
COMUNIDAD
Ramon Carrillo y la
tradición sanitaria nacional
7 de Marzo de 2026
Por: Manuel Fonseca
La salud, como la libertad o el poder, cobra valor cuando no se tienen. No da votos, no ocupa la agenda. Está ahí. Cuando desaparece el que puede paga y el que no, padece. Hubo una persona que pensó al revés y lo volvió obra. Ramón Carrillo quiso y pudo. Las reliquias de su legado se nos presentan como cuentas pendientes. ¿Quién fue y cómo pensó la salud Argentina? ¿Qué pistas nos ofrece para interpretar nuestra realidad sanitaria?
La salud, como la libertad o el poder, cobra valor cuando no se tienen. No da votos, no ocupa la agenda. Está ahí. Cuando desaparece el que puede paga y el que no, padece. Hubo una persona que pensó al revés y lo volvió obra. Ramón Carrillo quiso y pudo. Las reliquias de su legado se nos presentan como cuentas pendientes. ¿Quién fue y cómo pensó la salud Argentina? ¿Qué pistas nos ofrece para interpretar nuestra realidad sanitaria?
Lo material: la revolución de la capacidad instalada
Ramón Carrillo nació en Santiago del Estero, el 7 de marzo de 1906. Viajó a Buenos Aires a estudiar Medicina y se graduó con medalla de honor. Fue becado y se especializó en Europa de donde volvió consagrado como uno de los más brillantes neurocirujanos de la época. Puso en marcha el servicio de Neurocirugía del Hospital Militar y en 1942 ganó el concurso de profesor adjunto en la carrera de Medicina de la UBA. Tenía 36 años.
Cercano a FORJA, simpatizante de los militares nacionalistas del GOU y trabajador del hospital militar, católico, referente universitario. La excelencia de su formación y sus círculos de relaciones lo acercaron a Perón. Cuando lo trasladan de la Isla Martín García, Carrillo asiste al coronel encarcelado en el Hospital Militar y es quién oficia de “cartero” en los episodios del 17 de octubre.
En 1946 se convirtió en el primer Ministro de Salud de la Historia argentina. El país no contaba con una política sanitaria nacional. Las entidades previas al Ministerio de Salud (Protomedicato realista; Dirección Nacional de Higiene; Dirección de Salud Pública) se limitaban al control de focos infecciosos del puerto y a otras tareas de menor relevancia. El pueblo pobre sufría y los datos hablaban: provincias enteras en las que no había un solo hospital; la mortalidad infantil llegaba a los 300 por mil en las regiones más abandonadas (hoy las zonas de tasa más elevada como Corrientes están en los 17 por mil); y para 1940 un tercio de los argentinos aspirantes al ejército eran rechazados por incapacidad física y problemas de salud.
Antes de asumir como Ministro confeccionó un Plan Análitico de Salud, un documento de cuatro mil fojas que detalla uno por uno los problemas sanitarios y sus posibles soluciones a nivel nacional. Implementó un método de gestión basado en la planificación centralizada y la ejecución descentralizada, según las características, peculiaridades y necesidades de cada región del país.
A esta etapa debemos la organización por “niveles de atención” del sistema público. Es decir, Centros de Atención Primaria de la Salud (se calculan en unos 3,000); ampliación de camas y construcción de hospitales generales (se duplicaron las camas, de 66,300 en 1946 a 134,000 en 1954); construcción de más de 40 Institutos Especializados (del Quemado; de Oncología, de Hemoterapia, etc). Además, creó disciplinas (como la arquitectura hospitalaria), sistematizó un método de gestión e inventó una perspectiva organizativa. Según el propio Ministro: “todo depende de una eximia organización de los consultorios externos, fundada en la asistencia en equipo dentro de los mismos y en forma seriada; de ese modo, un peso invertido (…) rinde 5 veces más que el invertido en camas”.
