“Después de Perón ¿qué significará ser peronista?”

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“Después de Perón
¿qué significará ser peronista?”

1 de Julio de 2026

Por: Tiago Marín

La estrategia que murió con él hace 52 años y el ejemplo que nadie pudo (ni quiso) imitar.


El 1° de julio de 1974, a las 13:15, el corazón del General Juan Domingo Perón dejó de latir en la Quinta Presidencial de Olivos. El parte médico consignó: «Insuficiencia cardíaca aguda, bronconeumonía bilateral». Esa misma tarde, María Estela Martínez de Perón asumió la presidencia entre llanto y lágrimas, definiéndolo como «un apóstol de la paz y de la no violencia, que ha dado a su Patria y al continente latinoamericano la más grande expresión de grandeza y humanismo cristiano».

La gente comenzó a agruparse en silencio en las calles. No había consignas, no había banderas, no había discursos. Se reunían frente a las radios, frente a los diarios, en la Plaza de Mayo. Era el mismo pueblo que había salido a rescatarlo el 17 de octubre de 1945 en esa plaza, pero con la carne viva de saber el peso de la historia. 17 años de proscripción y el plomo en la sangre de las bombas y los tiros recibidos. Los testigos que vivieron aquella tarde de 1974 dicen que el silencio era más elocuente que los gritos. No era el duelo por un hombre. Era la conciencia colectiva de que la estrategia que había dado sentido a la existencia de millones no podía desaparecer con él, pero tampoco podía sostenerse sin él.

No hace falta aquí enumerar lo innumerable de su obra y legado, ni tratar de cantar nuestra mística y sentimiento. Queremos descubrir qué nos pasó. El peronismo fue ante todo una estrategia para resolver los problemas de la Argentina. Desde su origen, nació de la confluencia de dos corrientes que habían madurado por separado durante décadas. La línea Nacional y la línea de Clase. La clase obrera argentina no llegó al 17 de octubre por casualidad. Llegó porque había recorrido un camino largo de lucha concreta, de aprendizaje en las derrotas, de ensayo de formas de organización que respondieron a los problemas que la conciencia inmediata planteaba. La primera huelga del continente en 1878, las mutuales de trabajadores, convertidas luego en los sindicatos de oficio y por rama industrial, desde las comisiones internas por fábrica hasta la huelga general, cada una de esas formas fue una respuesta a un problema concreto: cómo organizarse para enfrentar al patrón, al Estado, al Ejército y a la oligarquía. Y cada una de esas formas reveló sus límites en la práctica.

El anarquismo fue la escuela del coraje y el sacrificio. Y mostró en las masacres de la Semana Trágica y la Patagonia Rebelde que la abolición del Estado no era una estrategia posible cuando el Estado sencillamente te fusilaba. La mediación sindical sin poder político, que los socialistas y los comunistas habían ensayado, mostró en las huelgas de los años 30 que la negociación sin fuerza política era apenas un paliativo. La clase fue aprendiendo en la lucha misma que sus intereses no podían defenderse sin una intervención política integral, sin una estrategia que trascendiera el reclamo salarial y sin una conducción que pensara el conjunto.

El momento culminante de ese aprendizaje profundo fue la huelga de la construcción de 1936. Ese año los gremios de la construcción frenaron toda la ciudad por más de una semana. Pero no fue una huelga más, fue la primera demostración de que la clase obrera organizada podía paralizar al país y que su fuerza no era solo económica sino política. Pero también fue la demostración de que esa fuerza, sin una conducción que la orientara, se quedaba en el reclamo parcial. El caso de las huelgas de las costureras tucumanas, como toda la lucha de esa década marca la misma conclusión. La oligarquía no iba a ceder. La clase había adquirido una conclusión estratégica: la revolución debía hacerse «por dentro» del sistema, no por fuera de él. Pero esa identidad quedó huérfana de mediación política. No había una organización que pudiera traducir esa conciencia en proyecto de poder, que pudiera llevar la fuerza de la clase a la disputa por el Estado.

