
COMUNIDAD
Dios proveerá
25 de Agosto de 2026
Por: Mariano Valdez
El endeudamiento y la morosidad estuvieron en boca de muchos esta semana, acuerdos entre privados, “educación financiera” y resultados de una mala gestión. La realidad: la usura que roba no solo el dinero, sino el tiempo libre y el alma del pueblo argentino.
Hace algunos días que las redes y los medios tradicionales se vieron plagados por la discusión del endeudamiento y la morosidad que hay en nuestro país. Por provincia, por estrato social, hecho por expertos o mediante IA, los informes fueron circulando sin cesar. Incluso el propio presidente de la nación levantó un vago y mediocre informe de Twitter hecho con IA para respaldar su versión y negar esta realidad que habitamos donde el fracaso de la política económica es total.
Los números abundan, y no los vamos a dejar de lado, sin embargo, lo más interesante de todo esto es la contraofensiva de los operadores del gobierno que colaron la “falta de educación financiera” como causa raíz de esta problemática en otro claro intento de individualizar y repartir culpas que corresponden a un problema que sobrepasa al individuo en particular. Rápidamente, la manera de descartar esto sería pensar en la generación de nuestros abuelos, que en las décadas de los ´50 o ´60, con un salario de obrero, y en contadas excepciones un segundo ingreso, fácilmente podían acceder a la vivienda propia, auto, electrodomésticos, etcétera.
En 60 años se ha roto ese contrato y las dinámicas de consumo se han visto afectadas. Consumismo, individualismo, timba financiera, especulación, cotizaciones en la bolsa, y demás tienen su anclaje en, a nivel local, la ley de entidades financieras de Martínez de Hoz y, a nivel global, en estas dinámicas del mundo donde los grandes fondos de inversión poseen más capital, y poder, que incluso muchos de los países del globo. La Macro, en definitiva, opera en contra del desarrollo de los individuos. Incluso si estos están educados financieramente.
Un claro ejemplo de esto son las posibilidades de acceso a un crédito hipotecario, que pide cantidades descomunales de ingresos declarados en un país donde el 50% del mercado laboral es informal (Javier Milei, sic.) y donde incluso los que tienen la buena fortuna de ser empleados en blanco cuentan con salarios muy por debajo de esos niveles como para poder proyectar ese sueño. Entonces, quienes ganan más, acceden, compran, alquilan, y quienes cobran menos viven de inquilinos en departamentos de 20 metros cuadrados a precios exorbitantes, de nuevo, despegados de la realidad de los salarios de la gente.
Ese desanclaje de la realidad y esa necesidad de individualizar un problema para que no parezca el fracaso general que es del gobierno nacional, son las balas que, si entran, abonan a alienar a las personas y a la discusión entera para que no haya organización o discusión real de las problemáticas. Tal y como han hecho ya con otras temáticas, “divide y vencerás”.
Hecho el diagnóstico inicial de situación, toca hablar de los indicadores.
Por un lado tenemos que 20,7 millones de personas están endeudadas en nuestro país (equivalente al 44,5% de la población total de nuestro país) y el 34,2% de los morosos tienen deudas con dos o más entidades. Esto es, entre Julio 2024 y Junio 2026, un aumento del 82,7% de la deuda real y un 753% de aumento de la morosidad. ¿Qué pasó en el medio?
Si uno revisa los números que tanto le gustan a los analistas, en Diciembre de 2023 Javier Milei recibió el gobierno con un 2,5% de deudores (datos del BCRA), mismo número que Octubre de 2024 según la misma fuente. Sin embargo es en 2025 que ocurre un quiebre y este dato comienza a crecer sin techo (a diferencia de los salarios) en paralelo al proceso llevado adelante por el gobierno de destrucción del empleo registrado, la industria nacional y el poder adquisitivo de los argentinos.
En 2024 la canasta básica de alimentos y la canasta básica total aumentaron por debajo de la inflación, lo que contuvo el efecto de las medidas del gobierno evitando que impacten tan drásticamente. Sin embargo ya durante 2025 el aumento de estas canastas, si bien fue menor que el acumulado en 2024, fue en sintonía con la evolución de la inflación y el IPC (Índice de Precios al Consumidor), erosionando directamente el poder adquisitivo de los argentinos. En simultáneo ya para septiembre 2025 se habían perdido 242 mil puestos de trabajo en el sector privado, se habían congelado los salarios estatales y se habían despegado los aumentos de los productos que forman parte de la CBA y la CBT del índice de la inflación anunciado por el gobierno como “logros” en todo ese período.
