
COMUNIDAD
Crónica de un viaje de ida – Lado B
10 de Abril de 2026
Por: Ludmila Chalón
Hay viajes que no se miden en kilómetros sino en lo que dejan dentro del cuerpo. Este recorrido al sur, al más verdadero sur, hacia la vigilia de Malvinas en Río Grande no fue solo una experiencia comunicacional o política, ni fue una travesía geográfica de 3100 km: fue una inmersión en aquello que nos une cuando todo parece fragmentarse.
Entre el frío extremo, el viento y los amigos, lo que apareció no fue una idea de soberanía, sino algo más profundo: una certeza que ser argentino se siente antes de poder explicarse.
Viajar antes de partir
Hay invitaciones que no se analizan: se obedecen.
La propuesta que llegó allá por febrero de mano de Agustín, mas que una invitación fue un llamado. Y los que podíamos dijimos sin dudarlo que sí.
Malvinas tiene esa cualidad extraña: no es una causa. Es más bien una fibra, tiene algo que se siente antes de poder explicarse. Una de las pocas verdades comunes que nos quedan a los argentinos. Pero también es otra cosa: es herida, es deuda y es memoria en disputa.
Sabíamos que ir era, en algún punto, ir a comprobar de qué estaba hecho ese sentir en común.
Pero no todo es consigna, en mi caso, había también una deuda personal. La isla no es solo una provincia: es el lugar donde nació, creció y vive una de las personas más importantes de mi vida. Durante años escuché hablar de ese sur como si fuera un idioma propio, cargado de afecto, de paisaje, de pertenencia. Había algo pendiente ahí, que me llamaba hacía años, algo que no tenía que ver con la política o la profesión sino con esa lealtad de la vida.
Y entonces por fin se dio.
Los pasajes se sacaron, los grupos se armaron y la expectativa empezó a crecer en ese lugar extraño donde se mezclan la ansiedad, la alegría y una intuición de que algo importante está por pasar.
Yo viajé unos días después porque iba a ser más prolongada mí estadía en la isla. Pero la realidad es que desde que llegaron mis compañeros, con sus fotos y sus audios, ya estaba allá.
Cuando finalmente el martes aterricé en Ushuaia y después llegué a Río Grande hubo una sensación inmediata, casi física, de estar entrando en otro ritmo.
A diferencia de lo que todos pensaríamos, lo primero que apareció, antes incluso que el frío, fue la hospitalidad. Los fueguinos han tenido una forma de recibirnos que no fue sólo amabilidad, sino una calidez activa, presente y militante de sus tierras. Como si cada gesto dijera: sabemos por qué están acá, son parte y son bienvenidos.
Nos recibieron con una generosidad infinita y atenta . Y en ese contraste, el sur te enfriaba el cuerpo y la gente se encargaba de devolverte la temperatura.
(Mí) Día 1 – El cuerpo: aprender a sentir
Si algo tuvo este viaje, fue cuerpo.
Esa mañana del martes 31 en Buenos Aires había sido insoportable. Treinta grados a las 9:00 am, una humedad ahogante. Las paredes de mí casa TRANSPIRABAN. Un par de horas después, Río Grande me recibió con -4° y un viento que no te dejaba escuchar.
No hay forma de prepararse para eso. El cuerpo recibe la cachetada y poco a poco se adapta a los ponchazos.
Abrí la puerta y estaban ellos. Mis compañeros, los míos, y también los otros (que ahora también son míos) que ya me esperaban con curiosidad y afecto por la fama que los míos míos, me habían hecho.
Nos pasaron a buscar y esa tarde nos esperaba el Foro Por La Soberanía. Un evento nuevo, que desbordaba de gente el lugar. Veteranos, funcionarios, académicos ahí reunidos discursando palabras tan acertadas y sentidas. Y para el final del evento apareció una imagen que lo ordenó todo: el intendente de La Quiaca que nos llenó de fervor con ese calor tan propio de nuestra gente del norte.
Allí esa famosa frase que habla de la vastedad de nuestro país: “De Ushuaia a La Quiaca”, ya no era una frase no más, sino una realidad territorial de 6000 km de puro suelo argentino. Dos extremos del país que compartieron el mismo espacio por la misma causa.
Pienso que tal vez de eso se trata Malvinas: de lo poco que puede juntar sin discusión los extremos más lejanos del país.
La noche siguió con la choripaneada más austral del mundo y después en un bar donde nos reímos y charlamos toda la noche.
1ero de Abril – El viento: Todo lo que no se puede explicar
Miércoles 1ero de Abril. Despertamos y nos esperaba la Misión Salesiana con algo más que paisaje: el violento viento.
No es viento fuerte. No es un viento molesto. Es otra cosa. Es una fuerza que te empuja, que te obliga a hacer esfuerzo para caminar, para hablar, para escuchar, para conservar el calor. Cada paso era una decisión. Las ráfagas de ochenta y seis kilómetros por hora nos sacudían en el recorrido por la misión.
Creo en este punto que decirlo no alcanza. Es muy difícil de explicar la experiencia del viento. Te atraviesa, te invade, te borra la voz. Es una forma impusta de silencio muy ruidoso.
