
COMUNIDAD
Votar es humano
1.- No me dejes caer en la tentación
Tengo este documento en blanco que dice Mayo. Vuelvo a abrirlo de vez en cuando para ver si pasa algo, me siento, pienso, clavo la vista en eso que titila, el palito que se prende y apaga es lo único que parece vivo en esta pantalla blanca, googleo cómo se llama, mirá vos, cursor parpadeante, punto de inserción, tiene sentido.
Hoy puede ser diferente, me miento un poco, respiro, digo dale, estiro los dedos, tipeo: comencemos por el final: Martín Menem es muy creativo en su supuesto alter ego de X, la referencia a los cartuchos de Family Game encaja bien con los registros nostálgicos de su generación. Me pregunto si acaso el gobierno tendrá la audacia y el cálculo necesario para inventar sus propias novelas internas y entretenernos con peleas que en realidad no existen. Mmmm, no creo que sean tan astutos, pero que entretienen, entretienen.
Cada día queda más claro que la pelea en el riñón del oficialismo no es por diferencias ideológicas sino por el manejo de la caja. Gran parte de la dirigencia argentina nunca logró captar la diferencia entre la riqueza y el poder,mataron a Maquiavelo para dejar de distinguir que el poder es un fin supremo y la riqueza es solo un medio secundario que, si se gestiona mal, puede destruir a un gobernante. El dinero fácil atrae a los mercenarios, cuando se acabe el cuento, Milei terminará en el mejor de los casos, en compañía de su hermana, el presidente acierta cuando intuye que el amor de Karina es la única verdad.
¿Y qué más se puede decir de Adorni? En House of Cards, Frank Underwood expresa su desprecio por quienes eligen el dinero sobre el poder, la riqueza es una mansión efímera y el poder un edificio de piedra que dura. En diez años la cascada en la casa del Jefe de Gabinete será un adefesio inútil lleno de moho. Poder es que la gente te quiera, dijo Juan Román y me conquistó.
¿Para qué seguir aportando líneas al diagnóstico sobre la decadencia política del gobierno si alcanza con entrar al Instagram del presidente y sentir esa incomodidad ahora llamada cringe? Basta un repaso por esas imágenes de fantasía construidas con nanobanana donde el presidente comparte sin pudor la irrealidad en la que habita.
Milei se mira en un espejo que le devuelve exactamente lo que quiere ver. En la era del narcisismo, el presidente no oculta que le gusta gustar: la fantasía entre sus sábanas son esas narrativas donde él es un león imponente y viril que libera a su pueblo de las ratas peronistas, cada like es una caricia materna a su ego inestable.
En Los ingenieros del caos (2019), Giuliano da Empoli cuenta hasta qué punto las redes sociales afectaron las formas de relacionarnos con nuestro entorno y cómo esa arquitectura que necesita del reconocimiento penetra en nuestra psiquis con un alcance aún difícil de mensurar.
En ese sentido podemos decir que el presidente es al menos transparente, mucho más real que cualquiera de esos perfiles que pululan en LinkedIn, Milei es un tipo simple y sensible que recibió mucho amor de golpe y no sabe bien cómo administrarlo, mirá mamá, me quieren. Algo similar a lo que le pasó a Adorni con la plata: hombres que no estaban lo suficientemente preparados, mental ni espiritualmente, para recibir mucho de golpe.
Javier Milei es una bestia, sí, pero es nuestra bestia: una bestia argentina, que hizo inferiores en Chacarita y que le gusta el R’N’R, una bestia que supo alimentarse e interpretar la bronca, la frustración y el cansancio de un país harto de ver fracasar, una y otra vez, a los profesionales de la política.
Su emergencia no puede explicarse solamente por el marketing, los algoritmos o la televisión; Milei entendió que existía una energía social acumulada esperando una forma de expresión política y pudo encarnarla porque él mismo supo formar parte de ese colectivo marginal. Karina vendía tortas y eso la hace mejor que el resto de los tecnócratas del oficialismo. En medio de una sociedad agrietada, los hermanos Milei supieron aprovechar el silencio entre dos ruidos y gritar libertad.
Pero como ya se repitió mil veces: lo que sirve para ganar no necesariamente sirve para gobernar. La ira es una extraordinaria fuerza destituyente que difícilmente pueda transformarse en una fuerza constructiva, tiene la potencia de romper consensos, derribar legitimidades y dinamitar estructuras, pero no alcanza por sí sola para reconstruir una comunidad, fortalecer instituciones ni proyectar horizontes de futuro.
De este lado del mostrador, digamos, o sea, de los que creemos en el rol del Estado nación como garante de las condiciones necesarias para el desarrollo y el bienestar de nuestro pueblo, me gusta pensar que CFK es tan lúcida e inteligente que toda la campaña contra Axel es una operación quirúrgica que pretende extirpar del cuerpo social la idea de que Kicillof es Cristina. Se sabe que la mayor flaqueza en la imagen de Kicillof viene de su pecado original: ser el hijo putativo de la “Jefa”. Si esto es así, Máximo Kirchner y los compañeros de la orga están haciendo un excelente papel, sigan así. No levantemos la perdiz.
