
COMUNIDAD
Vos, argentina
7 de Octubre de 2026
Por: Ludmila Chalón
Lionel, que nos has dado las alegrías más largas y las tristezas más cortas, ¿qué cosa más linda podría decirte? Yo te amo.
Todavía me acuerdo de la primera vez que te vi con la camiseta de la Selección en 2006. Te quedaba enorme. Yo tenía nueve años y me causaba gracia ver que parecías un chico disfrazado. Todavía no entendía del todo qué significaba un Mundial, era la primera vez que iba a verlo con más noción. Corea-Japón 2002 me encontró con cinco años y, además, todos los partidos se jugaban de madrugada, no recuerdo haber visto uno solo.
Era la primera vez que un partido tuyo nos encontraba en el colegio. Fue contra Serbia a las 10 de la mañana. Recuerdo la pantalla gigante colgada en el patio interno y los cientos de niños alrededor. Yo miraba desde la balconada del primer piso y todos los gritos se escuchaban amplificados.
Hasta entonces para mí, el fútbol era algo que pasaba en otro lugar. Ya conocía la pasión por Boca y las alegrías de festejar con mi mamá, pero aquel día todo era diferente. No era domingo, no estaba en mi casa, no iba a haber compañeritos de River enojados al otro día si a nosotros nos iba bien. Había un patio lleno, una sola camiseta que hacía gritar a cientos de chicos al mismo tiempo, abrazarse, saltar. Y vos eras tan chiquito que no me parecías muy diferente a nosotros, que también nos quedaban grandes las camisetas como a vos.
Me acuerdo de que ya se hablaba de vos en todos lados. Una promesa, distinto. Qué chico ha quedado todo eso que empezábamos a imaginar juntos.
Llegó tu momento de entrar y, a los pocos minutos, tu gol a los 88’, debut y coronación, cerraste el 6 a 0. ¡Dios mío! No estoy segura de haber vuelto a gritar así, como ese día, en toda mi vida.
En 2010 tenía trece años. La adolescencia empezaba, los grupos de amigos iban a mi casa. Organizamos para faltar todos al colegio y verlos comiendo chipá, que era la novedad de la panadería más famosa de mi pueblo.
Vos ya estabas más grande, como nosotros, tu temple, tu forma de mirar. En esos cuatro años que habían pasado ya no te quedaba nada para demostrar.
Y ahora al mito lo acompañaba la leyenda. Tal vez no fue un gran Mundial, pero qué lindas fotos nos quedaron.
Cuando ya aparecían esas comparaciones caprichosas, absurdas, cizañeras, ustedes se abrazaban porque algo los unía y no era el fútbol, era la Argentina.
En 2014 ya estábamos terminando el secundario, todo era fiesta hacía meses. Vos estabas pleno, decidido. Cada día que pasaba crecía la ilusión. Mi papá me contaba que la final del ‘86 la vio en Bariloche, en su viaje de egresados. No te voy a mentir, yo lo sentí como una profecía, casi un destino. Irnos a Bariloche y festejar un Mundial, como le había pasado a mi papá, no me entraba en el cuerpo todo lo que me pasaba cuando pensaba en eso.
Creo que vos debés haber pensado algo parecido, bah, todos ustedes. Estaban acá nomás y la gente salía en caravanas de autos a Brasil a cada paso que nos acercaba a la final. Qué flagelo los penales, todo terminaba en penales, por favor, sentía que se me desintegraba el cuerpo de nervios. Pero después nos encontrábamos a festejar en la calle y al otro día en el colegio, las borracheras de ese mes me habrán sacado algún que otro año de vida, pero valió la pena sin lugar a dudas.
Y llegó esa maldita final, Lionel, yo te juro, lloraba más por vos que por cualquier otra cosa. Eso que me decía en la cabeza de festejar el campeonato en Bariloche me parecía una pelotudez, nada me importaba menos cuando vi tu cara.
Mirar la copa, pasarla por al lado cuando nadie se la merecía más que vos, que nosotros.
El 2018 ya me encontraba viviendo en Capital, lejos de casa, viendo el primer Mundial lejos de mi familia y estaba tan enojada. Todo lo que pasaba alrededor de la Selección me indignaba. Las cosas que decían de vos, el dolor de las finales perdidas. A ese pelado muerto de Sampaoli no podía verle la cara, se encargó segundo a segundo de darle de comer al cabaret de los periodistas que tanto mal le hacía al equipo.
Estaba tan enojada que el día del partido con Francia me fui a entrenar. Creo que fue el primer y único partido de la Selección que me perdí en mi vida desde aquella primera vez que te vi.
Llegó el 2021, la pandemia todavía nos respiraba en la nuca. La Copa se había atrasado un año y en el medio se había muerto el Diego. La reestructuración de la Selección estaba en tela de juicio, tenía todo por demostrar. Y cuando empezó la competencia yo lo vi, Leo, lo vi en tus ojos.
