JULIO ARGENTINO ROCA: Apuntes sobre la consolidación nacional

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JULIO ARGENTINO ROCA:
Apuntes sobre la consolidación nacional

3 de Mayo de 2026

Por: Pablo Garello

Pablo Garello es integrante del medio digital Rosca y Tinto y actual Secretario General de la Juventud Peronista del Partido Justicialista de Santa Fe.

Cuando el país se disuelve, volver a los que supieron construirlo no es nostalgia. Es política.


Argentina vive un proceso de disolución nacional. La actual conducción de gobierno busca liquidar los cimientos más primarios de la existencia estatal. Si quisiéramos hacer una comparación con otra etapa de neoliberalismo feroz, deberíamos retrotraernos a los gobiernos de Carlos Menem, pero esto es distinto. Ya no se trata, como en el caso de Menem, de un gobierno de entrega: librecambista, anti industrial y privatista; la actualidad va más allá.

Porque sí: los 90 fueron terribles. Privatizaciones, provincialización de los recursos naturales y de áreas centrales como salud y educación, auge del modelo financiero, relaciones carnales con EE.UU. (sin embargo, imperio en ascenso y no en declive como hoy), etc. Menem consolida un sistema neoliberal, antinacional e injusto, pero está lejos de perseguir la destrucción que emprende Milei. E incluso así lo refleja la vieja clase media; una parte de ella reivindica a Menem por hacerse la casa o incluso crecer económicamente (vinculado a nichos de comercio o de servicios), lejos de lo que pueda ocurrir hoy, donde la clase media está en pleno proceso de extinción.

Vayamos a algunos ejemplos concretos para entender por qué este gobierno implica la disolución nacional y está lejos de ser meramente un modelo neoliberal.

SALUD: Entro al portal de Rosario 3, hoy mismo mientras escribo esta nota, y leo: desde la Secretaría de Salud aseguran que el gobierno nacional solía enviar a la provincia unos 70 medicamentos de uso frecuente, y ahora solo manda 7. Advirtieron también sobre la escasez semanal de dosis de vacunas antigripales y contra el HPV. «Les decimos a los pacientes que vuelvan la semana siguiente», lamentó Soledad Rodríguez, al frente del área.

O en Aire de Santa Fe, portal también de mi querida provincia: en la edad escolar, los números son contundentes: vacunas clave como la triple viral, la triple bacteriana o la antipoliomielítica rondan el 45% al 48%. Es decir, menos de la mitad de los chicos completa los esquemas obligatorios.

Es tan grosero el recorte en salud que los pibes ni siquiera se están vacunando, lo que va a redundar en una epidemia de enfermedades. Esto se suma a recortes salvajes en hospitales, programas de prevención, salud mental, etc. ¿Cómo una comunidad enferma puede realizarse?

EDUCACIÓN: reducción del 99% en infraestructura escolar, 93% en las escuelas técnicas, 55% en el salario de los docentes universitarios. ¿Se dan cuenta? No hablamos de recortes. Recorte puede ser un 10%, 15%, no un 90%. Esto es lisa y llanamente la destrucción planificada. Impedir que la vida normal pueda desarrollarse.

SENASA: el vaciamiento total del organismo y el despido de 500 trabajadores hace que corramos riesgos permanentes. No existe país en el mundo que no controle la comida que entra y sale de su territorio. Hace pocos días, China suspendió un embarque de 22 toneladas de carne argentina porque detectaron cloranfenicol, un antibiótico prohibido para consumo humano.

SERVICIO METEOROLÓGICO NACIONAL: reducción de 40% del presupuesto. 140 despidos, incluyendo 83 observadores meteorológicos (los que toman datos en estaciones). Desarticularon un organismo clave para la prevención de catástrofes naturales, datos vinculados al agro y a la seguridad de la aviación. La Argentina cuartomundista ya no tiene derecho siquiera a saber cuándo lloverá.

VIALIDAD NACIONAL: 72% de reducción presupuestaria. Destrucción total de las rutas nacionales, dificultando el traslado de los argentinos y de toda su producción. Accidentes y muertes permanentes.

Y así podríamos seguir, pero ya no tiene sentido. Insisto con lo anterior: el gobierno de Javier Milei busca liquidar los cimientos más primarios de la realidad nacional. Es un modelo de caos y disolución. Personas enfermas, accidentadas, empobrecidas, desescolarizadas, frustradas, hiperestimuladas; un cóctel explosivo para volver loca a una comunidad entera. Allí empiezan a aparecer tiroteos escolares como el de San Cristóbal, consumo inédito de falopa y tasas de suicidios nunca antes vistas.