Y sin embargo, en ese mismo lugar hay producción, hay trabajo, hay vida resistiendo al clima y a las pocas horas de sol. El esfuerzo de los isleños por autoabastecerse, hacerlo con alimentos de calidad y fomentar la producción local es inspirador.
Almorzamos, paseamos y nos preparamos porque esa noche llegaba la vigilia.
Llegamos alrededor de las 20:00 hs. Comenzamos con la misa que se celebró en la carpa de la dignidad de los veteranos. Una misa en plena Semana Santa, que para quienes seguimos la liturgia, le dio una profundidad distinta. Al salir de ahí, nos recibía la noche ya cerrada, con una luna llena enorme saliendo desde el mar, como si el cielo también quisiera ser parte del escenario de esa velada.
Con ese clima, todo rápidamente empezó a intensificarse.
Me tocó entrevistar a un veterano, Espósito. Fue tan generoso con su tiempo y sus relatos. Tan claro y sentido en sus palabras. Para el final de la nota le pregunté cómo recordaba las islas y me describió a detalle su clima, el viento, la estepa. Yo miraba a mí alrededor y veía ahí mismo todo lo que me estaba describiendo.
Fue imposible no sentir como se me cerraba la garganta de la emoción y cuando terminamos me miro con mucha seriedad y dulzura y me dijo algo que me quedó grabado: que ellos están grandes y cada vez les cuesta más seguir con esta lucha y esta memoria, y que pronto llegaría el momento donde todo esto quedaría en nuestras manos.
Nos agradeció mucho por el trabajo de comunicación y difusión que hacemos y nos dimos un abrazo fuerte de despedida.
Espósito no nos dijo eso como una consigna, nos lo dijo como quien entrega algo. Sin conocernos, confía en que esos tres chicos que lo rodeaban podíamos llevarnos algo de su legado y el de tantos otros de sus compañeros que pusieron su vida a disposición de la patria.
Malvinas no es un hecho histórico, un pedazo de tierra o una experiencia. Es una herencia.

La noche siguió y cada uno encontró su propio momento de quiebre. Algunos en la misa, otros en los relatos, otros cuando sonó la alarma de las doce que anunciaba que ya era 2 de abril. Y siempre después del correr de una lágrima aparecían los abrazos de todos los amigos para acompañar.
Esa noche el viento me hizo pensar todo diez veces. Uno conoce la historia y la siente, pero el frio penetra las capas de ropa y el espíritu a medida que corren las horas parados frente al mar. Pensé en esos pibes de dieciocho años luchando bajo ese mismo clima. Pensé en su mal abrigo, en la violencia y el hambre y otra vez me puse a llorar. Y entendí que hay cosas que aunque se conozcan, solo se terminan de comprender cuando te pasan por el cuerpo.
Y me emociono aún más cuando hablo con ellos y no encuentro ni en sus ojos, ni en sus palabras enojo, a pesar del dolor, de los destratos del Estado, de la indiferencia de una parte de la sociedad, veo y escucho compromiso y esperanza. Y eso es de una grandeza difícil de explicar.
Volvemos al refugio y poco a poco recuperamos calor, a dormir se ha dicho que mañana sigue el acto por Malvinas.
2 de Abril – El legado: lo que no necesita ser explicado
Hay cosas que no se enseñan con palabras. Desfilaban por las calles de Río Grande desde la 11 am todas las banderas de todas las instituciones sociales y educativas de la ciudad, acompañados por las fuerzas de seguridad y bandas militares
Los nenes de jardín de infantes llevaban sus banderitas por el desfile con alegría y a paso firme. Con el viento y el frío apenas se le ven los ojos debajo de todo el emponche que llevaban encima.
Los padres que los acompañan nos comentan que independiente del clima, los chicos piden ir y se enojan si no los llevan. Y ahí estaban, esos chiquitos que apenas conocen la historia, pero de alguna forma lo entienden todo.
Nenes de cuatro años que caminan por varias cuadras, con mucho frío, presentes, sosteniendo con sus manos llenas de futuro, la bandera nacional. Portan un emblema y una causa que tal vez no entiende, pero si sienten propia.
Veo en esa escena legado, un gesto que une niños con veteranos, argentinos que de alguna forma transitan el mismo compromiso de portar con el cuerpo de uno, lo que es de todos. Veo pertenencia.
Después del acto y el desfile nos esperaba un guiso caliente para todos. 10 mil platos de guisito de lentejas reconfortante y delicioso para cerrar esa hermosa jornada.
Regresé al albergue, me cambié y fui a visitar a la madre de mi amigo que me esperaba con un delicioso té de fruto de calafate para ponernos al día y también para contarme cómo fue vivir ahí en Río Grande con 12 años la guerra.
Me cuenta como en abril del 1982 comenzaron los simulacros de bombardeos en el colegio, luego tuvieron que tapar todas la ventanas y puertas por los apagones totales a los que estaba sometida la ciudad y haber visto toda su vida y la de su familia cambiar por completo y para siempre en esos meses que duró la guerra.
