Masificar el contrarrelato

COMUNIDAD

Masificar el contrarrelato

8 de Septiembre de 2026

Por: Francisco Kovacic González

El liberalismo de centro izquierda y centro derecha vendió durante décadas un relato de un periodismo ajeno a los prejuicios e intereses particulares. Sin embargo, borraron y aún borran con el codo lo que dicen con lo que hacen. Lo importante es saber qué hacemos con eso. ¿Cómo organizamos una verdadera estructura de poder para su desplazamiento?


Julius Fučík fue uno de los periodistas más activos en la resistencia checoslovaca frente al nazismo durante la Segunda Guerra. Comunista desde su juventud, se afilió al incipiente partido rojo en 1921 cuando la Revolución Bolchevique era furor en Europa y empezó a pulir su pluma con críticas sobre teatro y cultura en periódicos locales. Llegó a dirigir el diario Tvorba, que significa “Creación” en el idioma eslavo, uno de los medios más importantes del comunismo checo y un trampolín de visibilidad para los intelectuales de la naciente izquierda en el viejo continente.

Viajó más de una vez a la Unión Soviética y fue un férreo defensor del estalinismo, llegándolo a definir a Iósif Stalin como el líder del “progreso inevitable” de la humanidad hacia el comunismo, además de calificar a la URSS como “el país donde el mañana ya es el ayer”. Escribió un artículo sobre sus viajes con ese título que llegó a ser publicado en el Tvorba. Está disponible en algunos blogs para los aficionados sobre las historias del siglo XX.

Además de dirigir el Tvorba, el camarada Fučík trabajó y operó para distintos pasquines y medios de segunda y tercera clase del Partido Comunista. Como todo marxista leninista de la época se regía con la ley de Lenin: “El periódico no es solo un propagandista y un agitador colectivo, sino también un organizador colectivo”. Sus allegados confesaron años más tarde que esa consigna era la bajada de línea para los cronistas bajo su conducción.

La misión que tenía era muy simple. Si bien Europa del Este aún no era un bloque político sólido y constituido, aunque ya contaba con los esbirros de la inteligencia soviética visitando los comités centrales de los PC de la región para ofrecer armas y financiamiento, Fučík tenía la instrucción de masificar el discurso político del partido hacia el pueblo checo y crear, desde la perspectiva del marxismo, las condiciones materiales para que la revolución se materialice. A principios de los años ’30 eso pintaba como una utopía posible, hasta que la ocupación hitleriana se hizo realidad y la República Checoslovaca cayó ante los pies del Fuhrer.

Como a todos los comunistas, Fučík fue buscado y perseguido por el nazismo apenas arrancó la Segunda Guerra y pudo haber sobrevivido por poco. Fue capturado en 1943 meses después de Stalingrado, cuando las tropas soviéticas lograron quebrar la operación Barbarroja y forzar su repliegue que culminaría con la toma de Berlín en 1945. Fučík se adelantó a sus camaradas, pero en condición de rehén: tras ser capturado, fue llevado como trofeo de guerra a Berlín donde fue ejecutado el 8 de septiembre, un día como hoy, en los inicios del anteúltimo invierno del Tercer Reich en el poder. La Organización Internacional de Periodistas (OIP) decidió pautar ese día como el Día Internacional del Periodista en 1950, en una suerte de hacerle humilde homenaje a Fučík.

Medios y poder

La historia de Fučík deja un mensaje claro: los medios son instrumentos de poder. Es quizá una reflexión vaga, una frase hecha a esta altura, pero una reflexión profunda si tenemos el objetivo de pensar a la prensa como una herramienta para la construcción de un programa político.

El periodismo liberal, la expresión bohemia que limita al trabajador de prensa como un mero articulador de palabras, hechos y reflexiones que habla sin prejuicios de la realidad, aspira a destruir la idea que los medios son herramientas de poder. Pero, sin embargo, esos mismos terminan ejerciéndolo al poder en función de ciertos intereses. ¿Está mal? No, no está mal que ejerzan ese poder. Está mal que quieran hacer creer que son indiferentes cuando en realidad saben a qué arco patean.

Hay una frase que dice que “la historia es maestra de la política”. Y trayéndolo al campo de los medios, no hay que irnos a la historia comunista ni a Europa para entender que eso es así.

El diario La Nación fue concebido como “una tribuna de doctrina” para la clase oligarca de la generación del ’80. Una expresión válida, por supuesto. Válida y respetable. Lástima que su doctrina es la doctrina del capital concentrado y de las mil familias, y no de la mayoría popular que se levanta a trabajar a las cinco de la mañana y vuelve con el caballo cansado a las cinco de la tarde (con suerte).

El diario Clarín, su competencia en cuánto a difusión masiva, empezó por ser una contracara trabajadora y un medio a disposición de los trabajadores de a pie. En cuánto empezó a ganar terreno en el mundo mediático y constituirse como un multimedio, mantuvo su prosa simple, aunque un obvio contenido cuestionable.