Más allá de que la clase política no pueda resolver un solo problema desde hace por lo menos 15 años, desde diciembre de 2023 absolutamente todos se agravaron: una ofensiva permanente contra las fuerzas vivas de la Nación. Un modelo de caos y disolución.

Paz y administración

Pero, entonces: ¿qué es lo contrario al caos? Sí: el orden. Paz y administración es el lema que utilizó Julio Argentino Roca durante sus dos gobiernos (Roca fue el presidente que más tiempo gobernó la República Argentina: 12 años).

Esta nota es, en síntesis, confluencia de dos trabajos. En primer lugar, el estudio de la coyuntura nacional (de allí los datos de arriba) y, en segundo lugar, una clase que estoy preparando sobre la geopolítica de Roca. Hace unos días que estoy internado en lecturas sobre el tucumano, y no dejo de preguntarme: ¿por qué se lo regalamos a ellos?

Un tiempo atrás, un amigo periodista que viaja por lo profundo del país me decía: «Hay dos huellas con las que te vas a cruzar por toda la Argentina, incluso en los pueblos más pequeños: la de Roca y la de Perón. Un edificio del viejo registro civil, la escuela, las vías del tren, el correo o la infraestructura del telégrafo, de la generación del 80. Un hospital, una técnica, una cooperativa agraria o una ruta, de la década del 40. No falla: en cada una de las localidades argentinas está el registro de la obra de gobierno de estos dos criollos».

Roca fue un hijo de su tiempo. Un liberal nacional del siglo XIX. Promotor y consolidador del Estado argentino. Creó el registro civil, implantó la educación pública, unificó y modernizó el ejército nacional, tendió líneas de ferrocarril y de telégrafo, federalizó la ciudad de Buenos Aires arrebatando el puerto y la aduana a la burguesía porteña, instauró el servicio militar obligatorio, estableció los límites con Chile, fundó decenas de pueblos y ciudades, integró territorios nacionales al país (Patagonia, Chaco) y hasta fue el primer mandatario de la historia mundial en llevar a su país a la Antártida. Roca fue un hombre de la Nación, un estadista en el verdadero sentido del término y una máquina infernal de solucionar problemas. La antítesis al caos y la disolución de Milei.

Jorge Abelardo Ramos, marxista y creador de la izquierda nacional, describe así al tucumano:

«Julio Argentino Roca era un hombre procedente del norte criollo. Provenía de esa Argentina precapitalista que al vivir en su mayor parte bajo las condiciones de una economía natural, había conservado, como en un viejo arcón, el perfume del pasado, las tradiciones más hondas, el nacionalismo más profundo y la visión global de la patria, atmósfera formativa necesariamente extraña a la ciudad-puerto, comercial y cosmopolita. Hijo de un guerrero de la Independencia, desde niño aprendió el juego terrible de las armas y no leyó en libros las razones poderosas que levantaron durante setenta años a las provincias interiores contra la metrópoli. Muchacho de quince años, Roca arrastró en la batalla de Pavón un cañón para ponerlo a salvo y recibir su bautismo de fuego (peleó en Pavón contra Mitre y a favor de la Confederación). Era el antiguo ejército una formación irregular de soldados gauchos, paisanos de lanza, caballo y cuchillo, triple sistema técnico que constituyó la base de la guerra civil y que desapareció con el Rémington, el ferrocarril y la inmigración. Nuestro soldado era un voluntario, arrancado de su majada y de su hogar por el caudillo provinciano, jefe rural de gran prestigio, que al asumir la defensa del suelo natal suscitaba la adhesión resuelta de sus habitantes. La desintegración de la economía artesanal por la invasión comercial inglesa planteada después de Caseros, congrega en el ejército nacional desde el Acuerdo de San Nicolás, a decenas de miles de hombres. Debe tenerse presente que la numerosa oficialidad de nuestras fuerzas armadas había nacido directamente en la improvisación de la lucha: la intuición guerrera y el coraje constituían sus lauros académicos. Las vicisitudes internas del país habían impedido la organización sistemática de una enseñanza militar regular. Recién el provinciano Sarmiento creará la Escuela de Guerra; Roca, por medio de Ricchieri, echará las bases de una moderna institución castrense, cuyo origen montonero, es decir popular, será toda su heráldica.»

Roca es provinciano y militar, está hundido en la tierra, y como dice Jauretche tiene una idea de Patria Grande. A diferencia de Rivadavia, Mitre o el propio Sarmiento (que en el Facundo escribe la famosa frase: «el mal que aqueja a la Argentina es la extensión»), Roca valora el espacio. Mientras que a la oligarquía anglocriolla le alcanza con las tierras adyacentes al puerto de Buenos Aires para poder comerciar con Inglaterra, Roca piensa en la proyección de poder territorial. Piensa en la soberanía. Y para ejercer soberanía hacen falta dos cosas: un estado fuerte y orden interno.

