
COMUNIDAD
Todas las broncas
1- Intro: Efemérides
Los grandes consensos funcionan como una argamasa que nos hace sentir parte de algo más grande. Son pocas las veces en las que todos somos Montiel y nos fundimos en un grito de gol. No abundan los ejemplos en los que un ¿95 %? de los argentinos estemos de acuerdo en algo.
La reivindicación soberana sobre las islas Malvinas es uno de los más importantes. Uno se siente menos insecto cuando forma parte de una tradición, de una historia, de un mismo canto, cuando pertenece a una comunidad.
A las Malvinas, como territorio nacional, las reivindican tanto los militares que mandaron a chicos de dieciocho años a morir en el Atlántico Sur, como quienes se opusieron a la guerra y a la dictadura de esos militares.
Dicho sea de paso, qué cantidad de gente hubo en las marchas por el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia ¿no? Y eso que en la sociedad argentina no existe un consenso total sobre lo que representó la dictadura. Mientras el rechazo al terrorismo de Estado es casi unánime, el núcleo duro de su modelo económico neoliberal ha sido validado frecuentemente por las mayorías desde la vuelta de la democracia.
Hablando de consensos, hace unos días fuimos testigos de uno: la Corte de Apelaciones estadounidense revocó el fallo que obligaba al país a pagar los 16.100 millones de dólares (más intereses) que había fijado la jueza Loretta Preska en la primera instancia del juicio por la expropiación de YPF. Para no entrar en demasiados tecnicismos, digamos que la Justicia ponderó la prevalencia del derecho público —la Constitución Nacional y la ley de expropiación conforme al procedimiento previsto en el propio ordenamiento— por sobre el derecho privado —el contrato entre accionistas y el Estatuto de YPF—.
Oficialismo y oposición festejaron el fallo que hace justicia a una posición soberana. Desde el peronismo, el festejo tiene que ver con una reivindicación del Estado en su rol de administrador de nuestros recursos naturales estratégicos; Kicillof se dio el lujo de citar a Kelsen para justificar la legalidad de la expropiación.
Desde el gobierno nacional, si bien no se avala esa visión sobre el rol del Estado, se festejó que —según su perspectiva— fue a partir del alineamiento internacional de Milei con el eje Trump-Netanyahu que se logró revertir un fallo que venía peludo. Adjuntan como prueba los amicus curiae que tanto EE. UU. como Israel presentaron ante la Cámara neoyorquina.
Finalmente hay algo en lo que todos estamos de acuerdo: es bueno para los intereses del país no pagar una indemnización de casi 18.000 millones de dólares a Burford Capital, una firma de origen británico, específicamente constituida en la Isla de Guernsey (una dependencia de la Corona británica) que se dedica a comprar quilombos multimillonarios, en corto, es como esos estudios jurídicos que compran la cartera de morosos de las tarjetas de crédito y se encargan de cobrarlos, así, pero a una escala que cotiza en bolsa.
No hay consenso sobre cuál debe ser el rol del Estado en la explotación de los recursos estratégicos de nuestra tierra. El debate actual sobre la Ley de Glaciares pone de manifiesto esta tensión, abriendo interrogantes que van desde lo estrictamente jurídico —el conflicto entre el artículo 41 de la Constitución, que garantiza el derecho a un ambiente sano, y el 124, que consagra el dominio originario de las provincias sobre sus recursos— hasta lo filosófico-político: ¿qué modelo de desarrollo buscamos y qué destino tendrá la renta generada? La pregunta de fondo es quiénes se benefician, a los postergados los conocemos desde hace rato.
Se trata de un debate largo en el que me gustaría profundizar, pero antes, quisiera contarles una historia.

2- El falso Inca
Pedro Chamijo llegó al Virreinato del Perú cuando tenía 18 años. Después de una infancia dura en Andalucía, soportó hasta donde pudo las golpizas de su padre y encontró refugio entre los jesuitas de Cádiz, que le enseñaron a leer y a escribir.
Estamos en 1620. Argentina tiene una población aproximada de 300.000 habitantes, la gran mayoría pertenece a comunidades originarias.
Chamijo llegó a nuestro continente movido, como tantos otros, por la promesa de un nuevo mundo lleno de riquezas y metales preciosos. En ese camino, la vida de Pedro fue una locura: engañó a varios generales y hasta a algún que otro virrey, fue perseguido y castigado en Perú, logró escaparse a Chile para de nuevo ser perseguido y condenado a muerte. Demasiado habilidoso como para dejarse matar, Pedro burló a las autoridades chilenas y se escapó rumbo al norte argentino. Así llegó a Tucumán, ya no andaba solo, a su lado siempre su compañera araucana, se decía que ella tenía el poder de ver más allá de los días, había visto en Pedro un destino glorioso.