Sin embargo, su fuerza y capacidad de venta se mantiene en alto. Es el primer diario que te encontrás en cualquier café o sala de espera de un consultorio. La única verdad es la realidad: aunque duela, el pueblo lee Clarín.

Sus periodistas son ejemplares de la doctrina periodística liberal. El “milky boy” Viale y “la Foca” Wiñazki, dos de los cronistas más leídos y vistos del Grupo Clarín, más de una vez vanagloriaron al oficio como una herramienta ajena al poder. Un reciente editorial de Viale proclamó al periodismo como “un árbitro del poder” que “no debe” responder a intereses económicos. Patético, sí, porque claramente eso no sucede.

Pero, así como es lamentable la defensa del acusado, peor aún es la ofensiva de su contraparte. El progresismo destinó sus cartuchos a señalar las contradicciones en ojo ajeno, pero sin hacerse cargo de las propias. Un chivo: el historiador de medios Eduardo Minutella, docente, periodista y vecino del humilde conurbano oeste bonaerense, tiene un libro en el que cuenta algo de esto. Progresistas fuimos todos, editorial Siglo XXI, publicado en 2019.

Organizaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watchs y Greenpeace, principales accionistas de cientos de pasquines y medios pequeños de la centro izquierda argentina del nuevo milenio, publicaron comunicados extensísimos sobre el derecho a la libertad de prensa y de expresión. Ajá, claro, ¿Pero con qué objetivos? ¿Con qué fines? ¿Con qué contrapropuesta?

Contrarrelato

La Ley de Medios del gobierno de Cristina Fernández tuvo como objetivo genuino aniquilar la concentración de medios y construir una justicia comunicacional que iguale el tablero y el mercado de medios para todos. Aunque no logró su objetivo de lleno, sí logró materializar una red de medios pequeños y cooperativos que intentaron ser un contrapeso al relato liberal de las grandes marcas.

Durante ese proceso, una cifra importante de unidades básicas se convirtió primero en centros culturales y después en pequeñas experiencias periodísticas cooperativas. Se parieron así redacciones improvisadas, radios comunitarias, portales digitales y medios locales impulsados por militantes y trabajadores de prensa. La fuerza del macrismo arrasó con buena parte de ellos y hoy no queda prácticamente nada.

Pero en la síntesis de diagnóstico hay un problema. No hubo una organización de todas esas experiencias. Crear un medio no es registrar un blogspot, es mucho más complejo si se quiere hacer bien. Porque no se trata solo de crear una tapa que rinda, sino de tener una organización que valga. Y por sobre todas las cosas un mensaje que convoque.

El famoso periodismo militante se comió la curva de la libertad de prensa liberal. Se confunde tener libertad de prensa con simplemente abrir la boca sin medir las consecuencias. Entonces tener un garaje con un micrófono y un parlante alcanza para decir que “hay una radio abierta y una voz para el pueblo”. O ahora, en tiempos de la super digitalización, abrir un Instagram alcanza para decir que “tengo un medio de comunicación”. Es poco serio. Y es hasta ofensivo.

Porque lo más triste de todo no es creer que armar una cuenta en redes es suficiente. Lo más triste es pensar que cambiamos algo solo por hablar desde ese lugar sin una estrategia. Porque el problema real es ese. No hay una estrategia de comunicación y de sentido, sobre todo de sentido, que organice a todos esos medios.

Y no. No sirve tu cooperativa de medios si el discurso es de nicho. Si el alcance es a una minoría que, te guste o no, no deja de ser una minoría. Si la derecha avanza es porque supo hablarle a las mayorías con las inquietudes de las mayorías, aunque llevándolas a sus intereses. Es un problema, sí, pero nuestra contestación contrahegemónica no puede ser una radio abierta en la esquina de la plaza del barrio. Eso es pasquinería barata. Necesitamos con vocación de poder que estén al servicio de la causa nacional.

El poder mediático en la Argentina es profundamente liberal. Y es liberal tanto en su expresión conservadora-oligárquica (el hegemón Clarín-La Nación) como en su expresión popular-progresista (Página/12 y otros).

¿Cómo contrarrestamos eso? Creándonos en una organización capaz de defender un relato y de auto sustentarse a sí misma. Porque por supuesto la billetera manda. Es imposible crear un medio como aquí se propone si nos financia Amnistía Internacional. Y obvio que no es fácil. Pero es parte del sacrificio que corresponde y demanda la etapa. No hay revolución sin un medio masivo capaz de transferir un mensaje y una misión.

Fundamentalmente una misión. Porque en tiempos de espíritus rotos y almas decaídas lo que necesita nuestro pueblo es sentirse trascendente. “Dame un punto de apoyo y moveré el mundo” decía Arquímedes de Siracusa. De forma mucho más linda lo dijo nuestra Eva Perón: “El amor es lo único que construye, lo único que reemplaza la destrucción”.

Fučík es solo un ejemplo de eso. Hay otros miles de ejemplos más cercanos que, prometo, serán citados más adelante.

Organicémonos. Que la historia pasa y nos merecemos dejarla un poco mejor de lo que ya está. Y feliz día del periodista a quien así lo merezca.

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