Dice Arturo Jauretche: «La primera tarea que realiza el ejército nacional es la conquista del desierto. El plan de operaciones repite el de la Confederación, con medios más modernos pero con la misma visión nacional. Lleva implícita la ocupación de la Patagonia que se realiza, y la definición de la frontera con Chile que obtiene solución favorable, salvo en el estrecho de Magallanes, y definitiva por la Política Nacional de las fuerzas armadas que representa el fundador del nuevo Ejército Nacional. Ella no hubiera sido posible sin la construcción del mismo, por encima de las facciones y sometimiento al mitrismo; la extensión vuelve a formar parte de la Política Nacional que se irá complementando hacia el norte, con los expedicionarios del desierto que en Chaco y Formosa consolidan, con la ocupación hasta la frontera del Pilcomayo.»

El ejercicio de soberanía que lleva adelante Roca por toda la Patagonia hasta Ushuaia (donde expulsa a misioneros ingleses en 1884) no hubiera sido posible sin un estado fuerte. Ferrocarriles, telégrafos, correos, un ejército equipado, una marina adecuada. Y detrás de esa larga marcha, cientos de poblados que van floreciendo como hongos para asegurar la soberanía frente a la astucia chilena y las pretensiones británicas: Choele Choel (1879), Gral. Roca (1879), Ushuaia (1884), Río Gallegos (1885), Trevelin (1885), Trelew (1886), etc.

Sobre el ejército criollo que llevó adelante la extensión de nuestra soberanía, dirá Ramos:

«¿Qué serían los criollos del Ejército sino antiguos mestizos de español e india, esos ‘chinos’ de uniforme que Pellegrini verá haciendo guardia en el stand argentino de la brillante Exposición Universal en el París de 1889? La sangre se mezclará sin derramarse con la profusión de la guerra de montoneras. Y si los gauchos al ‘disgraciarse’ atravesaban la pampa para sumergirse en las profundidades de los toldos, los indios del desierto se ‘agaucharán’ o argentinizarán después de la conquista. Indio o gaucho, todo junto, formarán parte indestructible del tipo argentino, combinados con la sangre del pobrerío europeo que llegaba al país después de 1880.»

Por supuesto que no todo es color de rosas (la guerra por el espacio nunca lo es). Fue un conflicto violento y completamente asimétrico. Sin embargo, el problema del indio debía resolverse; el atraso de las tolderías, la resistencia a integrarse y la fragmentación en múltiples etnias, idiomas y culturas hacía necesario un ejercicio contundente de la soberanía argentina; caso contrario, la Patagonia hubiera corrido una suerte similar a la que corre Malvinas hoy (y que tenemos que revertir).

Lo que quiero decir es que sin la campaña del desierto no existiría un paraíso mapuche como creen muchos, porque los mapuches eran solo un fragmento de las decenas de pueblos originarios que existían en la Patagonia, completamente balcanizados, con prácticas y culturas distintas. El desarrollo del capitalismo (y de su fase superior, el imperialismo) lo hubiera resuelto por la fuerza de todas formas; la diferencia es que hoy el sur argentino sería inglés, francés o estadounidense. Sin Roca no hay proyección austral, y Perón, un viejo entendedor de la geopolítica, así lo entiende (de allí que decida homenajearlo nombrando con su apellido el ferrocarril que va hacia el sur).

No pretendo que elevemos a Roca al panteón de próceres nacionales populares. El tucumano no deja de ser uno de los artífices de la Argentina agroexportadora, inserta en la división internacional del trabajo y de preeminencia oligárquica. Está claro: Roca no fue Rosas. No fue Perón. Simplemente pido que complejicemos el análisis de su figura y que no leamos con lentes del siglo XXI a personajes del siglo XIX.

Pero volviendo al principio de la nota: el Estado moderno, cimentado por la generación del 80, se escurre en nuestras manos. El topo vino a destruirlo. Y no hablamos del Estado meramente como institución reguladora; hablamos del Estado como forma histórica que adoptaron las sociedades contemporáneas para organizar el poder, el territorio y la vida colectiva.

Que el Estado no ejerza control y castigo implica la presencia del narco como articulador social de los barrios populares; que el Estado no llegue con la salita médica implica la muerte de nuestros vecinos; que el Estado desarticule vialidad implica desconexión territorial; que el Estado vacíe la CNEA implica una masiva fuga de cerebros; que el Estado no tenga una sola política para generar trabajo implica desempleo, violencia y caos social.

