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23 de Agosto de 2026

Por: Ludmila Chalón

No tener muchas ganas de salir. No tener muchas ideas. Sentir que las cosas que antes aparecían naturalmente ahora requieren un esfuerzo. La distancia entre uno y uno mismo, impersonal, impropia.


Hace bastante tiempo que no escribo. Una forma bastante particular de silencio.

Al principio pensé que era falta de tiempo, los viajes, el cansancio, las cosas de todos los días. Pero rápidamente me di cuenta de que había algo más. Que quizás esa ausencia de ideas, esa falta de ganas, esa sensación de que no había demasiado para decir no era solamente una falta de inspiración, sino parte de una sensación mucho más prolongada en el tiempo y que, por alguna razón, me resulta profundamente impersonal.

No tener muchas ganas de salir. No tener muchas ideas. Sentir que las cosas que antes aparecían naturalmente ahora requieren un esfuerzo. La distancia entre uno y uno mismo, impersonal, impropia.

De golpe desapareció con el sol. En el transporte las caras, esas caras y el insoportable olor a humedad en todo. El lenguaje no verbal de la gente. Los cuerpos cansados. Las conversaciones que se vuelven discusión por cualquier cosa. La irritación que aparece en una cola, en un colectivo, en una esquina. La gente descuidada, y la suciedad y el olor, y todo me empezó a agobiar. Cuanto más lo miro todo, menos sé de lo propio o de lo ajeno.

¿Qué es todo esto? ¿Es letargo? ¿Qué es todo esto? ¿Es humedad? ¿Es que me falta el sol? ¿Qué de todo esto es invierno? ¿Qué de todo esto es tristeza? ¿Qué de todo esto son dudas? ¿Qué de todo esto es crisis?

Límites muy difusos hay en todas esas respuestas.

La desmoralización colectiva… ¿Tiene que ver con el astro fugitivo, o con la forma en la que empezamos a mirar nuestra propia vida? ¿De qué nos creemos que somos merecedores y de lo que no?

Tener una tarde para no hacer nada. Salir. Encontrarse. Disfrutar. Tener tiempo. Ir a un club. Tomarse una cerveza ¿8 lucas una pinta? ¡Qué locura! ¿La puedo pagar?

¿Solamente tendremos permitido pasar por ahí cuando ya se resolvió todo? ¿Pero todo, todo lo demás?

Cada tanto aparece algo que todavía consigue rivalizarle ese lugar, devuelve conversaciones, abrazos, discusiones, canciones, rituales y de eso vino a obrar un poco el mundial.

Más allá del final (otra raya más al tigre en general) una prueba de que las ganas de vivir no desaparecieron. Las ganas de encontrarnos, tampoco. Lo que parece haberse vuelto mucho más difícil, es encontrar esos lugares donde esas ganas pueden tener rienda suelta y, sobre todo, encontrarse con las de los demás.

Qué incómodo todo esto, me resulta insoportable pensar la vida como un ejercicio permanente de sacrificio y ese discurso ha calado hondo. Argentina hoy es donde siempre hay que esforzarse un poco más, trabajar un poco más, resignar un poco más, esperar un poco más, aguantar un poco más.

Hay algo en el aire. Sí, falta el sol y las cosas tienen todo el tiempo olor a humedad y en las conversaciones, y en las redes, y en las calles.

Anomia: Ausencia de ley. Conjunto de situaciones que derivan de la degradación de carencias o de normas sociales.

La palabra aparece mucho en mi mente, describe bastante bien esta sensación que se volvió difícil de ignorar: la pérdida de referencias compartidas, la dificultad de encontrar un sentido común, la sensación de que las reglas que organizaban la vida dejaron de ser demasiado claras y de que cada uno tiene que arreglárselas como puede.

Hace mucho que no escribo, pero… ¿Si encontrarse con otros no es un premio que llega después de haber cumplido con todo, sino una de las condiciones necesarias para poder transitar esto?