Machucado, pero con la ambición intacta, Pedro alimentaba su espíritu con las premoniciones de su compañera; del otro lado del mar ya no había nada y todos los metales preciosos con los que siempre había soñado, ahora estaban bajo sus pies. Solo había dos inconvenientes: por un lado, la casta administrativa de los vasallos de la Corona; y por el otro, las comunidades indígenas que todavía conservaban el control sobre la mayoría del territorio en el norte argentino.
Para 1657, Pedro ya no es Chamijo. Ahora es Bohórquez —apellido que tomó prestado de un viejo clérigo cruzado en la huida de Pisco a Potosí—. En poco tiempo se instaló en el seno de la comunidad diaguita, donde dejó de ser Bohórquez para ser Hualpa. Un atrapame si puedes del siglo XVII.
Hualpa fue el personaje que le permitió empatizar con la explotación, el resentimiento acumulado y la herida abierta de un pueblo al que le habían robado todo, logró usufructuar esa ira de siglos con una cintura digna de Pichetto, con la ayuda de su araucana comenzó a expandir el rumor de que era descendiente directo del inca Atahualpa, el verdadero y único líder de todos los nativos. Pedro Hualpa se convirtió rápidamente en el Tatakin, un legítimo heredero del trono que venía a unir a los pueblos diaguitas calchaquíes y a devolverles lo que siempre fue suyo.
Una vez ganada la confianza de los caciques más poderosos, ejecutó la segunda parte del plan: se presentó ante las misiones jesuitas para ofrecerles un trato. Los clérigos llevaban años intentando evangelizar esa región sin ningún resultado; se sentían frustrados. Pedro apareció ante ellos como un profeta, como un puente al corazón de los indios. Si esta historia se conoce y está documentada con detalle, es en gran medida por el asombro que causó en esas misiones. El padre Torreblanca la registró en su cuaderno con la minuciosidad del que no puede creer lo que está viendo: “un hombre que no hablaba ni el kakán ni el quechua, conduciendo a todo un pueblo”.
Lo cuenta lindo la historiadora tucumana Teresa Piossek Prebisch en su libro La rebelión de Pedro Bohórquez: El Inca del Tucumán (1656-1659):
“Para los indios Pedro no era un mortal común, era el Hijo del Sol que venía a devolverle la libertad perdida. Les hablaba por medio de un intérprete pues no sabía la lengua kakán, pero a esta falta de comunicación directa la manejaba como la expresión concreta de la distancia imponderable entre él, rey-dios, y ellos, sus adoradores. De pie sobre una prominencia del terreno pronunciaba largos discursos. Repetía una y otra vez los conceptos como para cavar huellas en la mente de quienes lo escuchaban, mientras se acompañaba con gesticulaciones, bramidos y llantos. Decía a los indios que él era el Inca verdadero, descendiente de Atahualpa. Hasta hace poco tiempo atrás había reinado feliz y tranquilo en el Gran Paititi pero, al enterarse de los sufrimientos de sus súbditos del Tucumán, dejó el trono a su hijo y vino a salvarlos, disfrazado de español para que los vasallos del rey no lo mataran. Venía a unir a las tribus en una sola nación, como lo estuvieron bajo el gobierno de su abuelo, y a sacarlas de la esclavitud. El tono de las arengas era de franca incitación al odio porque a Pedro la experiencia le había enseñado que no hay fuerza proselitista de acción más rápida que ésta”.
El falso Inca terminó su aventura como la había arrancado: huyendo y siendo condenado, fue ejecutado a garrotazos. Las autoridades españolas tomaron nota de lo acontecido y se ordenó desde Lima una feroz campaña para exterminar a los indígenas de todo el Valle Calchaquí. El escarmiento fue terrible; el padre Torreblanca, que es uno de los que cuenta la historia, anotó que el gobernador Alonso, al mando de la campaña, aplicó el método de desarraigo sin dejar a ningún pueblo indígena de pie en Calchaquí.
En el epílogo de su libro, Teresa Piossek Prebisch concluye: “Para terminar, digamos que después de la tormenta, la vida del Tucumán retomó su curso normal, salvo por todos los calchaquíes que desaparecieron para siempre como nación”.