Había peronismo antes de Perón. La clase obrera ya había forjado una estrategia: la de integrarse al sistema como sujeto político y de derecho con la creación de la CGT. Por eso no fue una concesión de la oligarquía. Las victorias y derechos luego obtenidos no fueron un «estado de bienestar» a la europea, otorgado para contener el avance del comunismo. Fue el producto de décadas de lucha, de organización, de conciencia. La prueba está en lo que vino después: la oligarquía no mantuvo esas conquistas, las destruyó sistemáticamente. Siempre fueron una conquista del pueblo organizado.

Lo que le faltaba a la clase era la fusión con una conducción que tuviera una estrategia de poder y que pudiera darle forma política a esa conciencia. Y esa fusión fue posible porque, al mismo tiempo que la clase maduraba, un grupo de militares nacionalistas había comprendido que sin el concurso organizado del pueblo no hay transformación posible.

Por otro lado el GOU, el Grupo de Oficiales Unidos, fue el instrumento de la estrategia de Perón y su grupo. No fue una invención suya. Ya existía como una logia militar que buscaba derrocar el régimen fraudulento de la Década Infame. Pero fue Perón quien lo orientó, quien le dio un programa, quien comprendió que un simple golpe de cuartel no bastaba: hacía falta una revolución con contenido social y popular. Ese grupo de oficiales se sabía heredero de una tradición que la historia oficial había intentado enterrar: la línea de la soberanía nacional que venía de San Martín y Rosas. San Martín legó su sable a Rosas como reconocimiento a quien había sostenido el honor de la Nación contra las pretensiones extranjeras. Yrigoyen la retomó con la Reforma Universitaria y la creación de YPF. Perón, en 1943, la hizo propia. Los oficiales del GOU se miraron entre sí cuando Perón pidió la Secretaría de Trabajo y Previsión. No entendían el problema de clase que Perón sí entendía. Había cargos más importantes y más visibles. Pero Perón sabía que desde esa cartera podía hacer lo que ningún otro cargo le permitiría: estar cerca de los obreros y preparar con ellos la revolución social. Escuchar sus reclamos, responder a sus necesidades, afianzar su lealtad. La tarea de construir los «cien mil predicadores» ya estaba en marcha desde esa secretaría.

Perón no era un militar más. Era el cerebro político de una operación que venía gestándose desde su regreso de Europa, en 1941. Había recorrido el Viejo Continente y parte de la URSS en los años previos. Y había visto cómo las grandes potencias reorganizaron sus Estados, sus economías y sus relaciones con las masas. No copió fórmulas: era el siglo de los trabajadores y sus luchas. Vió las tendencias, las estudió, las entendió y las tradujo a la realidad argentina. Sabía que la clase obrera no era un objeto de la política sino un sujeto, y que sin ella no había transformación posible.

La fusión de ambas corrientes fue el milagro histórico que permitió al peronismo no ser solo un movimiento social sino también un proyecto de Nación. Por eso Perón pudo hablar de conducción estratégica y conducción táctica con la autoridad de quien sabía que no era un iluminado sino un intérprete. Si no entendemos estas dos líneas, se nos dificulta mucho entender nuestro devenir.

«Lo estratégico toma el conjunto de las operaciones. Yo en este momento soy el conductor estratégico; tengo cuatro misiones: mantener la unidad del Movimiento; mantener la unidad de doctrina; encargarme de las relaciones internacionales y revisar las grandes decisiones tácticas, que puedan tener influencia en la situación del conjunto» (Conducción Política).

Pero esa distinción acertada contenía también la semilla de su fragilidad: si la estrategia se encarnaba en uno solo, la desaparición de ese uno dejaría el campo de la táctica sin brújula. Esa fue la lección que el pueblo duela desde 1974.

