Su lujo es precariedad

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Su lujo es precariedad

17 de Mayo de 2026

Por: Ludmila Chalón

El lujo es vulgaridad, escribieron los redondos en 1991. Hoy el lujo es el otro lado de la moneda de la precariedad, y un sistema de promesas incumplidas.


La cascada compañeros, la cascada… En estas últimas semanas es una imagen que me quedó dando vueltas de más en la cabeza: un vocero presidencial, devenido en jefe de Gabinete, gastando 4 mil dólares en una cascada anexada a una casa refaccionada a cero por otros restantes 241 mil, con un cuestionable gusto y aberturas extrañísimamente distribuidas.

La escena, por supuesto, es ridícula, así como también indignante. Aunque esa cosa de nuevo rico latinoamericano mezclado con los sueños húmedos de los aspiracionales culturalizados por los noventa confluyen en una amoralidad tan burda y un mal gusto arquitectónico imposible de justificar frente a Dios, el diseño y el ARCA, que me pone risueña.

Pero cuanto más la pienso, más entiendo que la cuestión no era solamente torpeza, corrupción o mal gusto. La cascada es más bien otra cosa, un síntoma desbordante de ansias de tener y mostrar, torpe y ordinariamente, como si la vida les pasara por ello.

Esta persona, que hace pocos años tenía un trabajo relativamente normal, parecido al de cualquier hijo de vecino, apenas agarra una cuota de poder y dinero gatilla reloj, pelo, propiedades, viaje en jet privado a Punta, casa en el country y cascada incluida.

No voy a mentirles, a mí Manuel Adorni no me interesa como individuo. La historia le tiene guardada la burla y el olvido para siempre y, de hecho, considero que es un error reducir esta distopía menemista tardía a él, cuando es un bebé de pecho al lado del robo y el daño que hacen otros actores del gobierno.

Adorni me lleva a preguntarme en qué clase de sociedad vivimos para que un tipo que tenía un trabajo normal tuviera que esperar a hacerse de un vuelto de las cajas del Estado para ponerse un poco de pelo o acomodarle los dientes a la señora.

No creo que Manuel haya sido un dotado intelectual o un trabajador incansable, pero ese hijo de clase media que se hizo, de alguna manera, de un título profesional, no podía darse el «lujo» de pagar un tratamiento odontológico. Y eso habla más de la realidad del país que de Adorni por sí mismo.

Muy lejos de justificar esta amoralidad en la que cae el jefe de Gabinete, decante, primero que nada, en suplir necesidades dentales básicas, el señalamiento apunta a que me resulta por lo menos triste.

Sé muy bien también que hay gente en este país tan honrada que se quedarían sin un solo diente o pelo en la cabeza antes de tocar un peso que no les corresponde, y por eso no quiero hacer de esto una generalidad. Pero si un trabajador con un trabajo cotidiano no puede solventar un dentista, o una vivienda digna, o un plato de comida, no deberíamos sorprendernos tanto de que haya tantos tan ansiosos por meter la mano en la lata.

La realidad es que la precariedad en la que estamos sumidos como trabajadores y como ciudadanos no termina en el deterioro del salario, también se lleva puesto toda la escala de valores, méritos y aspiraciones que ordenan una sociedad.

Y sobre el empobrecimiento generalizado aparece, formando una encrucijada mortal, una vida total y absolutamente supeditada al consumo. Quiénes somos, qué valor tenemos para los otros, nuestra visibilidad, la visión mercantilista de los vínculos humanos, el concepto del éxito solamente medido en términos monetarios, nos han transformado de personas a consumidores.

El tener, entonces, pasó de ser un medio a un fin. El consumo dejó de ser solamente consumo para volverse «alguien» o parte de «algo», pero eso solo se da si, además de accederlo, podemos lucirlo.

Y ahí es donde el caso de Adorni se vuelve el ejemplo perfecto. El jefe de Gabinete podrá no ser lo que se dice una luz, pero ¿qué lleva a un tipo a hacerse de un vuelto generoso y espurio y salir tan desaforadamente a gastarlo? ¿Estupidez, impunidad, ansiedad? Posiblemente sea un poco de todas, pero en esta estructura social y en esa estructura mental no alcanza solo con tener dinero, hay que demostrarlo, performarlo, exhibirlo.

No voy a entrar en rulos psicoanalíticos que darían tanta tela para cortar sobre qué tipo de personas necesitan construir una identidad alrededor de la ostentación, ni qué carencias humanas retroalimentan estas bajezas, pero el muestrario de personalidades, no solo de los impúdicos funcionarios libertarios sino de gran parte del arco político de este país, hacen un resumen completo.

La realidad es que en un país donde el trabajo cada vez garantiza menos cosas, donde el salario perdió capacidad de proporcionarle dignidad a la vida y donde ascender socialmente parece una fantasía cada vez más lejana, el dinero pasa a ser Dios y amo de nuestro día a día y también de nuestra virtud como personas.

Cuando el Papa Francisco afirmaba que el «dios dinero» produce una cultura del descarte donde las personas dejan de valer por ser personas y pasan a valer solo por su utilidad económica, no nos habla de un proceso social nacido de un repollo, sino de una estructura colectiva que entierra su humanismo y su ética para amoldarse a las reglas de este juego perverso.

La política no está exenta de eso. Cuesta creer que en los arribistas de las últimas épocas exista una vocación genuina de gestión, pero hoy resulta ser de los pocos lugares donde todavía parece existir la posibilidad concreta de pegar un salto económico real y adquirir visibilidad.

Como el diputado que se compra un Tesla y lo estaciona en el medio del Congreso para que todos lo vean, aunque ni siquiera tenga patente y se lo termine remolcando la grúa.

Mientras tanto, en la fiesta libertaria se siguen aplaudiendo entre sí para bajar un poco el ruido de afuera, que se está haciendo intenso, y parece que hablar solamente de dinero no solo incomoda sino que se vuelve obsceno.

Los profesores universitarios tienen que escuchar a un ministro, al que acaban de aumentarle el salario a 7 millones de pesos, decir que tienen que aguantar con una hora cátedra pagada entre 5000 y 8000 pesos.

Y algo de todo eso empieza lentamente a agotarse. Los números no cierran, las calles sangran, los ciudadanos entrevistados de la TV empiezan a mostrarse molestos y desesperanzados y hasta los influencers cuya única propuesta era mostrar viajes, compras, restaurantes, etcétera, empiezan a sorprenderse de que su contenido empezó a perder impacto.

Quizá ahí, frente a nosotros, exista una pequeña ventana de oportunidad, que espero no sea llenada de moralismo berreta y chicanas de dirigentes opositores que ahora quieran hacerse pasar por pueblo y vivan con más de una cascada en más de algún patio.

Pero frente a la ruptura y la exposición de este veneno que nos corre por el cuerpo social, ojalá podamos volver a discutir algo que tenga que ver con la virtud y el verdadero valor. Algo que nos lleve a entender que esa carrera por la plata no tiene sentido si vamos a vivir bien, pero para transitar las calles de un pueblo con hambre solo me queda la opción de poder caminar por los 400 m2 cubiertos y descubiertos con cascada que me esperan en la casa de Indio Cuá, porque afuera me espera la violencia del hambreado o una investigación judicial que me respira en la nuca.

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