3- La misma bronca
Y dale con las efemérides. El 12 de octubre de 2009 fue asesinado Javier Chocobar, cacique de la comunidad diaguita de Chuschagasta. La comunidad se había asentado en ese paraje después de las Guerras Calchaquíes de las que acabamos de dar un pantallazo; la historia de los pueblos que luchan por permanecer en su tierra existe desde mucho antes de que Argentina exista.
Los asesinos de Chocobar —Darío Amín, junto con dos expolicías, Luis Humberto Gómez y Eduardo José Valdivieso Sassi— venían intimidando a la comunidad y reclamando las tierras para realizar la explotación de una cantera de piedra laja. La comunidad fue resistiendo como pudo hasta que el enfrentamiento pasó a mayores. Una de las pruebas más relevantes para condenar el homicidio fue producida, paradójicamente, por los propios victimarios, fue ese mismo registro el que movilizó a la cineasta salteña Lucrecia Martel a contar esta historia en el documental Nuestra Tierra.
La película tiene la virtud de ir más allá de la denuncia y la victimización de las comunidades originarias, elige contar como abuela, desde los recuerdos y las fotos, pequeños detalles cotidianos de una forma de vivir que —arrinconada por las capas de sentido que se articulan en función del desarrollo— hoy se encuentra en vías de extinción.
En esta entrevista (click acá para ver la nota completa) Martel dice:
“Mucha gente en la Argentina está pensando que tenemos que recuperar la vida comunitaria y realmente la única tradición de vida comunitaria que hay son las comunidades indígenas. Tenemos que recuperar algo de eso porque la representación política a distancia no funciona. Y menos va a funcionar con la tecnología que está a punto de estallar entre nosotros”.
Lo que las comunidades originarias plantean —y lo que Lucrecia Martel expone en Nuestra Tierra— es que hay formas de habitar que son más inteligentes a largo plazo, más solidarias intergeneracionalmente y más amables con el entorno natural.
La soberanía real no se mide solo en lo que se extrae sino en lo que permanece, sabemos por experiencia que el progreso generado por la extracción tiene un costo que, generalmente, paga el que menos se beneficia. El pasivo ambiental puede ser que un pueblo se quede sin agua y se vea obligado a desplazarse o desaparecer.
¿Va en contra de nuestro gran consenso capitalista afirmar que los recursos son finitos, los ecosistemas tienen límites, y que cuando una comunidad desaparece se pierde para siempre un pedazo de nosotros mismos?

4- Para el estribo
Venía masticando estas ideas y me encontré con la presentación del documental Qué perforado está mi valle, dirigido por Gastón Bejas, Natalia Gelós, Martín Álvarez Mullally y Nico Perrupato, donde se expone el profundo impacto socio ambiental del fracking en el norte de la Patagonia.
La película retrata cómo el avance de la frontera hidrocarburífera sobre los fértiles valles de los ríos Limay, Neuquén y Negro está reconfigurando drásticamente el paisaje, la economía regional y las relaciones sociales de uno de los polos frutícolas más importantes de Argentina. A través de testimonios que incluyen a científicos, productores, comunidades indígenas, trabajadores y funcionarios, vamos entendiendo que la soberanía es una cuestión bastante compleja sobre la que, en definitiva, no hay consenso.
Aproveché el estreno para preguntarle a uno de los directores (Gastón Bejas): —¿Cómo se imagina que puede resolverse esa tensión entre la extracción de nuestros recursos naturales y las comunidades que habitan esos territorios?
Me responde que el corazón del problema está en el capitalismo extractivo del que nuestro país participa de la forma más precaria y marginal posible, facilitándoles a las megacorporaciones transnacionales los instrumentos jurídicos —RIGI, Ley de Glaciares— para que se lleven nuestros recursos a cambio de muy poco. Según su visión, debería resolverse esa tensión con mayor participación y conciencia sobre las consecuencias que ese “progreso y desarrollo” trae para nuestros territorios, ya sea en los Valles Calchaquíes o en el sur petrolero, se pregunta: ¿Qué queda para la gente cuando el desarrollador se va?

Bueno amigos y amigas, se me estiró el texto y eso que me estoy guardando varias cosas, hay unos audios sobre los usos recreativos de la medicina en la alta sociedad que son una delicia. Espero que hayan disfrutado de las fuerzas del suelo edición abril.
Las imágenes pertenecen a la película Nuestra Tierra de Lucrecia Martel y las saqué de internet, vayan a ver ese documental y sin son tucumanos, con más razón.
Saludos!
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