16 de junio de 1955: el día que la oligarquía mató al pueblo

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16 de junio de 1955:
el día que la oligarquía
mató al pueblo

16 de Junio de 2026

Por: David Pizarro Romero

La masacre de Plaza de Mayo, los granaderos, el héroe olvidado Ernesto «Muñeco» Adradas y el origen de la impunidad que nos sigue doliendo.


La situación política y social venía tensa desde hacía meses en aquella Argentina de 1955. La oligarquía no podía soportar que los trabajadores tuvieran vacaciones pagas, aguinaldo, estatuto del peón rural, que los pibes fueran a la universidad, que las minas votaran y que encima, un tipo como Perón, que no era de ellos, estuviera sentado en la Casa Rosada. Ya lo habían intentado todo: golpes de Estado fallidos, atentados, complots. Pero en las urnas no podían ganar.

En 1954, cuando se votó para cubrir la vicepresidencia tras la muerte de Hortensio Quijano, el peronismo sacó el 62,54% de los votos. Sesenta y dos con cincuenta y cuatro. Esa cifra les daba miedo. Porque demostraba que el pueblo los había elegido, y que los elegiría de nuevo.

Así que había que hacer algo. Algo más radical. Algo que les dejara sin margen de duda: un escarmiento a la población en el lugar de manifestación de las masas.

Y ahí aparece parte de la Iglesia. Ojo, no toda la Iglesia, porque muchísimos curas de barrio estaban con el pueblo y con Perón. Pero la jerarquía, la que se juntaba con los ricos, la que bendecía las bayonetas, esa sí. El conflicto venía desde 1954, cuando Perón impulsó la ley de divorcio y después eliminó la enseñanza religiosa en las escuelas públicas. Para el establishment católico, eso era declarar la guerra. Para la oposición, era la excusa perfecta.

El 11 de junio de 1955, en la procesión de Corpus Christi, una bandera argentina fue quemada. Los diarios dijeron que fueron «extremistas peronistas». Después se supo que había sido un agente de policía infiltrado, pero eso no importaba. La versión ya estaba instalada. Los católicos antiperonistas y la Marina se frotaban las manos. Había que «desagraviar» a la bandera. Y qué mejor manera que con un desfile militar en la Plaza de Mayo, el lugar más sagrado de la argentinidad, el lugar donde las masas se juntaban a escuchar a Perón.

Las 11:30: el cielo se oscurece

Ese 16 de junio era jueves, frío, nublado. La plaza se fue llenando de gente. Muchos habían ido a ver el desfile militar en honor al general San Martín. Otros, simplemente, pasaban por ahí, haciendo los trámites de un día cualquiera. Había oficinistas, amas de casa, pibes, viejos. Gente laburante, de la que se levanta temprano y vuelve tarde. Nada que ver con los que después iban a festejar la masacre.

Cerca del mediodía, el cielo se oscureció. Pero no eran nubes. Era una formación de cuarenta aviones de combate, un batallón de infantería y un grupo de 150 civiles armados. Algunos llevaban pintado en el fuselaje «Cristo Vence». La hipocresía, la misma de siempre: matar por razones personales usando el nombre de Dios.

El jefe aviador golpista, capitán Néstor Noriega, se negó a posponer el bombardeo a pesar del pronóstico adverso. «¡A esto lo terminamos cantando el himno en la Plaza de Mayo!», arengó antes de ordenar ir a las máquinas. Ordenó un ataque en línea, un avión tras otro, una escuadrilla tras otra, con reabastecimiento en Ezeiza y Aeroparque. Más de nueve toneladas de explosivos.

¿Cuántas bombas? La primera impactó contra un trolebús repleto de pasajeros. Treinta y cinco muertos de una sola vez. Después, más bombas sobre la Casa Rosada, sobre el Ministerio de Hacienda, sobre la gente que corría despavorida. Ametrallaron a los transeúntes, a los que se asomaban a los balcones, a los que intentaban ayudar. Los pilotos, desde arriba, veían el infierno que habían creado y seguían tirando.

El saldo final: más de 300 muertos. Ese día en Buenos Aires hubo más muertos que en el bombardeo a Guernica. Y más de 1200 heridos. Hombres, mujeres, chicos. Gente que fue a la plaza a ver un desfile y se encontró con el infierno.

El objetivo explícito era terminar con el gobierno de Perón. Pero el objetivo no dicho, el que realmente importaba, era uno solo: un escarmiento a la población, la idea fue establecer el límite de la próxima insurrección. Y el límite es que no habría límites.

Perón estaba en la Casa Rosada cuando empezaron a caer las bombas. Logró refugiarse en el subsuelo del Edificio Libertador, a unos metros. Desde ahí, escuchó las explosiones. No era la primera vez que intentaban matarlo, pero esta era diferente. Esta vez no tiraban contra él, tiraban contra el pueblo. Porque matarlo a él hubiera sido un premio, un golpe de suerte. El objetivo real era otro: sembrar terror en el lugar donde las masas se sentían dueñas de su destino.

