Francisco: El más humano de los nuestros

COMUNIDAD

Francisco:
El más humano de los nuestros

21 de Abril de 2026

Por: Mariano Valdez

Del subte A, al vaticano.
De Bergoglio, a Francisco.
Pero siempre humano.


«Queridos hermanos y hermanas, con profundo dolor debemos anunciar que a las 7:35 de esta mañana, el Obispo de Roma, Francisco, regresó a la casa del Padre.» Fueron las palabras que nos dieron a conocer la noticia de que Francisco, Bergoglio, nuestro papa, había pasado a la eternidad.

Desde entonces, seguimos sin poder hablar de su legado como algo cerrado, en palabras que no me correspodnen, porque aún no tomamos dimensión total de lo que Francisco significó. Porque Francisco no terminó. Francisco interpela. Francisco convoca.

Este hombre de la comuna 7, del barrio porteño de Flores, fue por sobre todas las cosas el más humano de los nuestros. Y esa humanidad no era un rasgo simpático ni un estilo comunicacional: era una posición política, espiritual y civilizatoria. La gran gesta a la que nos convocaba -y nos sigue convocando- fue el recupero de la humanidad que el sistema nos fue quitando poco a poco.

El diagnóstico del tiempo que vivimos

Para entender por qué Francisco importa hoy, hay que entender el mundo al que él le habló. Ese mundo tiene un nombre:

Para el filósofo francés Éric Sadin, «la era del individuo tirano»: un sujeto hiperindividualista, autoreferencial, resentido, que coloca su propio «yo» como única fuente de verdad y destruye todo proyecto colectivo. Las plataformas digitales lo potenciaron al extremo: nos hicieron creer que estábamos más informados y más poderosos, cuando en realidad estábamos más solos y más manipulados.

En paralelo, el filósofo coreano Byung-Chul Han profundiza esa radiografía en otra dimensión: la espiritual. Según Han, hemos perdido la capacidad de la atención profunda, del silencio y de la contemplación. Vivimos en la hiperactividad permanente del rendimiento y el consumo, y eso nos ha vaciado por dentro. Su diagnóstico es claro: no es que Dios haya muerto, sino que el ser humano capaz de percibirlo ha desaparecido.

Dos diagnósticos lúcidos. Dos radiografías precisas del tiempo que vivimos. Pero diagnósticos al fin. La pregunta es: ¿quién da la respuesta?

Es en Laudato Si´ que Francisco nos invita a entender que “los análisis no bastan: se requieren propuestas de diálogo y de acción que involucren a cada uno de nosotros y a la política internacional». Porque Francisco no esperó a Sadin ni a Han para ver lo que estaba pasando. Años antes de que esos libros se escribieran, ya había nombrado el problema. En Fratelli Tutti escribió que el individualismo radical es «el virus más difícil de vencer» porque engaña: no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. Genera lo que él llamó con precisión dolorosa una «globalización de la indiferencia» y una «cultura del descarte».

Frente al individuo tirano de Sadin, Francisco propone la fraternidad: no como sentimiento, sino como proyecto político y civilizatorio. Frente al vaciamiento espiritual que diagnostica Han, ofrece la contemplación y el silencio como camino de encuentro con lo que nos trasciende. En Laudato Si’ advertía que los medios digitales omnipresentes no favorecen la capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad, de amar con generosidad. Y en Dilexit Nos, su última encíclica, fue al núcleo: el corazón humano está fragmentado, y la única fuerza capaz de reunir esos pedazos es el amor que se hace carne en el compromiso con el otro.

Sadin describe el problema. Han señala la herida. Francisco ofrece la salida: fraternidad, contemplación y amor.  Una clara muestra de que hay que leer a los nuestros y dejar de importar pensamientos.

Bergoglio argentino: la nación por construir

Pero hay algo más que es necesario decir, y quizá es lo más nuestro de todo. Mucho antes de ser Papa, en 2005, en plena crisis post-2001, el entonces Cardenal Bergoglio habló en Buenos Aires desde y para su pueblo. Ese texto se llama «La nación por construir», y en él ya estaba todo el magisterio que vendría.

Bergoglio convocó entonces a tres cosas entrelazadas: utopía -no como sueño irreal, sino como fuerza histórica que mueve al pueblo-; pensamiento -enraizado en la memoria y las raíces de nuestra cultura-; y compromiso -creativo y concreto, capaz de refundar los vínculos sociales rotos por la crisis-. Esas tres claves son el germen vivo de los cuatro principios que años después formularía en Evangelii Gaudium, esa suerte de gramática pastoral con la que Francisco nos enseñó a leer la realidad.