Carrillo creó EMESTA, la empresa nacional de medicamentos destinada a impulsar la producción pública, pero sobre todo a orientar y fomentar la producción privada en el marco de un plan nacional de desarrollo. Se desarrolló un completo calendario de vacunación para la época e impulsó campañas de erradicación de enfermedades infecciosas, como el Paludismo del Noroeste Argentino.
Escapa a los propósitos de este texto un detalle de esta obra monumental en la que trabajó muchas veces en conjunto con la Fundación Eva Perón. Los nombres de esos hospitales, todavía de pie y dando pelea más de ochenta años después, son la prueba de una epopeya que no tiene comparación a nivel continental y que es poco o mal reconocida a nivel local. Todo para preservar “lo único permanente de una Nación: su caudal humano, que es potencial biológico y el futuro de todas las Patrias”.
Lo simbólico: ciencia y trascendencia
Para Carrillo, hay dos factores que condicionan la salud de un pueblo. El primero las condiciones sociales y materiales, y el segundo la “ignorancia, que impide toda difusión de una cultura sanitaria”. La principal arma con la que pelea es la organización de los servicios médicos organizados en niveles y con médicos generales. Se presta atención médica, pero también se educa a través de capacitaciones, videos y materiales de propaganda sanitaria. Por eso, muchos hospitales tenían sala de cine, y por eso también el pueblo tiene derechos y obligaciones: “es el responsable de su propia salud. El trabajo de los médicos es estéril si no se cuenta con su colaboración”.
Carrillo gestiona en un contexto de posguerra, de creación de las Naciones Unidas y de la Organización Mundial de la Salud como entidad sanitaria transnacional. Los problemas de rehabilitación de los soldados tras la guerra, la demanda de atención y asistencia social en los países empobrecidos, y el temor al avance del comunismo y sus ideas de equidad dan como resultado políticas de “bienestar” social en muchos países capitalistas. Las mismas se llevan adelante con distintos modelos solidarios que Carrillo estudia.
Son momentos de estupendos avances científicos y tecnológicos (infectológicos, de producción de antibióticos y vacunas, de desarrollo de estudios de laboratorio e imágenes médicas). Por eso se volvió hegemónica una mirada positivista de la salud centrada en los procesos biológicos. La OMS intenta ampliar esta mirada con su famosa definición de salud del año 1949 “como un completo estado de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedades”.
Carrillo lleva mucho más lejos estos conceptos. La definición de la OMS es vacua si no se la llena de contenido político. Carrillo lo interpreta de esta forma: la base de nuestra doctrina sanitaria es la doctrina justicialista y, por eso, nuestra política sanitaria no será de atención sino de previsión social. Quiere decir: la atención biomédica es un derecho y todos los argentinos lo tienen por su condición; pero más importante que lo biológico es lo social: trabajo, vivienda y salarios son la mejor política sanitaria. Pero además de eso, quiere decir: más importante que curar, es prevenir. Este aforismo tan correcto como la mayoría de las veces intrascendente, se vuelve política pública y causa de Estado.
Nuestro Ministro sabe que los avances biomédicos son geniales, pero que, sin implementación política con criterios de equidad, no sirven. Es científico y humanista. Es higienista, pero no un policía médico. Es neurobiólogo, pero impulsa la medicina general y familiar. Si para Carrillo la misión más importante de la medicina es alargar la vida humana y evitar muertes prevenibles, la misión más importante de un funcionario público es ofrecer un sentido y propósito a esas vidas en el marco de un proyecto de revolución nacional. No es vivir por vivir. Con su obra dota las vidas que salva de un sentido de responsabilidad nacional. Es un patriota.
Que las personas vivan más y mejor, para que puedan trabajar más y mejor. Que las personas estén más sanas, para que estén más contentas, pero también para que produzcan más. Que lo humano ocupe el centro de la escena, no como humanos consumidores, sino como humanos que son parte de una comunidad -y de un Estado- que los ayuda, pero que les tiene que pedir responsabilidades a cambio.