Como peronistas, creemos en el poder de la comunidad, pero sin el Estado, una de las patas queda renga y, por lo tanto, reina la anarquía y el desorden. La revolución justicialista fue posible por la relación dialéctica entre un Estado planificador y eficiente y una comunidad con voluntad de ser. Perón no era un militante, era la conducción de gobierno del Estado Nación.

Hoy nos encontramos ante un proyecto de caos y disolución nacional. El pueblo vuelve a clamar por paz y administración. El pueblo vuelve a clamar por orden. De allí la necesidad de volver a indagar a Roca.

Roca es:

  • El presidente que termina con los malones indígenas. El malón era visto como el gran desordenador social de la época. Uno de los más importantes ocurrió en 1875 por la zona de Tandil, Azul y Olavarría: dos mil lanzas, robo de 300 mil animales (que eran vendidos a Chile) y más de 400 asesinatos. Por supuesto, el secuestro de cientos de «cautivas», famosas en la literatura decimonónica.
  • El presidente que ocupa el territorio y consolida la soberanía desde la Pampa a Tierra del Fuego. Fomenta la cultura nacional y cohesiona el mosaico de identidades presentes en la Patagonia.
  • El presidente de la unificación monetaria nacional. Previo a 1880, existían múltiples medios de pago a lo largo de las regiones y provincias; de hecho, en regiones del sur se comerciaba con el peso chileno. Roca lo unifica en una sola moneda nacional. Garantiza orden frente al caos de múltiples formas de pago.
  • Ley 1420 de educación gratuita, laica y obligatoria. La escuela llega a todos los rincones de la Patria y sirve para cohesionar pedagógica y culturalmente al aluvión inmigratorio. Orden y unidad donde antes había fragmentación cosmopolita.
  • Centralización del ejército nacional y el fin de las milicias provinciales. Una Nación, un ejército, un comandante en jefe. Se terminan las guerras civiles.
  • Creación del registro civil y centralización de los datos de nacimiento, casamiento y defunción (que antes estaban esparcidos por distintas parroquias del país).
  • Conexión geopolítica: ferrocarriles, telégrafo y correo, que permitieron la conectividad. Unidad y orden.

Podemos continuar dando ejemplos. Roca establece el orden definitivo para que el país consolide su moderno Estado Nación, necesario para el desarrollo capitalista. No queremos dejar de insistir: es un orden económicamente injusto. Roca no es Abraham Lincoln, que entiende la importancia de la industria para el trabajo y el poder nacional. Pero tampoco es Mitre. Roca tiene pensamiento estratégico y cree en el Estado como instrumento para el progreso y el desarrollo geopolítico.

Una vez, charlando con Marcelo Gullo durante una noche maravillosa en la ciudad de Rosario, le pregunté qué creía sobre el ensañamiento feroz de la izquierda (y de gran parte del peronismo progresista) con Roca. Con seguridad, me respondió algo que yo sospechaba:

«Querido Pablo, no te olvides que la izquierda liberal es el segundo brazo del imperialismo y sirve a los mismos fines. Necesitaron destruir a Roca porque el tucumano es demasiado incómodo. Si hablás de Roca, tenés que hablar de un Estado Nación fuerte, y no hay nada que el globalismo deteste más que un Estado fuerte (mirá China o Rusia). Si hablás de Roca, tenés que hablar de soberanía, proyección geopolítica, la ocupación de la Patagonia, de un ejército poderoso y de algo más incómodo todavía: de la Argentina bicontinental. Porque Roca logró que nuestro país se extienda efectivamente del Pilcomayo a la Antártida, y eso no es joda. Menos de cara al futuro y a la disputa feroz que habrá por el continente blanco.»

Creo que hoy, en momentos de disolución nacional, resulta imprescindible que el peronismo recupere la noción de un Estado fuerte y eficiente, de pensamiento estratégico y geopolítico y la idea de orden, todas cualidades presentes en el general tucumano. Junto a eso, abandonar la holgazanería intelectual que nos sube a cada una de las modas propuestas por el progresismo, que hasta el día de hoy no puede responder una simple pregunta: ¿qué sería de la Argentina si no hubiese existido Julio Argentino Roca?

Para terminar, y para que esta nota no quede como una oda al «zorro», debemos sumar un componente ausente en la Argentina liberal del siglo XIX: el componente más preciado que nos legó Perón de la mano del catolicismo: la justicia social.

Quizá, entonces, el futuro que soñamos contenga el lema de un viejo criollo, pero esta vez reformulado:

Paz, administración, soberanía y justicia social.

Hasta el fin de los tiempos.

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