Los desafíos del Movimiento Nacional

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Los desafíos del
Movimiento Nacional

22 de Marzo de 2026

Por: Juan Pedro Battaglino

Una filosofía de vida simple, práctica, popular, cristiana, humanista… pero también federal.


Advertíamos ya en la campaña electoral de 2023 que Milei nos llevaba a dar discusiones saldadas. Que atacaba el núcleo básico de aquello en lo que los argentinos ya habíamos coincidido -y vaya si nos había costado coincidir- que eran el valor de la educación pública, de la salud pública, la reivindicación sobre nuestras Islas Malvinas y la defensa de la democracia. 

El principal problema de este gobierno es que terminará siendo una oportunidad perdida. Sí, hacía falta una Reforma Laboral. No esta que nos retrotrae siglos atrás y ya muestra sus problemas constitucionales. Sí, en verdad hace falta una discusión seria y profunda acerca del rol que cumplen, para la Nación, nuestras universidades nacionales. No asfixiarlas a punto tal que funcionen con respirador artificial. El problema es que no nos animamos nosotros a dar esos debates a tiempo. Por un prurito de corrección política. Por sostener algunas estructuras o beneficios. Y la ola nos pasó por encima. 

Creo que es tiempo de ordenarnos. Con esta economía y con un desempleo que no para de aumentar, es muy probable que el oficialismo libertario la tenga difícil en 2027. Debemos ordenarnos para ser una propuesta electoral sólida. De nada servirá repetir en 2027 la experiencia del período 2019-2023, que se vivió como un rejunte, una maraña desordenada que gobernó -y demasiado bien salió la experiencia, a decir verdad, podría haber sido peor- para no ofrecerles absolutamente nada a los argentinos. 

Corremos un gran riesgo si quien asuma la presidencia en 2027 lo hace en nombre del Movimiento Nacional y termina en otro fracaso… la oportunidad de crecimiento y desarrollo con cierto nivel de justicia social en la Argentina quedará en un anhelo para dentro de varias generaciones. 

La desconexión de la dirigencia con la realidad se fue agravando. Uno de los puntos centrales de la desconexión tiene que ver con haber querido digitar e interpretar todo desde el Área Metropolitana de Buenos Aires. 

La cultura tuiteril nos mató. Durante años, los compañeros bonaerenses y porteños se dedicaron a burlarse en redes sociales, a destilar odio entre argentinos. Con la elección de 2015, comenzaron con que había que eliminar a Córdoba. Después, ya fue toda la franja central del país. Cuando nos quisimos acordar ya sólo quedaban Buenos Aires (de casualidad), Formosa y Santiago del Estero. Resulta que de repente el país se tiñó de violeta y entonces ¿eliminamos a la totalidad de las provincias argentinas? Nos va a ir bárbaro bardeando a los electores.

Esa chicana desagradable y permanente a los nacidos en localidades pequeñas del interior profundo, sin buscar entender qué sucede allí… Esa moda tuiteril en muchísimos compañeros que se refieren a nuestras localidades como las ficticias “Tero Violado” o “Tortuga Cogida”. Hay tantísimo por aprender de los argentinos que viven en esas localidades del interior profundo. Muchos de ellos son incluso más felices que quienes viven apilados y apurados en el AMBA. Se los firmo. 

Es necesario tender puentes entre todas las realidades del Movimiento Nacional en el territorio argentino. Sin esa actitud, difícil será salir de ese repliegue sobre nosotros mismos en el que nos encontramos… surfeando la ola de esta nueva hecatombe social. 

Córdoba tiene mucho que ofrecerle al Movimiento Nacional. Sí, esa Córdoba tan bastardeada y criticada hasta el cansancio por los compañeros porteñobonaerenses. Lo discuto una y otra vez con muchos de ellos. Esa frase del gobernador Llaryora de “los pituquitos de Recoleta” el día en el que Daniel Passerini fue electo Intendente de Córdoba no fue un grito desencajado. Fue la expresión de un sentir popular. 

La discriminación hacia los argentinos del interior no es una entelequia de la dirigencia local. Es un tema que surge en cualquier mesa de café, en cualquier bar, incluso en las paradas de ómnibus. En el interior, sabemos de los beneficios de los que gozan en el AMBA. Durante años, llovieron los subsidios al transporte para la metrópolis, y apenas unos pesos para el interior. En la actualidad, aquello empeoró. Alguito para el AMBA, cero para el interior. Si no hay un replanteo de los privilegios, no hay discusión federal posible en la Argentina.   

Ahora bien, creer que Córdoba es Cataluña o el País Vasco es errado. Los cordobeses tenemos una identidad provincial fortísima, sí (considero que es un sentir compartido con pocas provincias como podrían ser Salta o Santiago del Estero), pero en modo alguno existe un planteo real de escindirnos de la Nación. Siempre digo que, más bien, estamos tironeando, en condición de desventaja y como podemos, de la bandera nacional, para ver si alguna vez nos escuchan. A ver si alguna vez logramos que todo eso que producimos pueda servir al desarrollo de la Nación. 

Lo que Córdoba tiene para ofrecer es el sentido común. Es importante que el Estado haga obra pública. Es importante tener puentes, autopistas, acueductos, gasoductos y conexiones de fibra óptica. Es importante apostar por la economía del conocimiento, la ciencia y la tecnología. 