Jauretche decía que en los años felices no se escribe historia, porque la historia se escribe cuando las cosas van mal, cuando hay que explicar la derrota. Esa es una de las razones por las que el peronismo ha sido más prolífico en relatos de resistencia que en memoria de realizaciones. Pero si no se entiende lo que se construyó entre 1943 y 1955 no se puede entender lo que se perdió después. Perón fue un estratega en todos los planos: económico, político, social, internacional, militar. Conducía. Supo nacionalizar los ferrocarriles y los seguros sin estatizar la economía; supo expandir YPF y crear Somisa; supo duplicar el salario real sin desequilibrar las cuentas; supo expandir la industria y el consumo popular sin renunciar al mercado externo; supo blindar la moneda y cerrar la deuda externa; el movimiento del pueblo trabajador de reconocerse a sí mismo los derechos adquiridos en la lucha mediante el uso del Estado. Todo eso no fue casualidad: fue el resultado de una estrategia integral que subordinaba la economía a la política, el capital al trabajo y la dependencia a la soberanía. ¿Por qué no fuimos capaces de imitar el ejemplo de ese varón argentino? Muchos se encargaron de borrar la doctrina, la experiencia y la memoria, seguimos tropezando con las mismas piedras y perdiendo en las mismas batallas.

El retorno

Perón volvió del exilio el 17 de noviembre de 1972. La multitud lo recibió en Ezeiza como si el tiempo se hubiera detenido. Pero la unidad que parecía restaurarse en la distancia se resquebrajaba en la cercanía. Los años de exilio habían permitido que el movimiento se fragmentara en interpretaciones diferentes de la misma doctrina. La fractura era más profunda: atravesaba a los sindicatos, a la juventud, a los cuadros intermedios, a los militantes de base. Por un lado, la autodenominada “tendencia revolucionaria” que había hecho de la lucha armada su método durante los años de la proscripción llegaba al regreso del General con la pretensión de imponer su interpretación de la doctrina, reclamando el “socialismo” como horizonte y la «liberación» como consigna. Por el otro, la línea histórica, la de los sindicatos que habían mantenido la organización gremial en pie durante 18 años de proscripción, entendía que la conducción del movimiento no se negociaba y menos con Perón vivo, y que la doctrina no se reinterpreta a voluntad. Pero entre ambos polos había una zona gris: dirigentes que oscilaban, militantes que no se reconocían en ninguna de las dos posiciones, y una base que seguía a Perón sin entender por qué sus propios compañeros se mataban entre ellos.

El enemigo, que eran el imperialismo, la oligarquía y la CIA, no necesitaba elegir bando. Solo necesitaba que la disputa no se resolviera. Sino azuzar estas contradicciones secundarias. No eran contradicciones irreconciliables. El tacticismo, la idea de que cada paso táctico era un fin en sí mismo, devoró la posibilidad de un acuerdo estratégico y, sobre ese grave problema, el imperialismo montó su operación.

El 20 de junio de 1973, el general Perón regresó definitivamente. Y ese hecho pinta de lleno el desenlace de los acontecimientos. El pueblo movilizado en Ezeiza, con una estimación récord de 3.000.000 de personas, la mayor movilización de la historia hasta ese momento. Por un lado la Tendencia queriendo ir adelante de todo, con la bandera más grande, para querer «romper el cerco» y mostrarle lo maravillosa que era la juventud. Por otro lado, el dispositivo de seguridad que debía protegerlo, montado por el coronel Osinde con el respaldo de López Rega, de donde empezaron los tiros. El pueblo volvió a sus casas desahuciadas sin haber podido recibir al General después de tanta lucha. No hay datos uniformes, pero se habla de 13 muertos. La fiesta más importante de los últimos 20 años de esa Argentina subsumida en disputas intestinas e intrascendentes. Perón tuvo que aterrizar en Morón, y ese día solo expresa su «profunda gratitud» al pueblo que lo trajo. Echó a Osinde al día siguiente y dio un discurso fuerte contra la tendencia:

