¿Urbis Nostrum Imperium?

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¿Urbis Nostrum Imperium?

8 de Octubre de 2026

Por: Francisco Kovacic González

En los tiempos del Imperio bizantino, heredero oriental del pasado romano, hubo un general que dedicó gran parte de su vida a la reconstrucción de la vieja gloria de Roma y que quiso reunificar a Oriente y Occidente. Los bizantinos le dedicaron una canción que le rezaba “¿Urbis Nostrum Imperium?”, es decir, ¿Dónde está nuestro Imperio?, en latín. En los tiempos de la Argentina libertaria es importante volver a esa misma pregunta.


Roma caput mundi (Roma, capital del mundo) fue el eslogan con el que las legiones militares romanas caracterizaban a su ciudad, capital de un Imperio que ellos entendían como todo el mundo. Los sucesivos batallones del Ejército que el César desplegó a lo largo y a lo ancho del Mediterráneo, además de atribuirse las victorias de cada campaña, llevaban en sus estandartes esa misma frase. Orgullo por la madre Patria, sin más.

Con la caída de Roma en 476, a partir de las incursiones bárbaras que erosionaron las fronteras y destruyeron poco a poco la cultura romana, el pulmón occidental de la civilización más grande de la historia se pudrió como el tabaco pudre los bronquiolos del fumador más aguerrido. Y lo que después conocimos como Europa quedó partido en miles de pedacitos y pequeños pueblos.

Sin embargo, en Oriente fue distinto. La Roma Secunda, como se llamó a Constantinopla, resistió mil años más hasta sucumbir al baile de los otomanos.

Pese a llevar casi un siglo separados, los romanos orientales no disfrutaron la caída de Roma. Zenón, el emperador de Oriente, utilizó mil y una estrategias políticas y diplomáticas para inestabilizar a los bárbaros del rey Odoacro —que tomó Roma por asalto y acabó con el Imperio— y volver a consolidar el poder, aunque fuera desde Constantinopla, para reunificar la vieja gloria romana. Una suerte de construcción a control remoto. No tuvo grandes éxitos.

Pero varias décadas después apareció alguien. No se conoce su fecha exacta ni su origen familiar. Algunos le adjudican provenir de la vieja Tracia y otros, de Grecia. Sí se sabe que se crio y se formó entre las historias de los viejos generales romanos, que le hablaban de la antigua gloria de Roma y que, como tantos otros, soñaba con emprender la marcha hacia el oeste y reconquistar los antiguos vestigios de la Caput Mundi. Su nombre era Belisario y fue el gran conquistador del emperador Justiniano, el hombre que supo reunificar, por un tiempo, al viejo Imperio.

Belisario fue el mariscal y autor de la gesta. Movido por una vitalísima fé católica, culto oficial del Imperio desde la era de Constantino, promovió entre sus tropas el orgullo romano desde ese lugar: la fé popular. Así supo ocupar los territorios que van desde el norte de África hasta el sur de España, incluidas las islas Baleares, parte de la costa sur de Francia, las dos Cerdeñas y toda la península itálica.

Sin embargo, las disputas de poder y las inseguridades de Justiniano, quien sospechó que su mejor hombre podía propiciarle un golpe de Estado, terminaron corriéndolo de la arena militar. Celoso de la popularidad del militar, Justiniano hizo correr rumores sobre su supuesta vanidad e incluso lo acusó públicamente de querer conspirar contra su poder.

Viejo, enfermo y paranoico, en 562 le retiró sus títulos y bienes y lo condenó a prisión domiciliaria. Sin embargo, un año después acabaría perdonándolo, aunque con el daño ya hecho, y le devolvería sus bienes y propiedades. Justiniano murió a los pocos meses.

Belisario, por su parte, murió dos años después. Murió solo y prácticamente en el olvido.

Nuestro cuatrocientos setenta y seis

Roma es la madre de nuestro pasado. Y, como dicen los historiadores que hablan de la ciclicidad de la historia, desde Roma para acá ya todo está inventado.