Hasta acá podríamos decir que más allá de su genialidad personal, estas políticas no tienen nada de diferente a otras experiencias de “socialización de la atención médica”. Pero Carrillo profundiza: no se trata solo de prevenir siempre y de curar cuando se puede, sino del POR QUÉ de esa prevención. Queremos mantener al pueblo sano y prolongar la vida porque es bueno para la Patria, porque es más barato, porque mejora la productividad de los trabajadores, pero por sobre todas las cosas porque es lo justo y lo bello, lo correcto ante la mirada de Dios.
Esto se explica por su formación humanista cristiana. Así habla a pacientes y a médicos: “recordarles mi afecto a aquellos que sufren en hospitales, y recordarles el profundo sentido del cristianismo que nos manda aceptar el sufrimiento como una purificación”; e insiste en que “desea acogerse a las palabras del Gran Maestro como a un mandato, para decirnos, como él: yo estaba enfermo y me visitaste, lo que hagas por uno de estos, lo harás por mi”.
La tercera posición del peronismo es: ni yanquis ni marxistas. Por díscolos, por conveniencia, y por convicción. Para Perón, ambos lados de la contienda de la guerra fría son dos caras de la misma moneda. La explotación del hombre por el dinero, o por el Estado. Son, en definitiva, dos desviaciones materialistas que desmerecen la dimensión humana y trascendente de la humanidad. Insectifican al hombre. Carrillo lo aplica desde su profesión: “el triunfo de la medicina es ya no ser necesaria, de esa formase habrìa consumado el triunfo del espíritu sobre la materia, del bien sobre el mal”.
Carrillo desde lo sanitario y Juan Perón desde la conducción política buscan una salida hacia adelante, que no se queda solo en lo local. Para ellos, Argentina puede ser un faro civilizatorio. Carrillo asegura que “hemos asumido la tarea de preparar a nuestro pueblo, poniéndolo en condiciones de cumplir el destino que le impone su tradición, la fecundidad del suelo patrio y los progresos de nuestras instituciones políticas, unidos al hecho de constituir a la Argentina en una de las reservas de la humanidad. por su cultura y sus fecundas y generosas concepciones de la vida, lo mismo que su tradicional respeto de los hombres y los pueblos”.
Todas las citas mencionadas son extraídas de discursos del Ministro en salones de trabajadores, de congresos académicos y profesionales, e incluso en actos de anuncios políticos como la inauguración de viviendas en un barrio pobre cordobés.
Lo histórico: un héroe con el que rendir cuentas
Ningún Ministro Nacional de Salud estuvo nunca jamás a la altura de Carrillo. Con algunas muy buenas excepciones, la mayoría se dedicó a debilitar o sustraer de sentido la obra aquí mencionada. El gobierno actual es quizá la expresión más humillante: no planifica, no es serio científicamente. Crece la mortalidad infantil, vuelven enfermedades erradicadas como el Sarampión, crecen enfermedades de la decadencia, como la sífilis. Una revolución sanitaria en marcha atrás. ¿Qué habría que hacer?
Carrillo es fundador y al mismo tiempo “completador” del sanitarismo nacional. Es un científico que quiere tener todas las variables que pueda bajo control. Incluso si pudiera, capaz hubiera elegido tenerlas a todas. Pero sabe que no puede: la existencia humana contiene el hecho trágico de sus propios límites. Hay algo más que se nos escapa y nos trasciende. Carrillo como católico dice: es Dios. Cualquier otra persona puede encontrarlo desde otro lugar, siempre que quiera y crea.
La obra científica, artística, política, trascendente de Carrillo se da en el marco de una tradición (que podría definirse como el “arte de curar”, de alargar y mejorar la vida, es decir, una tradición por y para otros) y dentro de ella, inventa lo nuevo. Esto es: el método de planificación, la forma de ejecución, la organización por niveles, el impulso del sector privado con dirección pública, el cambio de lógica de la atención médica, etc. Piensa en salud, no en enfermedad. Lo deja plasmado en su obra política, en sus libros, y en el mensaje oral que dejó en sus equipos.
