación e importación de hidrocarburos a través de las estatales BOTAS y TPAO. Lo mismo ocurre tanto en Arabia Saudita, una monarquía árabe, como en los “socialismos” nórdicos: el Estado es el que controla la producción y distribución de los hidrocarburos y la distribución o inversión de las rentas generadas. Sin monopolizar el mercado, ambas tienen, también, empresas predominantemente estatales de renombre mundial como Saudi Aramco o Equinor.

Si cruzamos al otro lado del Océano Atlántico, tenemos un ejemplo bastante paradójico: el mismo Estados Unidos que promueve el libre mercado en todo el mundo no respeta sus propias reglas. A pesar de no poseer “empresas estatales” como tal, lo cierto es que el Estado federal posee tierras estratégicas y cuenta con reservas estratégicas de hidrocarburos. Además, mantiene un fuerte control del comercio exterior a través de aranceles, controles de inversión extranjera y fuertes restricciones a la participación extranjera en todos los sectores sensibles desde el punto de vista geopolítico, como el control de los ríos, la producción en materia de defensa o la presencia en zonas de fronteras.

Esto no es solo una característica de las potencias regionales o mundiales. En los últimos años, en la región del Sahel, las revoluciones nacionalistas de Mali, Níger y Burkina Faso solo pudieron sostenerse porque hicieron lo evidente: terminar con el monopolio extranjero que explotaba sus recursos naturales sin preocuparse en lo más mínimo por el desarrollo local.

Para nuestro propio proyecto, este caso puede interesar. Muchas veces leemos sobre nacionalizaciones, estatizaciones y compra de activos de empresas extranjeras. Pero, centralmente, el proceso de estas y otras naciones africanas tuvo que ver con diversas estrategias, como acrecentar la participación estatal en emprendimientos privados; modificar los códigos mineros; aumentar los impuestos de acuerdo a las ganancias reales; promover la industrialización interna de los recursos extraídos en colaboración con el privado; avanzar en desarrollo tecnológico local; aminorar la dependencia de la producción extranjera en la cadena de valor de la industria extractivista o promover la cooperación entre naciones y empresas privadas comprometidas con el desarrollo local ¿Qué sí tienen en común? El Estado no deja al libre albedrío una de las industrias que más ingresos puede generar en dólares, y que resulta estratégica para el desarrollo de la producción global (si les interesa más este proceso, les recomiendo seguir a @geograficahistoria1 o leer su nuevo libro “Fronteras de fuego”)

Lo importante es ponerse a discutir, de una vez, un modelo de desarrollo nacional y soberano y cómo lo vamos a financiar. Si bancarnos los tiros ajenos, casi ajenos, propios y muy propios es necesario para que esto ocurra, en buena hora. Debe imponerse, inmediatamente, un necesario debate sobre qué Estado queremos y, por lo tanto, qué rol va a ocupar en cuanto a los sectores estratégicos para el desarrollo nacional. Por ahora, la única postura, el único consenso interpartidario, era hacernos los boludos y mirar para otro lado bajo la excusa de la “provincialización” de 1994.

Difícilmente, así, la Argentina pueda salir de su situación de colonia. No renunciemos a la esperanza de volver a tener un pueblo feliz.

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