Nuestra Argentina contemporánea no es ajena a esa historia. El 2015 fue nuestro 476. Y el 10 de diciembre fue el equivalente a la entrada de Odoacro a Roma, solo que Odoacro se llamaba Mauricio Macri y Roma, en este caso, era nuestra Buenos Aires y su Casa Rosada. El peronismo que entonces conocíamos entró en una nueva etapa: una etapa de fragmentación, de construcción de nuevos espacios y de luchas identitarias, motorizadas por distintas organizaciones y voluntades con ganas de resistir con aguante al incipiente macrismo. Una suerte de Europa en el 476.

La cuasi vuelta al poder en 2019 mantuvo esa línea. Un Frente de Todos heterogéneo, aunque sin una proyección clara, donde ateos y algunos cristianos convivimos sin saber muy bien para qué, sin una misión de fe y sin un norte claro hacia dónde apuntar el barco. Podríamos compararlo con el gobierno de Zenón, que quiso gobernar Occidente a distancia sin tomar muchas decisiones reales sobre el territorio. De nuevo: una construcción de poder a control remoto.

Pero el problema no fue solamente la falta de poder. Fue, sobre todo, la falta de una idea capaz de ordenar ese poder. El Frente de Todos logró reunir voluntades diferentes alrededor de la necesidad de impedir la continuidad de Macri, pero no consiguió transformar esa resistencia en un horizonte común. Gobernó, pero no terminó de responder para qué.

Y entonces llegó el mileísmo.

El mileísmo sería, en este caso, una profundización de esa caída de Occidente. Y, como quien no quiere la cosa, todo esto coincide temporalmente con el auge de Oriente como corazón del multilateralismo a nivel global y el hundimiento de Washington como base fundante de la unipolaridad. Coincidence? I don’t think so.

Ahora bien: ¿dónde entra Belisario en esa doble trama? ¿Ya somos contemporáneos al nacimiento de un mariscal valiente que sea capaz de hacer justicia a la historia y restaurar el orden?

Porque Belisario no fue solamente un militar exitoso. Fue el hombre que apareció cuando existía una voluntad de recuperar algo que se había perdido, pero todavía no existía la fuerza capaz de convertir esa voluntad en una empresa concreta. Su ejército no marchó solamente detrás de un hombre. Marchó detrás de una idea: Roma podía volver a ser Roma.

Y ahí aparece la cuestión central de nuestra propia historia.

Fé fundante

En la Argentina, la última década se caracterizó por la sobreestimulación de las ideas racionales y la condena a la religiosidad como auspiciadora de esperanza en el pueblo. La generación que vino a cuestionarlo todo se cansó de grafitear puertas de parroquias de barrio con críticas al oro del Vaticano y acusaciones de pederastia a sacerdotes y obispos. El padre Grassi volvió a ser popular después de casi 20 años para rotular a todos los sacerdotes como cómplices suyos, como si, de repente, ser católico fuera ser agresor de menores.

El papa Francisco, sin embargo, astuto y visionario como pocos, supo surfear esa ola. Por eso, cuando falleció en 2025, las búsquedas en internet sobre “cómo convertirse al catolicismo” crecieron exponencialmente y hubo una reaparición de la fe cristiana de golpe. Que, en realidad, no fue del todo una reaparición: fue el despertar de la identidad fundante de nuestra masa, acosada por el liberalismo cultural, que pegó el cachetazo y salió a la calle. Por eso las últimas dos peregrinaciones a Luján, como la que vivimos hace pocos días, fueron récord.

Y la peregrinación del último fin de semana contó con un detalle mayor: hubo más fieles portando cruces y vírgenes que simples civiles caminando por añoranza de prestigio. Porque nunca faltan los que caminan 60 kilómetros por querer demostrarse a sí mismos que pueden hacerlo, en lugar de hacerlo como muestra de fe.

Y a las pruebas me remito. Los medios de comunicación que salieron a cubrir la peregrinación se encontraron con fieles llorando y pidiendo por tal. Sí, por tal: pidiendo por otros. No pidiendo por ellos, sino por otros. Ni por sus piernas. Caminaron por el prójimo.