Tenías otro brillo y otro gesto en la cara. Estabas decidido por todos nosotros.
Lloré tanto cuando se terminó el partido de la final, que el mozo del bar donde estaba me trajo de regalo un Negroni. Te vi levantar la Copa América mientras los argentinos volvíamos a salir a las calles, a encontrarnos, a abrazarnos y a celebrar juntos.
Y cumplí mi sueño de pueblerina, de tu mano, de ir a festejar un campeonato de la Selección al Obelisco. Para mí, el 2021 fue mucho más que ganar, fue como volver a vivir.
El 2022 fue un realismo mágico. Un Mundial en diciembre, una final a seis días de la Navidad. Cruzabas la mirada con cualquier ser humano y estábamos todos pensando lo mismo, deseando lo mismo.
Tu cara estaba en todos lados. Yo prendía velas todos los días, te curaba el ojeo cada vez que me acordaba. No podía pensar en otra cosa que en vos.
Y se dio, Leo, se te dio, se nos dio. Cómo no podía ser de otra forma. El sueño que se hizo realidad fue días enteros de un país entero, que encontró una felicidad imposible de describir.
Y henos aquí, en el 2026. 39 años, ¿de qué planeta viniste? Mi papá me escribió cuando terminó el partido con Argelia:
“Qué locura este marciano. No puede ser más genio. Dios mío, qué crack.
Que se retiren los otros… jajajaja.
Increíble. Se divierte.
Lo disfruta y nos regala alegrías. Es Papá Noel”.
Papá Noel, no te queda nada mal el apodo. Una Navidad más con todos los chiches. Ganarle así a Inglaterra, lo único que nos faltaba vivir juntos, y de yapa otra final.
Nunca te cansaste de dar, Lionel, nunca. Y mientras todo eso pasaba, vos estabas ahí. No tenías idea de quién soy yo, o mis amigos, o mi familia. Y estabas ahí.
Cada año que pasaba, estuviera donde estuviera, caminaste al lado mío durante veinte años.
Fuiste alegrías de mi infancia, de mi adolescencia y de hoy. En cada casa donde he vivido fuiste un grito de alegría que contuvieron sus paredes. En los viajes con desconocidos fuiste tema de conversación, en los cambios fuiste constancia, en las personas que llegaron y en las que se fueron fuiste una ilusión que nos unió.
Fuiste encuentro con desconocidos, fuiste nervios, fuiste sentido y también fuiste dolor.
Y te critiqué, Leo, muchas veces con dureza. Por el mismo motivo que hoy te admiro tanto.
Yo quería saber si, además de ser el más talentoso, ibas a elegir realmente ser el mejor del mundo. Y lo hiciste, Lionel, te constituiste a vos mismo, entrenaste tu ser, mucho más allá de cómo movías las piernas.
Por eso, cuando pienso en vos, pienso en todo lo que nos dejás, donde tu magia, los goles y los títulos son poca cosa. Pienso en tus elecciones, pienso en tu fortaleza, pienso en el hombre que sos, en tu simpleza.
Pienso, sobre todo, en que pudiste elegir muchas veces y muchas cosas, y siempre elegiste Argentina.
Elegiste venir, elegiste volver, elegiste ponerte esta camiseta incluso cuando pesaba y dolía. No elegiste irte, incluso durante años en los que parecía que nada alcanzaba.
Y no solamente elegiste a la Argentina: elegiste ser para la Argentina. Elegiste llevarte hasta el límite por Argentina, elegiste construir la mejor versión de vos mismo, trabajar, perfeccionarte, ordenar tu cabeza, aprender a liderar, construir un grupo y convertir todo lo que eras capaz de hacer en algo que pudiera darle felicidad a tu gente.
Si, Lionel, puede que hoy ya hayan pasado todos tus goles, pero nunca vas a dejar de pasar.
Sos para siempre el abrazo con mis compañeros de 4º grado. Sos los mensajes de festejo de mi papá. Sos el beso con mi novio debajo del Obelisco. Sos el tatuaje de mi brazo derecho. Sos la foto que nos sacamos con mi hermano en el 2022, que todavía es el fondo de pantalla del teléfono de mi mamá. Y sos, sobre todo, la sonrisa fervorosa de mi patria.

Gracias por haber caminado al lado nuestro todos estos años. Gracias por elegirnos tantas veces. Gracias por enseñarnos que ser el mejor no es solamente llegar más lejos que los demás, sino hacer de todo lo que uno es capaz algo que pueda volver a su gente.
Y, sobre todo, gracias por haber hecho de tu historia una parte tan hermosa de la nuestra.
Lionel, que nos has dado las alegrías más largas y las tristezas más cortas, ¿qué cosa más linda podría decirte? Yo te amo.
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