La panadería de “Tero Violado” no se convierte en exportadora por arte de magia. Si quiere venderle medialunas congeladas a Chile (con hábitos mucho más norteamericanizados que los nuestros) necesita rutas para sacar la producción y necesita un Estado que se la haga fácil. Más aún cuando el clima de la economía nacional va siempre de mal en peor.  

En Córdoba tenemos más infraestructura que en otras provincias. Y un poquito más de orden. Resulta llamativo el bullying contra nuestra Policía Caminera. He tenido la oportunidad de recorrer la Argentina entera en los últimos años. Las infracciones a las leyes de tránsito se dan en todos lados. Pero nos llama la atención en Córdoba cuando un coche adelanta en doble línea amarilla, o anda sin luces, o va a 200km/h, o tiene una carrocería oxidada sin mantenimiento de los años 70. En todo el resto del país, sucede con mayor frecuencia. Está naturalizado. Un caos en el tránsito donde rige la ley del más vivo. Y no se puede vivir en el caos.  

También hay en Córdoba un modo de gobernar que es distinto al de otras latitudes. Del diálogo constante con funcionarios públicos de la Argentina entera, siempre me llamó la atención lo curioso que les resulta el modo cordobés de proceder y actuar con las distintas instituciones y organizaciones de la sociedad civil. Aún en las diferencias, lo habitual acá es trabajar siempre en conjunto con las universidades, con el sector productivo y empresarial, con el COMIPAZ (compuesto por representantes de todos los credos). Ese trabajar y proyectar teniendo en cuenta a los distintos actores de la sociedad es también un punto que la Argentina debería tomar como visión estratégica de futuro. 

Por eso, nuestra política no puede volver a ser porteñocéntrica. Es como cuando cierta agrupación juvenil kirchnerista citó por redes sociales a manifestarse en distintas plazas y, en Neuquén, citó en Plaza Huincul, confundiendo una plaza con el nombre de una ciudad. Eso es anécdota. 

Los problemas graves y reales se dan cuando se diseñan políticas de Estado desde la metrópolis sin siquiera escuchar la opinión de quienes viven en este extensísimo territorio. En este, el octavo país más grande del planeta en superficie y es obvio que no podemos copiar y pegar y que todo sirva en todos lados.

No podés construir igual un edificio en Formosa que en Tierra del Fuego. Quizá a la ciudad patagónica no le sirva hacer un playón deportivo que sólo podrá usarse dos meses por año. Y así. El fracaso argentino se explica, también, por las prioridades que han tenido los distintos gobernantes. Nos llevó ¡cuarenta años! conectar por autopista las tres principales urbes del país. No nos puede volver a pasar. 

Milei ganó y gobierna porque logró captar el signo de los tiempos. Conectó con el sentir popular, que era de ira y frustración. Y más allá de que después actúa en la dirección contraria, buscó para su mensaje cierto sentido común. 

No, no podemos tolerar que te maten por un celular. No, no podemos tolerar la corrupción como práctica institucionalizada. No, no podemos perder el tiempo con problemas de países desarrollados cuando nos atraviesan dramas sociales profundos. Es curioso. Hace tiempo nos olvidamos de la Verdad N° 14: “El Justicialismo es una nueva filosofía de la vida, simple práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista.” 

Debería conmovernos y ocuparnos el fenómeno de que existan jóvenes de 25, 30, 35 años… que quieren ser padres, y no lo hacen porque le tienen pánico a la economía. Sueldos en blanco bajo la línea de pobreza. Cada día, más gente volcándose a las plataformas digitales para tratar de ganarse el mango. No hay acceso a la vivienda. El narcotráfico crece y los problemas de adicciones y de salud mental pululan en cada barrio. No hay horizonte de futuro. La principal tarea tiene que ser ensanchar los horizontes de esos muchos que hoy, no ven ninguno.   

El signo de los tiempos nos convoca a tener un oído en el pueblo. El pragmatismo debe surgir de la voluntad popular. ¿Acaso algún dirigente del Movimiento Nacional se ocupa de escuchar a alguien? ¿Cuándo y cómo fue que perdimos la brújula? 

No debe sorprendernos que hoy para los adolescentes y jóvenes sea más atractivo militar en una organización de la sociedad civil que en una expresión política. La militancia se cerró sobre sí misma. La cosa se volvió enclaustrada, con mucho debate interno, con poca acción externa. Así uno se va aislando y no conecta con la sociedad que pretende representar.  

Tenemos que dejar de perder el tiempo. Tenemos que usar bien el tiempo.  

El 2027 será una oportunidad para el Movimiento Nacional. Hagamos que no sea una oportunidad perdida. Las dirigencias del pasado, con sus luces y sus sombras, supieron captar el clima de época, pero fundamentalmente el sentir popular. Tenemos que volver a poner el oído en lo que el pueblo quiere. 

Nueva circunvalación en Rio Cuarto, una de las pocas obras públicas y la más importante en marcha del país.

No somos, no fuimos y jamás podremos representar el caos. Eso va en contra de nuestro origen y de nuestra identidad. Como decía el compañero Juan José Amondarain en una reciente columna que generó mucho revuelo entre los nuestros, es momento de volver a ser el partido del orden. De la previsibilidad. Del buen vivir. El momento de dar esos debates y construir el futuro es ahora. 

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