Ahí está la clave de la fé. Tener fe es confiar. Es delegar en otro el destino de uno mismo. Pero en el caso de la Virgen de Luján es más profundo: delegamos en otro el destino de nuestros otros, de nuestro prójimo, de nuestros afectos. Y hacemos el sacrificio por ellos, ni siquiera por nosotros. Ahí está la gracia del milagro de la fe. De nuestra fé fundante, que es la cristiana.

Porque eso es lo que Belisario entendió y que nosotros parecemos haber olvidado: ninguna comunidad se moviliza durante demasiado tiempo únicamente por cálculo racional. Los hombres pueden votar por conveniencia, trabajar por necesidad, militar por estrategia o marchar por bronca. Pero para entregar algo de sí mismos por una causa que los excede necesitan creer.

La fe, entonces, no aparece en esta historia como un adorno religioso ni como una herramienta electoral. Aparece como una forma de trascendencia. Como la capacidad de mirar más allá de uno mismo y aceptar que existe algo por lo que vale la pena sacrificarse.

¿Urbis Nostrum imperium?

A la hora de zarpar desde Constantinopla, Belisario movilizó cerca de 8.000 tropas. Como forma de convocar, el mariscal presentó su campaña como una suerte de cruzada para recuperar la antigua gloria romana y apeló a la presencia de Dios no como un recurso demagógico, sino como forma de convencimiento.

Porque hay que tener claro algo: la fe no es demagogia, sino creencia en la capacidad. No es manipulación, sino un acto colectivo. Y, por sobre todas las cosas, la fe no es algo menor: es trascendencia.

Eso es, justamente, lo que el movimiento nacional perdió.

El movimiento nacional, hundido en peleas mediáticas y conspiraciones triviales, perdió justamente su capacidad de trascendencia. La gloriosa JotaPé que cantaba la vida por Perón en los años ’70 se disolvió con la rapidez de un TikTok y un scrolleo en bucle durante seis horas, donde el sistema le encajó la idea de que apostar vale más que trabajar durante toda una vida y que ir a la universidad pública es un gesto de casta. Y que ir a misa es perder el tiempo, escuchar a un cura es lo mismo que ser un violador y que amar a tu Patria es inútil por haber nacido en Sudamérica.

No es casual que todas esas cosas aparezcan juntas. Porque detrás de cada una de ellas hay una misma operación: convencer al individuo de que no existe nada por encima de sí mismo. Que trabajar, estudiar, rezar, militar, construir una familia o amar a la Patria son elecciones individuales sin ninguna dimensión trascendente.

Y cuando una sociedad deja de creer en algo que la supera, también pierde la capacidad de imaginarse a sí misma en grande.

¿Dónde quedó nuestro imperio cultural? ¿Dónde quedó la juventud que parió a Charly cantándole las 40 a las Juntas Militares? ¿Dónde está el Piero que reventó Obras Sanitarias cuando volvió la democracia? ¿Qué pasó con ese público de Los Redondos que pedía paredón a los milicos que vendieron la Nación?

Todos ellos, sin embargo, compartieron un denominador común. Vivieron la Argentina del orden y del trabajo, de los sueldos dignos y de la vivienda como derecho básico que un tipo llamado Juan Perón fijó como valores intocables.

Y quizás ahí esté la verdadera ausencia de nuestro Belisario.

Esforzándome por mantener las comparaciones históricas, no sé quién podría ser nuestro Justiniano en este momento. Solo sé una cosa: la hora necesita dejar florecer un Belisario que, aunque sea, permita consolidar un horizonte de grandeza ante la desidia que vivimos.

No hay que irse a recetas ratas, sino a nuestra fé fundante. No hay que irse a mirar arriba en el mapa para soñar en grande. Hay que ser nosotros mismos, con nuestros ponchos y nuestra Virgencita, con nuestra identidad y nuestra visión.

Porque quizás la recuperación que estamos buscando no consista en volver exactamente al país que fuimos. Quizás consista en recuperar aquello que hizo posible que alguna vez pudiéramos imaginarnos como una Nación: una identidad común, una idea de futuro y la convicción de que vale la pena sacrificarse por algo que no termina en uno mismo.

Igualmente estemos tranquilos, porque la profecía ya está escrita.

Se levantará sobre la faz de esta tierra una nueva y gloriosa Nación.

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