1. El tiempo es superior al espacio

Este principio nos invita a privilegiar los procesos largos sobre las victorias inmediatas. En política y en vida social, solemos caer en la tentación de ocupar espacios de poder antes de haber construido los procesos que los sostengan. Francisco invierte esa lógica: lo que perdura no es lo que se conquista de golpe, sino lo que se gesta con paciencia en el tiempo del pueblo.

«Dar prioridad al tiempo significa ocuparse más de iniciar procesos que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno.» (Evangelii Gaudium, 223)

En Laudato Si’, este principio se encarna en la llamada a una conversión ecológica que no es un cambio puntual sino un proceso cultural de largo aliento. En Fratelli Tutti, aparece como la invitación a construir la amistad social no como programa de corto plazo, sino como gestación histórica que exige memoria, perdón y esperanza. La utopía de «La nación por construir» -escrita en 2005- ya anticipaba que la verdadera construcción del pueblo es siempre un tiempo, nunca un decreto.

2. La unidad prevalece sobre el conflicto

Este principio no niega la tensión ni pide ingenuamente que los conflictos desaparezcan. Al contrario: los asume como parte de la realidad. Pero insiste en que el conflicto no puede ser el horizonte final. La unidad que propone Francisco no es la uniformidad que aplasta las diferencias, sino la síntesis superior que nace de atravesar honestamente la tensión.

«Hay que aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos son artesanos -no sólo amantes- de la paz.» (Evangelii Gaudium, 227)

En Fratelli Tutti, este principio brilla con mayor fuerza: el conflicto entre pueblos, entre clases, entre ideologías es real y Francisco no lo esconde, pero lo supera proponiendo la cultura del encuentro como horizonte. En un mundo polarizado por los algoritmos del resentimiento -exactamente el que describe Sadin-, este principio es una respuesta política de primer orden: la unidad no se hereda, se construye artesanalmente.

3. La realidad es más importante que la idea

Aquí late el corazón de la Teología del Pueblo: no se parte de conceptos abstractos para luego aplicarlos a la realidad, sino al revés. Primero se escucha el clamor concreto de la gente, especialmente de los pobres y descartados, y desde ahí se piensa. Las ideologías -de cualquier signo- que se imponen sobre la realidad terminan haciendo daño porque no emergen de ella.

«La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe establecer un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad.» (Evangelii Gaudium, 231)

Laudato Si’ comienza precisamente escuchando el «clamor de la tierra y el clamor de los pobres» antes de elaborar cualquier teoría ecológica. Fratelli Tutti parte de la realidad de un mundo herido por la pandemia y la globalización de la indiferencia antes de proponer la fraternidad. Es el mismo método que Bergoglio practicaba en la Argentina de 2005: primero la realidad del pueblo sufriente, después la idea que lo ilumina.

4. El todo es superior a la parte

Ninguna persona, ningún grupo, ninguna nación se salva sola. La parte solo alcanza su grandeza plena cuando se abre al todo -a la humanidad, a la creación, a la historia-. Este principio es tanto antropológico como político: combate el encierro identitario sin negar la legítima pertenencia particular.

«Hay que prestar atención a la dimensión global para no caer en una mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local, que nos hace caminar con los pies en la tierra.» (Evangelii Gaudium, 234)

En Laudato Si’, este principio alcanza su expresión más rotunda: «todo está conectado». Ni el ser humano sin la Tierra, ni la Tierra sin los pobres, ni los pobres sin una conversión comunitaria. La parte -cada pueblo, cada cultura- encuentra su verdadera grandeza cuando se abre al todo de la familia humana.

Esos cuatro principios no cayeron del cielo. Nacieron acá, en estas calles, en la Teología del Pueblo argentina, en la escucha paciente del pueblo fiel. Bergoglio ya era Francisco antes de ser Papa. La nación argentina fue el laboratorio donde ensayó el magisterio universal.

¿A qué nos convoca su ausencia?

A un año de su partida, el pensamiento de Francisco no es un conjunto de documentos para archivar. Es una interpelación viva. Nos convoca a no dejar que el individuo tirano nos gane de adentro. A resistir la tentación del resentimiento fácil y la polarización estéril. A recuperar la atención, el silencio, la capacidad de mirar al otro de verdad.

Nos convoca a volver a construir ese «nosotros» que el sistema intenta destruir todos los días. A entender que la fraternidad no es un ideal romántico, sino la única respuesta política a la altura de nuestra época. Nos convoca a seguir siendo pueblo: con memoria, con utopía, con compromiso concreto con los que quedan afuera.

Francisco nos enseñó que la gran gesta no es la conquista de un espacio de poder. Es la paciencia de construir, en el tiempo, una nación más justa, más fraterna, más humana. Una casa común donde quepamos todos. Incluso más allá del escenario de la utopía, simplemente porque nos lo merecemos.

Esa es su enseñanza. Ese es nuestro desafío. Y él es el más humano de los nuestros, que sigue hablando desde la eternidad.

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