«Llego casi desencarnado… Nada puede perturbar mi espíritu porque retorno sin rencores ni pasiones… Solo la de servir lealmente a la patria… O lo arreglamos todos los argentinos o no lo arregla nadie… Tenemos una revolución que realizar, pero para que ella sea válida, ha de ser una construcción pacífica, y sin que cueste la vida de un solo argentino. Solo el trabajo podrá redimirnos de los desatinos pasados. Y yo conozco perfectamente lo que está pasando en el país. Estamos viviendo las consecuencias de una posguerra civil que, aunque replegada o embozada, no ha dejado de existir. Los peronistas debemos retomar la conducción de nuestro movimiento y neutralizar a los que pretenden deformarlo desde arriba o desde abajo. No es gritando ‘la vida por Perón’ que se hace patria, sino manteniendo el credo por el que luchamos. Los que ingenuamente creen que van a poder copar nuestro movimiento se equivocan. Cuando los pueblos agotan su paciencia hacen tronar el escarmiento. Dios nos ayude si somos capaces de ayudar a Dios. La oportunidad suele pasar muy queda. ¡Ay de los que carecen de sensibilidad e imaginación para percibirla!».

Perón sabía que volver le iba a costar la vida y tuvo su primer infarto leve en esos días. Pero sentía que le debía la vida al pueblo. Fue esa no resolución de las conducciones tácticas en el terreno, esa incapacidad de las fracciones del movimiento para subordinar sus disputas a la estrategia,  lo que aceleró su muerte. No fue solo el corazón. Fue el desgaste de ver cómo la unidad que había construido con tanto esfuerzo se deshacía en disputas que él ya no podía resolver.

El 25 de septiembre de 1973, menos de dos días después de la victoria electoral por más del 62% en todos los distritos, la más alta de nuestra historia democrática, fue noticia que José Ignacio Rucci fue asesinado. Rucci era el secretario general de la CGT, el hombre que Perón había puesto al frente de la central obrera. Atribuido históricamente a Montoneros, estos nunca reconocieron el atentado.  Años después, Firmenich reconocería que el error político había sido no desmentir el crimen en su momento, pero sostuvo que ellos no lo habían ejecutado. Lo que quedó fue un relato construido, una versión que circuló y se instaló, útil para unos y para otros: para Montoneros, como instrumento de presión para exigir cuotas de poder a Perón; para la conducción del movimiento, como argumento para expulsarlos definitivamente. La verdad quedó sepultada bajo el peso de la guerra interna. Perón, al enterarse, dijo: «Me cortaron las patas». Era el punto de no retorno.

El contexto internacional agravó la situación pero no fue la única causa. La crisis del petróleo de 1973 había cuadruplicado el precio del crudo en pocos meses, afectando la balanza de pagos y la actividad industrial. El derrocamiento de Salvador Allende en Chile, el 11 de septiembre de 1973, había cerrado la última democracia del Cono Sur y la Argentina quedaba como la única excepción en un continente sitiado por dictaduras. La Doctrina de la Seguridad Nacional, impulsada por Estados Unidos, no admitía excepciones. Ese cerco sí que estaba cerrado.

Este racconto, de naturaleza rápida y por ende poco certera, nos basta para analizar el objetivo de este artículo. Queremos hacer propias las palabras de John William Cooke, el delegado de Perón en los años de la resistencia, que entre la inagotable correspondencia que se cruzaban con el General le había escrito una carta en el exilio que era un diagnóstico implacable de lo que vendría:

«Usted es como el motor que puede poner la maquinaria en movimiento, pero solo anda gracias a ese empujón inicial. Cuando falte usted, las piezas se desarmarán por completo. No estallará en mil pedazos: se irá deshaciendo, se desarmará solo. Porque la gente estaba allí por usted, sin usted, querrán ideas, soluciones estrategias: lo que esas direcciones no pueden darle.» Cooke también le advirtió: «Cuando Perón no esté, ¿qué significará ser peronista? Cada uno dará una respuesta propia, y esas respuestas no nos unirán sino que nos separarán.» Y fue aún más lejos: «Tal vez nos encontremos en los homenajes recordatorios, pero entre un partidario de las conciliaciones y un revolucionario no hay otro campo de entendimiento: no nos saludaremos como caballeros medievales, sino que nos degollaremos como corresponde a enemigos irreconciliables”.