Carrillo rinde cuentas con “lo médico” hasta ese momento: está bárbaro saber de medicina, pero atendemos seres humanos. Nos exige un esfuerzo para mirar más allá de la enfermedad. Mientras ajusta cuentas con el pasado, nos advierte con su ética de las desviaciones médico-sanitarias con las que lidiamos hoy. Muere pobre, y cuestiona la mercantilización de la medicina y de los médicos. No se puede ser médico para hacer plata. Es una falla de origen. Es incorrecto porque el propósito de la salud es DAR.
Además, combate la desviación “politicista”. En su segundo gobierno, pierde una interna en el gabinete y queda en minoría contra los demás ministros (en particular, Apold de prensa, y Teisaire, vicepresidente). Después de la muerte de Eva, el ala de alcahuetes e inoperantes gana la disputa al gestor eficiente. Si bien esto vale para toda la función pública, estamos cansados de ver familiares y amigos de intendentes y gobernadores como funcionarios públicos con el único criterio de ser garantes de la lealtad mal entendedida. Sin formación técnica ni capacidades, los alcahuetes y arribistas nos hacen mucho mal.
De la misma forma y en un sentido inverso, Carrillo anticipa los problemas de la desviación cientificista de cuadros técnicos “despolitizados”. Carrillo era excelente por su formación técnica, pero era un excelente cuadro político. Antes de renunciar al cargo, le escribe una larga carta a Perón advirtiendo sobre los graves problemas de orientación en algunos aspectos de la política del gobierno, sobre la opacidad del entorno presidencial, etc. Son momentos en donde Carrillo frena su proyecto de ley de profilaxis (correcto desde lo técnico) por encontrar oposición en un aliado importante de la coalición, como era la Iglesia (es decir, incorrecto desde lo político).
Si es grave un político que no sabe, más grave puede ser un técnico que no sabe de política. En nuestro país, esa línea de burócratas es interpretada por los cuadros técnicos que post Yalta armaron la Organización Mundial de la Salud. Que hoy, ante el terraplanismo sanitario de Milei defendamos las nociones básicas de la ciencia que promueven estos organismos no significa que no podamos dilucidar que, en buena medida, se vienen dedicando a formar cuadros técnicos desprovistos de mirada política. Esa es, básicamente, la causa del fracaso de todas las profecías de SALUD PARA TODOS EN EL AÑO 2000.
La OMS formó seres humanos que piensan que los programas sanitarios se pueden copiar y pegar de forma enlatada en cualquier contexto. “Sanitaristas” argentinos que no hablan de Carrillo pero que cuando lo citan no hablan del justicialismo, ni de que Carrillo era creyente, ni de su simpatía por los militares nacionalistas, ni de su ética y honestidad inquebrantable. Docentes que lo pasteurizan en su potencia política y que a lo sumo usan una frase trillada de Carrillo para usar de primera diapositiva de un Power Point aburridísimo o de slogan en su remera partidaria, pero jamás leyeron un texto completo de él.
Última: Carrillo muere pobre y exiliado atendiendo brasileños que no pueden pagar por su salud en Belém do Pará. Mientras padece las privaciones y la pobreza en el exilio, la dictadura oligárquica del 55 ha incautado sus bienes en Argentina y lo acusa de “enriquecimiento ilícito”. Una actitud que pinta bien a los que gobiernan este país mientras detestan a sus habitantes: mandaron a prender fuego los pulmotores que Carrillo encomendó comprar para auxiliar a niños y niñas ante brotes de polio. Unos meses después, el último gran brote de poliomielitis produjo más de 6.500 casos, miles de muertes, muchas de ellas de niños argentinos que no contaron con esos pulmotores para su asistencia.
En este país hacer política para defender al pueblo de verdad tiene un precio. Lo pagás con un destierro, o con la cárcel, al menos con difamación y calumnias en contra tuya. No se puede defender al pueblo y que te quieran todos. No se puede servir a dos amos al mismo tiempo.
Ese fue el Dr. Ramón Carrillo y por eso está en el futuro.
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