¿Por qué siento que todo esto es tan personal si, a donde miro, veo el mismo reflejo?

No es una percepción, no es una sensación. Me lo dicen, los veo y hasta los números, siempre fríos y tiranos, empiezan a reflejar mayorías en la unidad de las desgracias.

Grises

Hace unos días, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, fue consultada por el aumento de los suicidios dentro de las fuerzas de seguridad. La cifra que se señaló fue un 30% más durante 2025 respecto de 2024. Su respuesta fue que el aumento no era exclusivo de las fuerzas, sino que también se había producido en el conjunto del país.

Simplemente una desagradable. Una cínica.

No vengo aquí a usar la tragedia como metáfora. Pero hay algo en esa respuesta que busca circunscribir el problema al todo, como si la generalidad le quitara peso.

Monteoliva es una mala declarante, pero su despreciable cinismo termina desarmando en el aire el argumento individual del que el gobierno actual asegura que depende todo.

Monteoliva lo dijo muy bien. No son solamente las fuerzas. Si está pasando en toda la sociedad, entonces estamos frente a un problema que ya no puede ser pensado como una sumatoria de historias individuales.

La misma historia se repite con las deudas en hogares argentinos que la ponen loquita loquita al presidente. Hay más de 20,3 millones de personas que tienen algún tipo de deuda y la mora alcanza a casi 6 millones de argentinos.

Resulta difícil hablar de individualidades cuando el total comprende a casi la mitad del país. La mitad de los argentinos empiezan a pagar presente con futuro.

Son deudores de nuestro mañana.

Al presente no le alcanza el sueldo, ni las horas del día, no le alcanza la energía. Mientras tanto al presidente parece que le sobre futuro, un futuro de veinte, veinticinco o treinta años y trata de explicárselo al que le cuesta imaginar el mes que viene.

Al peronismo, en cambio, lo que le sobra es pretérito. Porque habla de pasado mañana, pero parado desde ayer. Parece que buscar demasiado adelante o buscar demasiado atrás termina convergiendo en el mismo punto: la dificultad para establecer un vínculo con el hoy.

El hoy donde estamos nosotros, el tuyo y mío que observa un futuro que no llegará y un pasado que ya no existe. Y el presente, sin interlocutores.

Hay algo afuera que condiciona lo que nos pasa adentro. ¿Y si esta sensación que tengo, tan impersonal, no es solamente mía, entonces tampoco tengo por qué resolverla yo sola?

Por eso vuelvo como siempre, inevitablemente acá, a vos y a la política. Este lugar donde organizamos las esperanzas.

¿Cómo querés vivir? y ¿Para qué? ¿Qué lugar querés darle al descanso, o a tu familia, a tus amigos, a la cultura, a tu deseo? ¿Y al encuentro? ¿Qué querés producir? ¿Querés hacerlo conmigo?

El futuro no son tus vencimientos de tarjeta, la navidad que viene, las elecciones del octubre del 2027. Es la forma en la que queremos vivir cuando lleguemos hasta ahí.

La realidad es que pronto tener un consenso sobre mañana nos dará una ventaja que no podemos desaprovechar, la ventaja de los que todavía esperan algo del futuro. De los esperanzados, de los organizados.

Salir de esta anomia es volver a hacer. Incomodarnos consigue sacarnos del letargo y devolvernos un poco de aire fresco. Así que aquí estoy, en una nueva entrada en El Aluvión, escribiendo la más deprimente nota de domingo que alguna vez les presentaré (se los prometo) pero siempre entusiasmada con la idea de escribir para y con ustedes.

Volviendo a algunas de las cosas que hago. A mis amigos. A mi militancia. A mis compañeros que los veo sólidos, los escucho, los leo y me ayudan a imaginar que las cosas tienen destino porque así lo hemos decidido.

Que vale la pena recuperarnos en la certeza sobre el futuro. Salir del pozo de la portada de esta nota. Y porque es juntos, en comunidad.

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