Al día de hoy estos números no mejoran. 411.613 empleos privados perdidos y 30.633 empresas cerradas es el acumulado a julio 2026.
¿Por qué estos indicadores se presentan y se discuten por separado? Fácil. De esa manera se niega la correlación que hay entre esos empleos perdidos en 2025, o los sueldos congelados de los empleados estatales que siguieron perdiendo poder adquisitivo, y que ya para diciembre de ese año la morosidad en Argentina había aumentado a 9,6%.
De la misma manera el gobierno, con el presidente a la cabeza, y sus negadores de la realidad seriales, quieren agarrarse de las estadísticas de la inflación para reconfirmar su ilusión de una buena gestión en un contexto que para nada es el que ellos plantean. Porque, más allá de la morosidad en sí, los hábitos de consumo cambiaron. Muchos se endeudan para sostener los gastos básicos del hogar, otros dejan caer, por ejemplo, su consumo de carne. De hecho los argentinos estamos consumiendo un 12% menos de carne respecto del año anterior, esto se debe a que los cortes vacunos aumentaron un 52% interanual.
¿Pero cómo puede ser esto si la inflación fue del 34% en ese mismo período?
Por un lado, porque el mercado no se regula solo. Eso está descontado. Por otro, porque las mediciones de los índices frívolos que rigen nuestra realidad y nuestra economía no contemplan todas las variables que deberían y eso imposibilita que puedan reflejar la realidad que buscan analizar. Gran muestra de esto es que la Canasta Básica Total del INDEC no contempla algo tan representativo de la guita que gastamos mes a mes como lo es el alquiler.
Los saldos exportables alcanzan niveles récord mientras el consumo interno de la carne y otros productos disminuye porque se nos hace imposible costearlos. Microcentro deshabitado por los precios de los alquileres como spot y plataforma de campaña del larretismo. Gente que opta por un alfajor para almorzar, o caminar en lugar de tomarse el colectivo, o subte, para ahorrar el mango. Pluriempleo como herramienta para tratar de mantener los costos de vida o “recuperar” poder adquisitivo.
Cuántos de los que estamos leyendo esto no conocemos a alguien, o tal vez seamos nosotros mismos, que está atravesando algunas de estas situaciones. Probablemente a más de uno, de hecho. Por lo tanto permítanme decirles que no, no se trata de un problema de educación financiera: estamos ante un modelo que busca el empobrecimiento de la población o, para aquellos que buscamos resistirnos, la supresión total del tiempo libre, del ocio.
Hoy el esfuerzo ya no es igual a ascenso social, porque el mundo funciona en base a la especulación. Ni siquiera la autoexplotación lo es, porque dos empleos tampoco alcanzan. Porque lo que hay detrás de todo esto es un contrato social que se ha roto y merece ser revisado, no podemos seguir tolerando una realidad donde el salario mínimo vital y móvil es de $376.000 cuando si queremos cubrir vivienda digna, alimentación, educación, vestimenta, salud, esparcimiento, vacaciones y previsión social, necesitamos 8 veces ese monto, una realidad donde nos quieren hacer creer que los números, los índices, son más representativos de la realidad que nuestro propio transitar por ella.
Mucho menos podemos seguir socializando las culpas, individualizando una problemática que atraviesa a casi la mitad de la población del país, cuando los bancos y fintech facturaron 10 billones de pesos en el último año, USD 19 millones por día, a costa de las deudas que se toman gracias a las medidas de un gobierno que liberalizó tasas de interés, desreguló las billeteras virtuales, congela salarios y destruye puestos de trabajo de la mano de, nada más y nada menos, que Luis Caputo, aquel que ya endeudó a nuestro país en 50 mil millones de dólares para financiar la bicicleta financiera y beneficiar a sus amigos durante el gobierno de Mauricio Macri.
Nombres que se repiten en el gabinete, políticas que son comunes en un proceso que la derecha argentina viene sosteniendo a lo largo del tiempo con el único objetivo de que nuestro país quede subordinado a ser un eslabón de economía primarizada, con una clase trabajadora desarmada y sumida a esta rueda de deudas, intereses y costos financieros totales, cuando lo único a lo que aspiramos es a poder vivir bien.
Por fuera de trilladas frases, tenemos por delante el desafío de armar el país que queremos. Porque es verdad que “nadie se salva solo”, pero cuando cambie el gobierno en 2027, quien venga, tiene que desarmar la estructura que permite esta usura, porque no alcanza con discutir las consecuencias si no hay un replanteo general y verdadero de políticas que nos permitan a los argentinos, cuando menos, llegar a fin de mes.
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