El héroe que no fue reconocido

Acá quiero hacer una pausa, porque en medio de ese infierno, hubo militares leales que defendieron al pueblo argentino y a su gobierno democráticamente elegido. Y esos argentinos, injustamente, no están en los libros de historia. Podríamos hablar de los granaderos que tuvieron 9 muertos (soldados conscriptos todos con 21 años de edad) y 25 heridos (19 conscriptos, 3 oficiales y 3 suboficiales). No es de extrañar que la lista de muertos en esta acción guarde semejanza en un punto, con el parte de batalla de San Lorenzo, bautismo de fuego de los granaderos, ya que ambas listas de muertos en combate estaban encabezadas por un granadero de apellido Baigorria.

No solo en la tierra estaban los defensores de la Patria, la Fuerza Aérea también tendría héroes. Uno de estos fue el Primer Teniente Mario Olezza, futuro héroe antártico, otro se llamaba Ernesto Jorge «Muñeco» Adradas. Nació un 10 de agosto, el mismo día en que la Fuerza Aérea Argentina festeja su aniversario. Como si el destino lo hubiera marcado. Hizo el curso de aviadores militares y obtuvo el brevet de oro al mejor piloto de su promoción. Era uno de los mejores pilotos de caza de la Argentina y por eso, con el grado de teniente -joven para ese rango- fue destinado a volar el avión insignia de la Fuerza Aérea: el caza a reacción Gloster Meteor.

El 16 de junio de 1955, cuando empezaron a caer las bombas, el comandante en jefe de la Fuerza Aérea, brigadier Juan Fabri, ordenó que una escuadrilla de aviones partiera de inmediato de la base aérea de Morón con la orden de derribar todo avión que se encontrara en el aire. Adradas formó parte de esa escuadrilla.

Se enfrentó a los aviones rebeldes, un grupo de AT-6 Texan pilotados por el teniente de corbeta Máximo Rivero Kelly y el guardamarina Armando Román. El combate se produjo a baja altura sobre el Aeroparque Jorge Newbery y el Río de la Plata. Adradas, con su Gloster Meteor, abrió fuego con sus cañones de 20 mm. El Texan del rebelde Román cayó bajo los cañones de Adradas. Román pudo saltar en paracaídas y cayó al río. Adradas logró así el primer derribo de la Fuerza Aérea Argentina y el primer derribo realizado por un avión a reacción en todo el continente americano.

Pero eso no es todo.

La acción del Muñeco Adradas detuvo por dos horas tres oleadas de bombardeo. Un tiempo valiosísimo que permitió que mucha gente se pusiera a resguardo. Así salvó a miles de inocentes. Mientras los aviones golpistas seguían su ruta de muerte, Adradas les plantó cara. Y los hizo retroceder.

Y sin embargo, en lugar de ser reconocido como héroe, fue castigado.

Después del bombardeo, cuando los golpistas tomaron el poder en septiembre, Adradas fue juzgado y dado de baja de la Fuerza Aérea. Lo torturaron. Lo expulsaron. La misma Fuerza Aérea que él había defendido con su vida lo abandonó. Porque la historia oficial, la que escribieron los «libertadores», no podía tolerar que un peronista hubiera sido el héroe. No podían reconocer que el mejor piloto de la Fuerza Aérea había sido un leal al gobierno constitucional. Así que lo borraron. Lo hicieron invisible.

Pero el «Muñeco» no se rindió. Fiel a sus ideas y principios, ingresó como piloto en Aerolíneas Argentinas y fue parte de la Resistencia Peronista, cumpliendo tareas de correo clandestino entre los dirigentes partidarios y el General Perón en su exilio, trayendo y llevando cartas y documentos en total secreto. Y como justo premio a su accionar, en junio de 1973, integró la tripulación del avión de Aerolíneas Argentinas que trajo definitivamente al General Juan Domingo Perón a su Patria.

Muchos han llamado a las acciones de la aviación naval y de la Fuerza Aérea «bautismo de fuego». No lo fue. Y yo quiero dejarlo claro.

El «bautismo de fuego» se da en una guerra, como saben bien los pilotos que combatieron en Malvinas. El bautismo de fuego de la Fuerza Aérea y de la Aviación Naval fue en Malvinas, el 1° de mayo de 1982, cuando nuestros aviadores enfrentaron a los Harrier y a los buques británicos en defensa de la soberanía nacional.

Lo del 16 de junio de 1955 no fue un bautismo de fuego. Fue un enorme atentado terrorista. El más grande que nuestro país haya sufrido en su historia. Argentinos matando argentinos. No había una guerra, no había un conflicto con otro país, no había siquiera un piquete. Había una ciudad abierta e indefensa, y unos aviones que tiraban bombas sobre su propia gente.

