INERTES

EDITORIAL

INERTES

Por:  Agustín Chenna

La diferencia entre los militantes políticos y los analistas del desastre es que, a pesar de que ambos tenemos la tarea de analizar el mundo, los militantes tenemos, además, el deber de pensar en cómo transformarlo.


La conducción es un arte de ejecución simple: acierta el que gana y desacierta el que pierde. Y no hay otra cosa que hacer. La suprema elocuencia de la conducción está en que, si es buena, resulta, y si es mala, no resulta. Y es mala porque no resulta y es buena porque resulta. Juzgamos todo empíricamente por sus resultados. Todas las demás consideraciones son inútiles.”

Conducción Política

Ante un recinto semivacío, el presidente Javier Milei inauguró el año legislativo 2025 en el Congreso. En una inexplicable decisión, el pleno del bloque de Unión por la Patria decidió ausentarse “para mostrar un recinto vacío”, dejándole así al presidente un Congreso compuesto por un 99% de aplaudidores y un 1% de Facundo Manes y amigos (volvemos acá en breves). Acto seguido, un ejército de trolls salió a explicar la maravillosa jugada en la que había incurrido nuestra dirigencia política olvidando el pequeño detalle que los mensajes que se mandan al Congreso son mensajes que hablan solo a la política. Ante un presidente que, ya en campaña, mostraba serios problemas de concentración si los focos de las luces eran blancos o si alguien estornudaba, se perdieron de generar las condiciones para mandar un mensaje a la gente: el presidente es un pelotudo.

Dejaron, así, el espacio vacío (metafórica y literalmente), para que cualquiera que tuviera algo de viveza propia o supiera escuchar voces ajenas lo pudiera capitalizar. Y esa viveza vino, para sorpresa de todos, de un radical. Facundo Manes, quien le votó cuanta ley propusiera Milei, sacó una Constitución, le gritó tímidamente al presidente, miró a Santiago Caputo cinco segundos y ganó la centralidad de la agenda. El peronismo, otra vez, lo miraba desde afuera. 

Lo que en principio se sospechaba (que estaba todo arreglado), luego se confirmó cuando LN+ y TN le regalaron sus minutos centrales para que salga al aire, mientras rechazaba las invitaciones a canales “opositores” como C5N. La creación de una oposición “controlada”, vieja estrategia de cuanto gobierno gorila hubo en la conducción del Estado Nacional, tiene como condición necesaria que el peronismo “no controlado” no tenga capacidad de ganar esa centralidad y dejar a esas alternativas como sectores marginales.

Desde que Cristina Fernández dejó el poder y se abrió, definitivamente, el interregno de la conducción del peronismo, al movimiento nacional y popular le ha costado mucho correrse de la política de reacción para pasar a imponer una agenda propia. Incluso durante los cuatro años de gobierno del Frente de Todos, en el que Cristina gozaba de una centralidad relativa, la política de la fuerza gobernante se encerraba en la respuesta a la agenda impuesta por los medios de comunicación, los grupos de presión, los grupos económicos y la oposición partidaria. El intenso período de marchas que incluyó la primera parte del gobierno de Macri, en repudio a cuanta medida tomara, se fue diluyendo para terminar en el momento actual, donde reina una profunda apatía ante la posibilidad de cambiar un ápice el oscuro destino de nuestra Patria.

Como encerrado en un laberinto, los pocos puntos en los que pudo avanzar el Frente de Todos fueron, justamente, los que el poder permitía. El presidente que decretó el fin del patriarcado fue el mismo que se fue con la pobreza y la indigencia en crecimiento y casi tres dígitos de inflación interanual. El mismo que le entregó el manejo de nuestras aguas, junto al ministro Wado de Pedro, a la empresa estatal israelí Mekorot. El que incumplió las promesas más osadas de su primera apertura de sesiones: revisión del acuerdo con el FMI e investigación del accionar de la SIDE. Al que, cuando le tomaron el tiempo, lo pudieron hacer retroceder cuantas veces quisieron.

Tres ejemplos se me vienen rápido a la cabeza: una foto con Liz Solari bastó para ponerle fin a un proyecto multimillonario que nos hubiese permitido diversificar y ampliar nuestras exportaciones de carne porcina; algunas marchas de Greenpeace y ONGs similares frenaron la posibilidad de explotar petróleo en la costa atlántica; y un bocinazo de algunas pocas personas fueron suficiente para frenar la estatización de Vicentín. 