El pueblo nunca abandonó. Seguimos a pesar del intento incesante de entierro. Lo que nos faltó fue entender eso que el movimiento perdió, la distinción entre estrategia y táctica. La estrategia define el objetivo final: la liberación nacional y social. La táctica es el paso a paso: se adapta, improvisa, pero siempre al servicio de la estrategia. Cooke escribió: «La conducción nacional no comprende su estrategia; se aferra a ciertos repliegues tácticos. La dirección ignora la gran política y se aferra a las pequeñas políticas”. Cuando el peronismo subordinó la táctica a la estrategia, avanzó. Cuando hizo lo contrario, cuando la táctica se volvió un fin en sí mismo, el resultado fue el desvío, el desgaste y la entrega.

El tacticismo es la muerte de la estrategia. La táctica que no se subordina a la estrategia se convierte en un fin en sí mismo, devora el horizonte. El movimiento que se reduce a la gestión de lo inmediato, que confunde la táctica con la política, que no piensa el largo plazo porque está atrapado en la supervivencia, es un movimiento que ya no es político: es administrativo. El día de la muerte de Perón el movimiento estaba fragmentado. Montoneros, expulsada de la Plaza el 1° de mayo, intentó tener nuevos acercamientos pero su relación con la conducción estaba rota. La persecución de la Triple A, gestada por López Rega y su grupo, se intensificaba cada vez más. El movimiento obrero, aunque golpeado y desorientado, no pudo ocupar el vacío. La CGT, que había sido la columna vertebral del movimiento desde 1945, veía cómo su conducción se desvanecía pero no se plegó a la deriva represiva. Un año después, el Rodrigazo sería el momento en que el movimiento obrero expulsaría a López Rega del gobierno. Pero para entonces la fragmentación ya era irreversible.

Perón, que había sido profesor de historia militar, sabía que la guerra era la continuación de la política por otros medios. La política es la capacidad de manejar las contradicciones sin que estallen en violencia incontrolable. La violencia, cuando se desata, ya no es política. En 1964, años antes de su regreso, Perón escribió a sus compañeros en el exilio: «Sobre las cosas de nuestro movimiento es necesario continuar manteniendo la unidad a toda costa porque en estos momentos no estamos en la tarea de purificar sino que tenemos frente a nosotros una operación que realizar. No importa pues tanto la calidad de nuestra organización como la eficacia con la que podamos todos cumplir con nuestro deber de peronistas. Hay que superar diferencias, establecer objetivos de conjunto, mantener la lucha y buscar, por sobre toda consideración, el éxito indispensable. Después veremos cómo arreglamos todo.»

Esa carta era la expresión de un estratega que sabía que el enemigo está afuera, no adentro. Que la fragmentación interna es el peor de los males. Que la unidad es una necesidad táctica y estratégica, no una concesión sentimental. «Todos los peronistas deben apoyar lo existente (aunque sea de mala gana) porque lo mejor suele ser enemigo de lo bueno y, dentro de ello, tratar por todos los medios de ir mejorando lo alcanzado. Ese es el camino de la perfectibilidad y por el único que puede llegarse al éxito.» Esa es la lección que el peronismo perdió. Hoy, lo mejor es enemigo de lo bueno. Las purificaciones, las exclusiones, las internas eternas, son el lujo de los que no tienen enemigo afuera. O de los que han olvidado que el enemigo está afuera y existe.