El «bautismo de fuego» es el de Malvinas, cuando nuestros pilotos defendieron la soberanía nacional frente a una potencia extranjera.

Esa noche, los sublevados se rendían en el Ministerio de Marina y los pilotos huían a Uruguay para ser recibidos como héroes por el gobierno de Batlle, cuando se trata de cobijar a los enemigos de la Patria, siempre Uruguay está presente, pasó en la época de Rosas, pasó en el 55, no son todos los uruguayos, pero siempre un uruguayo.

Por otro lado, la CGT convocó a los trabajadores. Miles de ellos llegaron a la Plaza de Mayo. A defender lo que quedaba de ese gobierno que ellos habían votado. Eran trabajadores, laburantes, los mismos que los diarios de la oligarquía llamaban «negrada», «aluvión zoológico», «cabecitas negras».

También hubo furia. Manifestantes oficialistas incendiaron la Catedral Metropolitana y diez iglesias más. La Basílica de San Francisco, la preferida de Evita, también ardió. Los libros de historia oficiales siempre ponen el foco ahí: «los peronistas quemaron iglesias», pero se olvidan que la Curia porteña bendijo a los golpistas y lo más importante se olvidan del motivo que los trabajadores exaltados tuvieron para cometer esos desmanes.

Esa noche, Perón habló al país. Pidió calma. Alabó a los militares leales y al pueblo que salió a defenderlo y además dijo que iba a formar un consejo de guerra para juzgar a los golpistas.

El problema es que la justicia, en este país, siempre llega tarde o no llega. Porque los golpistas fueron juzgados, pero nunca condenados. Los pilotos huyeron a Uruguay y volvieron tres meses después, cuando el golpe ya estaba consumado. Y los recibieron como héroes. Los mismos que tres meses después asesinaron a civiles y bombardearon a su pueblo, fueron llamados «libertadores» por la prensa hegemónica y por los partidos tradicionales.

Tres meses. Eso tardó el antiperonismo en rematar el trabajo. El 16 de septiembre de 1955, los mismos militares que habían bombardeado la plaza, con el apoyo de los mismos civiles que habían conspirado -Miguel Ángel Zavala Ortiz de la UCR, Américo Ghioldi del Partido Socialista, los nacionalistas católicos- consumaron el golpe de Estado. La autodenominada «Revolución Libertadora» tomó el poder, proscribió al peronismo, fusiló a los militares leales que intentaron defender la Constitución, devaluó la moneda y firmó el primer acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

El 16 de junio de 1955 fue el semillero de la dictadura de 1976. Ahí están los nombres: Osvaldo Cacciatore (futuro intendente de Videla), Emilio Massera (el genocida que después fundó el ESMA), Carlos Suárez Mason, Horacio Mayorga, Máximo Rivero Kelly. Todos ellos, pilotos o jefes de la marina ese día. La escuela de la muerte empezó ahí.

El 16 de junio no es una fecha para llorar nomás. Es una fecha para entender. Para entender que la oligarquía argentina, cuando no puede ganar en las urnas, gana con bombas. Para entender que los medios hegemónicos, los mismos que hoy defienden a los que entregan el país, fueron los mismos que llamaron «libertadores» a los que bombardeaban a su pueblo. Para entender que los partidos tradicionales, la UCR, el Socialismo, el PC, la Democracia Progresista, todos ellos, estuvieron del lado de los que mataban.

Pero también es una fecha para entender que el pueblo argentino tiene una resiliencia que no entiende la oligarquía. Que después del bombardeo, los trabajadores fueron a la plaza. Que después de la proscripción, organizaron la resistencia. Que después de la dictadura de 1976, volvieron a llenar las plazas. Que hoy, en medio de un gobierno que desprecia los derechos humanos, la soberanía y la memoria del pueblo, hay miles de argentinos que se organizan para defender los intereses nacionales.

Y aunque han intentado reescribir la historia, la verdad siempre sale a la luz. La historia la escriben los que sobreviven, los que resisten, los que no olvidan. Y nosotros, los que estamos acá, los que leemos, los que hablamos, los que enseñamos, estamos escribiendo la historia. La historia verdadera, que a veces duele e incomoda. La que nos hace entender que lo que pasó el 16 de junio de 1955 no fue un hecho aislado, sino un capítulo más de una larga guerra contra el pueblo argentino.

Desde El Aluvión, nuestro sentido homenaje a aquellos que murieron a causa del odio de aquellos subordinados al extranjero y nuestra admiración por aquellos que lucharon en el aire y en la tierra contra quienes se levantaron contra el pueblo argentino.

¡Viva la Patria y vivan aquellos que se ponen de pie para defenderla!

  

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