Como era de esperarse, la situación con Milei fue una estación más abajo en la decadencia de la dirigencia actual. Si, hasta que no apareció Cristina, no pudieron reaccionar adecuadamente al gobierno de Macri (un gobierno típicamente oligarca), mucho menos lo están pudiendo hacer con Milei, quien escapa a alguno de los consensos estéticos y performáticos de la vieja partidocracia.

Si. La actualidad es una mierda. Y existe una probabilidad nada despreciable de que el futuro sea peor. Pero la diferencia entre los militantes políticos y los analistas del desastre es que, a pesar de que ambos tenemos la tarea de analizar el mundo, los militantes tenemos, además, el deber de pensar en cómo transformarlo. Y si bien no es casualidad que los escritores de moda sean Mark Fisher y Byung-Chul Han, el destino del primero (el suicidio) es el destino natural de cualquier ser humano que sea capaz de comprender la crisis sin poder ver su resolución.

Toda esta actualidad tiene una salida, pero definitivamente no es por donde solemos observar la política. Si iniciamos la nota haciendo una descripción del estado actual de la institucionalidad peronista fue para graficar que ahí hay muy poco con lo que contar. La crisis de representatividad y las consecuencias de la política de Milei preparan las condiciones para que cualquier proyecto político con un discurso antagónico pueda vencer en los distintos niveles electorales. Los oficialismos se encuentran, hace ya tiempo, en graves problemas para volver a legitimarse y las oposiciones tienen todo para ganar.

Podemos plantearnos ganar. De hecho, tenemos altas chances de ganar. Pero si el fin de ganar es adquirir mayores cuotas de poder y no transformar la realidad, considero que no sirve para mucho. El gran enemigo hoy no está afuera sino adentro. El gobierno de Alberto Fernández ya demostró lo inerte y potencialmente nocivo que es plantearse una construcción de poder sin ningún relato que lo articule ni invite a hacerlo posible. La crisis de la democracia liberal hace que sea muy fácil ganar y muy difícil gobernar. El resultado de esto es la apatía social, muy conveniente para ellos y poco recomendable para nosotros.

Es por eso que, por muy fuerte que parezca, lo que hoy debemos combatir son aquellas construcciones que han corrido al ser humano del centro y lo han reemplazado por la vocación de poder. Porque, si bien, la vocación de poder es fundamental para llevar adelante un proyecto transformador, este no puede ser sino el medio para realizar un fin: el bienestar humano. 

En esa pelea, casi todos apuntan a llenar el vacío de poder prometiendo el éxito individual y, por lo tanto, el éxito del conjunto que lo acompañe, lo cual es otra forma de corporativismo liberal que promueve la lucha de facciones y atenta contra los proyectos colectivos. El vacío actual solo se podrá llenar cuando alguien pueda proponer una agenda de futuro y demuestre el acierto de su línea política. En palabras de Perón:

LA BUENA CONDUCCIÓN SE MIDE POR EL ÉXITO

En el arte de la conducción hay sólo una cosa cierta. Las empresas se juzgan por los éxitos, por sus resultados. Podríamos decir nosotros: ¡qué maravillosa conducción!, pero si fracasó, ¿de qué sirve?

Ese combate se va a terminar, necesariamente, cuando una de las fuerzas en pugna construya consenso social en torno a su política. No sabemos cuándo va a pasar. Pero, de lo que sí estamos seguros, es que si no iniciamos una construcción política distinta desde las bases difícilmente podamos llegar a buen puerto. Quizás, hoy, el primer acto revolucionario sea compartir un mate con uno de los tantos pobres de nuestra patria que no tiene para la yerba. Pintar los arcos de una plaza, enseñar a jugar al fútbol u organizar un torneo de truco. Reconstruir los lazos comunitarios que son la condición sine qua non de cualquier proyecto de poder verdaderamente transformador.

Tenemos el deber de transformar la realidad. Pero, para eso, primero tenemos que transformarnos a nosotros mismos. Y solamente es la acción aquella que nos puede permitir cambiar. Habrá que volver a empezar y desaprender bastante, pero el “de abajo para arriba” nos incluye a todos.

  

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