Modelo Argentino

«La doctrina es el único caudillo que resiste a la acción destructora del tiempo» (La hora de los pueblos). Pero para que la doctrina sea caudillo no basta con escribirla: es necesario encarnarla en una organización que pueda pensarla, actualizarla y defenderla. El Modelo Argentino, escrito en los años finales de su vida, es el intento más acabado de fijar esa doctrina para el tiempo por venir. Allí Perón estableció que el Justicialismo era «el resultado de un conjunto de ideas y valores que no se postulan; se deducen y se obtienen del ser de nuestro propio pueblo» (Modelo Argentino). «Este Modelo no es una construcción intelectual surgida de minorías, sino una sistematización orgánica de ideas básicas desarrolladas a lo largo de treinta años» (Modelo Argentino).

La advertencia sobre el «consumo artificialmente estimulado que ha actuado como factor desestimulante de determinaciones fundamentales de la creatividad del hombre» (Modelo Argentino). La denuncia de la «descapitalización desde afuera y el destrozo desde los centros vernáculos de la oligarquía» (Modelo Argentino). La afirmación de que «la comunidad organizada es el punto de partida de toda idea de formación y consolidación de las nacionalidades» (Modelo Argentino). Ese diagnóstico sigue vigente como si hubiera sido escrito ayer.

Esa comunidad organizada es precisamente lo que nos falta. No porque no existan organizaciones, sino porque ninguna de ellas ha logrado aún sintetizar la totalidad de la experiencia histórica del movimiento nacional. Desde hace tiempo se repite la necesidad de construir comunidad organizada. Pero ese concepto ha sido vaciado de contenido en la práctica. Se lo menciona en discursos, se lo imprime en documentos, pero no se lo estructura en acciones concretas. Una comunidad organizada no es una red de cooperativas, ni una sumatoria de espacios sociales. Es una forma de democracia social, con organización desde abajo, conducción colectiva y poder político. Y para eso se necesita algo que no tenemos: unidad de concepción y dirección estratégica.

Los gobiernos peronistas que vinieron después supieron leer cada coyuntura. Algunos reconstruyeron el salario y el mercado interno muy acertadamente, mientras que otros, conducidos más por el consenso de Washington, desmantelaron lo que quedaba de la estructura productiva, otros contuvieron el estallido social sin darle forma política a esa contención. Pero en todos los casos, el patrón se repitió: la capacidad de gobierno no se tradujo en organización estratégica. El personalismo reemplazó a la doctrina, el tacticismo electoral devoró la estrategia, el corto plazo se impuso sobre el largo. No porque los hombres fueran buenos o malos, sino porque el «Perón colectivo» seguía sin construirse. Y sin él, cada gobierno sería más parecido a una isla y no al eslabón de un proceso largo que hacemos como trabajadores y pueblo.

Hoy el algoritmo ordena más que el partido. Las aplicaciones definen relaciones, percepciones y decisiones. Tinder organiza el deseo, Instagram la identidad, TikTok el tiempo. Ese cambio estructural que nos infligió la dictadura trajo una nueva subjetividad, y si no la entendemos, no vamos a poder organizar nada. Por eso, la comunidad organizada del siglo XXI necesita una capa tecnológica, algorítmica, interoperable con lo real. El cara a cara sigue siendo la base, pero debe complementarse con una arquitectura digital propia, que permita orientar, representar y disputar sentido en el terreno donde hoy se construye hegemonía: el mundo de los datos, de la información y de los flujos simbólicos.

Como escribió Perón en las conclusiones de La hora de los pueblos: «El éxito no es obra de la casualidad o la suerte, como muchos piensan: el éxito se concibe, se planea, se prepara, se realiza y se explota. Es, en síntesis, una obra de arte de conducir». Esa obra de arte no puede ser realizada por un solo hombre. Debe ser realizada por un pueblo organizado, por una clase consciente, por un movimiento que haya comprendido que la estrategia no se hereda: se construye.

«Mi único heredero es el pueblo» – Juan Domingo Perón.

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