El verdadero desafío para cualquier nuevo proyecto político en la Argentina es no limitarse a administrar la bronca ni a amplificarla electoralmente, sino sublimarla, organizarla y ponerla al servicio de un proyecto común de largo alcance. El próximo gobierno debe proponerse quince años de servicio en base a un acuerdo programático en vista a algunos objetivos básicos, qué sé yo: ningún argentino sin techo ni trabajo.

2.- Un anhelo suplicante
Leí Sobre Dios —pensar con Simone Weil— de Byung-Chul Han. No sé si por la fuerza de sus ideas o por mi estado en particular me pegó bastante: experimenté esa sensación extraordinaria de estar leyendo justo lo que necesitaba leer, esa combinación gloriosa que te permite bajar los decíbeles del ruido interno.
Todo el libro orbita en torno a la atención: “En su grado más alto la atención es lo mismo que la oración”
Dios para Simone Weil, es la capacidad de prestar atención. La tesis principal es que entre las razones estructurales de las que no somos conscientes, pero que son responsables de la ausencia de Dios, el declive de nuestra atención es quizás la más relevante.
Es tal el bombardeo algorítmico al que estamos expuestos cotidianamente que nuestra percepción carece de toda dimensión contemplativa: mirar el mar estirando la vista hasta la línea en la que arranca el cielo, mirar el mar y no sacarle una foto, sentir eso que hacen las olas cuando van y vienen sin intentar capturar el momento. Sin sacar el celular del bolsillo.
En Mar del Plata perdí mi reloj, pero el teléfono siempre estuvo aquí.
Hoy la palabra ansiedad aparece en todas las charlas y no es solo una sensación: en Argentina se suicida una persona cada dos horas, los psiquiatras no dan abasto, la realidad está difícil y no hay herramientas para enfrentarla.
“Lo que genera adicción no necesita atención alguna para desplegar sus efectos. La adicción funciona mejor cuanta menos atención le prestemos. Los estímulos que nos hacen adictos adormecen la atención. La actual sociedad de la adicción es una sociedad sin atención. La adicción y la atención constituyen fuerzas antagónicas. También las redes sociales recurren a los adictivos algoritmos para convertir a las personas en dependientes y, de esa forma, controlarlas y dirigirlas. El smartphone es una máquina digital de adicción.”
Es muy fácil caer en la trampa: las máquinas de adicción avivan tu sed de caza generando expectativas que irrumpen en tu psiquis y te hacen perder el foco.
“La atención también presenta una dimensión social, tanto la empatía como el respeto se basan en la atención al otro. La sociedad se embrutece cuando pierde esa atención al otro. La carencia de este tipo de atención genera un incremento de la violencia.”
No hay nada más triste que preocuparse solo por uno mismo, algo así le escuché decir a un monje Zen que resistía la captura individualista de la meditación.
El malestar contemporáneo no es un problema individual de gestión emocional. Vos no sos el responsable de tu ansiedad por no saber respirar, porque no meditás, porque no tenés rutina matutina o porque le prestás demasiada atención al pasado o al futuro. Estás ansioso porque ya no tenés a quién pedirle plata, trabajás doce horas, debés tres meses de alquiler y el futuro parece un túnel sin luz en el fondo.
Parafraseando a Christopher Moltisanti, digamos que no existe una solución espiritual para nuestro problema político. Pero Milei también pasará.
Pasará sobre todo porque el pueblo no se equivoca, pasará porque mintió en campaña y mintió hace poco cuando dijo que la moral era su política de estado, pasará porque su respeto irrestricto vale solo para la libertad de los que pueden y en este país cada vez son menos. Pasará porque no siente orgullo de ser argentino, pasará porque todos los días la gente lo quiere menos, y pasará, dejando algo que mi generación no había visto nunca: la evidencia de hasta dónde puede llegar la bronca cuando no encuentra más forma de expresarse que la demolición. Ojalá este sea el piso. Ojalá que lo que venga entienda que gobernar es incluir y seamos parte de eso. Nadie sobra como dice Blusvalía.
La esperanza siempre se las ingenia para hacerse un hueco y justificar su perseverante existencia. En ese casillero entra el mundial: seguramente en la próxima entrega ya estaremos a pleno viendo al viejo y querido Lionel Messi en su último baile, conduciendo al país hacia una aventura inédita, el bicampeonato. En Italia 90 estuvimos cerca, es cierto, pero entonces emergió Alemania y su potencia ontológica, el circuito cerrado de sus tradiciones. Aquel penal que aún le duele a Roberto Sensini solo se puede entender en clave kantiana: la falta en sí es incognoscible para el sujeto; lo de Codesal fue apenas la interpretación del fenómeno. Gol de Andreas Brehme y lágrimas de zurdo. Estamos por presenciar el fin de una era, será el último mundial con Lionel Messi, Cristiano Ronaldo y Neymar en cancha, vale la pena abstraerse del resto y disfrutar de ver a la pelotita rodar.
Gracias por el aguante, nos vemos en la próxima.
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