Me cuenta de las mujeres de la ciudad cocinando para alimentar a los batallones. El hotel de su familia tomado por las fuerzas para operar allí. El arribo de los heridos y esos pocos soldados que quedaron allí, en esa ciudad tan pequeña y distinta a lo que es ahora, rondando, destruidos psíquica y anímicamente. De héroes de la patria, a parias.
La charla con ella me abrió otra ventana, las diferencias sustanciales entre las vivencias de la guerra en el territorio continental y en la isla. Recuerdo todas esas charlas con mis padres, abuelos y profesores sobre Malvinas, recuerdo siempre escucharlos hablar de haber estado pendientes de las noticias, haciendo donaciones, escribiéndole cartas a los soldados, todas experiencias de 3000 km de distancia. Con Fabiana me encuentro a una mujer que todavía deja hablar a esa niña de 12 años que tuvo que meterse debajo de los pupitres, dejar el colegio, escuchar día tras día las sirenas, ver los heridos y finalmente irse de su casa para estar a salvo del horror de la guerra.
Mis padres, mis abuelos, mis docentes no escucharon sirenas ni estuvieron en simulacros de bombardeo, tampoco abren la ventana de sus casas y ven la misma nieve que cae sobre las islas, el mismo clima, el mismo paisaje. Río Grande no es como Malvinas, es Malvinas y eso deja marcas distintas.

Me voy apurada, después de muchos abrazos y promesas de regresar pronto, a ver el acto cultural que cerraba la noche. Un ballet que recupera con arte la historia de la guerra y de los pueblos originarios del lugar; y varios cantantes que le dedican su voz y sus poesías a esos únicos paisajes del sur.
Nos aguarda al salir un asado bien fueguino, es decir un asado sin cortes con hueso. Tomamos unos vinos y bailamos entre compañeros toda la noche. Se acerca el final y entre risas pienso en lo ambigua que puede ser la vida. Porque esas Malvinas que duelen, también pudieron ser para nosotros esta suerte de viaje de egresados nacionalista, pudo ser disfrute, amigos y encuentro con el otro.
Pienso que quizás ahí radica el verdadero sentido de lo que estábamos haciendo en Tierra del Fuego, unir y resignificar lo que duele desde la sonrisa y el amor.
Día 4 – La despedida: después de todo alegría
Después de tanta intensidad de actividades y emociones, se acercaba el final. Nos aguarda de camino a Ushuaia en el Paso Garibaldi una nevada copiosa que engalana tremendo paisaje y nos pone a jugar como niños. Todo blanco, el fenómeno meteorológico más mágico del planeta. Pronto el frío quema las manos y hay que seguir viaje hasta la capital.
Ya en Ushuaia celebramos el último almuerzo en una mesa larga larga. El cordero al disco en Isable nos hace salivar. Brindis y despedidas, y un compromiso de volver en el 2027.
Mis compañeros se fueron subiendo a sus aviones, a mi me quedaban unos cuantos días por allí para disfrutar de unos días de descanso. Anido en el departamento de mi amigo que, pese a su ausencia por cuestiones laborales, me abrió sus puertas tan generosamente, y por lo próximos días será mi hogar.
Me reciben las imponentes montañas nevadas, la bahía despejada y una loza radiante que se volvería mi nueva mejor amiga.
Los proximos dias me dediqué a pasear, a descubrir todos los rincones que estaban a mi alcance y no me entraba en la cámara del teléfono de tanta belleza. Pasée, navegué, cabalgué, caminé, pasé pascuas con la prima de mi mamá que vive allí con su familia desde hace un par de años, leí y compré cosas sobre los Selk’nams, me hice amigos, comí rico y calentito y descanse del ritmo y de la humedad de la ciudad.
La isla tiene mucho encanto, es aún hoy un refugio para muchos que escapan de algunas muchedumbres locales del continente. También fue una promesa de prosperidad para miles de argentinos que poco a poco la fueron poblando.
La hospitalidad con la que nos han recibido todos hace que lo lejano parezca cercano y que también nos pertenece. Que la Tierra del Fuego es tan nuestra como cualquier otro rincón de la patria, aunque estemos desaclimatados.
Me despido de Ushuaia el miércoles, le dejo a mi amigo una carta sobre la mesa agradeciendo su generosidad y la de toda su familia y cierro con algo que decía más o menos así: Amigo, todos estos años viví el sur a través de tus ojos, a través de tu relato y tu cariño. Ahora que lo conocí puedo decir que es también mío.
En este país infinito tenemos que empezar a sentir de una vez por todas, que todo es de todos. Mi pampa húmeda del norte de la provincia de Buenos Aires es tan mía como la selva misionera, como el viento zonda cuyano y como el frío del sur. Empezar a habitar esa totalidad es esencial para la defensa y cuidado de la patria.
Porque después de este viaje hay algo que ya no puedo dejar de pensar, hay experiencias que no terminan cuando uno se va, sino que ahí empiezan.
Como Tierra del Fuego, ¿fin del mundo o principio de nuestro todo?

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